ANIBAL NO ES EL CARTAGINÉS

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Anibal era un intendente duhaldista y menemista en los 90. En Quilmes, su pago chico, tuvo algunos problemitas con una licitación de cloacas, llegando incluso a esconderse durante un tiempo, para evitar el brazo de la justicia. Cuando algunos se lo recuerdan, él inicia una andanada de beligerancia digna de mejores causas que, por otra parte, permitiría inferir cierta verosimilitud en las denuncias que lo involucraban. Hoy es la única espada que le queda al enardecido Néstor Kirchner. Ni Florencio Randazzo, de verba magra, ni Julio De Vido, siquiera, se atreven a dar demasiado la cara para defender lo indefendible y sólo salen a la palestra cuando son compelidos a hacerlo. En cambio el memorioso Anibal, capaz de nombrar los números de cualquier ley o decreto, con su correspondencia temática, es un soldado consecuente hasta el final. Él responde golpe por golpe. Ante cada situación sale a cruzar al contrincante, y al respectivo periodista, y no elude las explicaciones, casi siempre disparatadas y abusivas, ahítas de sofismas y de llamaradas que van de la mera cursilería a la metáfora rimbombante. Llega incluso a rozar lo literario, lo teatral, lo grotesco y lo patético. Haragán o estúpido son los epítetos más amables que usa. Era contador, pero en medio de la crisis del 2001 se recibió también de abogado, conocimiento que le permite ejercer con mayor eficacia este rol de “todo terreno”. El kirchnerismo tuvo muchos defensores, pero fueron desertando. Desde el mismísimo Julio Cobos hasta Alberto Fernández, pasando por Roberto Lavagna, la lista de personajes que en estos seis años defendieron al kirchnerismo es vasta. El propio Redrado fue un soldado obediente. Martín Lousteau, Alfonso Prat Gay o Marta Oyhanarte también lo fueron. Hasta Duhalde lo defendía en los primeros años, mientras hacía trizas la institucionalidad al atropellar la Corte Suprema. Ni hablar de los periodistas: Marcelo Bonelli, por nombrar sólo uno, a quien ahora Orlando Barone llama esbirro del golpismo clarinista, era un acérrimo defensor de Kirchner (¿no circulaba acaso la broma según la cual su programa se llamaba “A dos sobres”?). El estilo con el que Alberto Fernández o Lavagna defendían a Kirchner era mesurado, estilizado. Sólo les quedó Anibal, cuyo estilo desaforado y funanbulesco calza como anillo al dedo a este esperpento de ilegalidades en que se ha convertido la Argentina kirchnerista. Todos los gobiernos han tenido adláteres, incondicionales de mayor o menor visibilidad. Lo fueron don César Jaroslavsky o Leopoldo Moreau para Raúl Alfonsín, lo fueron Alberto Kohan o Carlos Corach para Carlos Menem. Grandes espadas de la política, que estaban allí para cruzar con fuerza. Pero ninguno ha llegado tan lejos como Anibal, que no es el cartaginés. Anibal es un auténtico sofista. Sus falacias son formidables. Él es capaz de dar apariencia de verdad a las mentiras o a las trapisondas más flagrantes. Y sigue adelante. Nada lo detiene en su tarea homérica de defender lo indefendible. ¿Pensará que los Kirchner aún tienen vida y que él seguirá después del 2011? ¿O supondrá que si ahora saca los pies del plato ya no tendría ocasión de prosperar en otra vertiente del peronismo? ¿O creerá, por fin, que en el peronismo se valora por sobre todo la lealtad y que cualquier otro lo llamará por ser leal, aunque la ideología sea la opuesta? En cualquier caso, es por momentos emocionante ver a este hombre ya maduro debatirse con entusiasmo adolescente, sus bigotes erizados ante las asperezas de la realidad, con argumentos francamente endebles, diciendo que Antonini no estuvo nunca en la Casa de Gobierno, saliendo a defender el saqueo de las reservas, poniendo el pecho por un decreto que no cumple con la ley, o haciendo la interpretación abusiva de una sentencia. Es un verdadero talibán de una causa mala, pero es conmovedora su fidelidad. Como esos pocos enloquecidos que siguieron con Hitler hasta el final, hasta la caída, él está dispuesto a entrar al cementerio con los Kirchner. El otro Aníbal, con su ejército de elefantes, atravesó las montañas y derrotó a los romanos en grandes batallas, a pesar de lo cual no llegó a capturar Roma. No obstante, logró mantener un ejército en Italia durante más de una década y fue admirado incluso por sus enemigos, que llegaron a imitar sus sistemas militares. Ha sido considerado como un formidable estratega por grandes militares como Napoleón. Anibal Fernández, a diferencia del cartaginés, se apoderó de esta Roma en miniatura que es la Argentina, pero sus métodos desproporcionados no concitan la admiración de sus oponentes. Los peronistas respetan la lealtad, pero no la ridiculez. Ser el Quijote de un fantasma es un acto rayano en la locura. Lo espera la capilla ardiente de la insignificancia. Tristemente, él parece ignorar ese destino cruel. Y si no lo ignora, la tristeza debe de ser mayor. Es, en todo caso, lo mejor que tiene el kirchnerismo como stock politico; y es bastante poco.

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