ARGENTINA-ALEMANIA

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Perdimos. Pero nuestra derrota principal no fue la que sufrimos en Sudáfrica, sino la que experimentamos en el último siglo y medio como nación. Es curioso pero la historia de ambos países puede ser vista como un juego de espejos invertidos o como esos relojes en los que cuando un personaje entra el otro sale.

1860 sorprendía a ambos países disgregados, atomizados y en crisis. Alemania se unificó bajo el imperio de Otto Bismark, que urdió la guerra franco-prusiana para lograr la unión nacional; Argentina, al compás de las ideas liberales de Alberdi, plasmadas en nuestra Constitución de 1853 y bajo el influjo de una elite brillante cuyos exponentes más visibles fueron Sarmiento, Mitre, Roca y Pellegrini. Entre 1860 y 1945 Alemania hizo casi todo mal, terminó en una terrible hiperinflación, en el racismo, en la guerra y en la derrota ignominiosa.

En 1945 se miraron a los ojos los alemanes y se preguntaron por qué no iniciaban un andarivel de progreso: bajo la inspiración de ideas liberales en economía, una nueva Constitución dictada en 1949, un Banco Central ferozmente independiente que fue un custodio tenaz de la moneda, un bipartidismo razonable y un revisionismo muy moderado, fueron transformándose en la primera potencia europea y en la quinta potencia mundial. Hoy son el motor de la Unión Europea.

Argentina hizo casi todo bien entre 1860 y 1930, durante sesenta años, por eso afluían contingentes de inmigrantes ansiosos de trabajar.

El país creció de modo espectacular y, al cabo de ese período, era el séptimo u octavo país del mundo. Y si bien es cierto que existía el fraude electoral y que las clases más pobres no recibían grandes beneficios, no es menos cierto que eso también ocurría por entonces en las grandes potencias de la época, como Inglaterra, y que tan mal no se debía de estar, pues no sólo seguían llegando los barcos cargados de inmigrantes esperanzados (y suponemos que no eran tontos que venían a sufrir) sino que en los mismísimos cuadros de Berni de protesta (Chacareros o Pan, paz y trabajo, o Manifestación) se los ve mucho mejor entrazados y vestidos que en los cuadros del mismo artista pertenecientes al posperonismo (Juanito Laguna).

Pero en 1930 decidimos tirar por la borda todo lo que se había invertido. Gastarnos todo. Iniciamos el camino de los golpes de Estado, de la desinstitucionalización, del estatismo, del populismo, de dos partidos de corte nacionalista y de la emisión desenfrenada para cubrir déficits. Como no podía ser de otra manera, terminamos en un baño de sangre, en la hiperinflación, en la destrucción de los partidos políticos, en el clientelismo más venal y hasta en la abolición de la independencia de institutos básicos como la Corte Suprema o el Banco Central.

Somos como espejos invertidos: cuando uno crece el otro entra en declive y viceversa. Y encima, con los mejores jugadores del mundo, somos incapaces de organizar un equipo solidario donde las individualidades puedan lucirse. Sólo un país corrupto como la Argentina es capaz de desperdiciar a los mejores e inmolarse por el sentimentalismo de “bancar” ídolos abusivos, ignorantes y maleducados.

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