BERNI, EL ROBO

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A las 7,45 del sábado 26, el camión Mercedes Benz de la empresa Delmiro Méndez e Hijo S.A., que transportaba diecisiete obras de Antonio Berni desde un depósito en Carapachay hasta la casa de José Antonio Berni, hijo del artista, en la ciudad de Buenos Aires, fue interceptado por un Volkswagen Gol gris plata. Dos hombres armados, vestidos como policías, bajaron y amenazaron a Claudio Luis Guassardi, conductor del camión, y a sus acompañantes Carlos Varela y Martín Sáenz. Los obligaron a seguir hasta Bouchard y Echeverría. En ese lugar apareció otro grupo de hombres en otro camión, en el cual cargaron 15 de los 17 cuadros. Los empleados, subidos al Gol, y después de rehusar el desayuno al que los invitaron los ladrones, pero de aceptar, aparentemente, una propina, fueron abandonados, en Villa Adelina. Muy pocas personas tenían conocimiento de que las obras de arte de Antonio Berni iban a ser trasladadas. Las obras robadas, cuyo valor en conjunto podría rondar los 4 millones de dólares, recorren toda la iconografía berniana, desde la etapa surrealista, estética que desarrolló entre 1930 y 1933, pasando por los collages de Juanito y Ramona, típicos del posperonismo, con su acarreo de empobrecimiento indigno, propio de la industrialización forzada y artificial, llegando a su etapa más pop, emblematizada por el magnífico “Aeropuerto” o por “Cristo en el garage”. El patrimonio cultural ha sido dañado. Es particularmente interesante lo que dijo el hijo de Berni: “Es imposible que puedan comercializar las obras robadas. Creo que se equivocaron, querían robar otra cosa y se encontraron con los cuadros de mi padre. Es como si un delincuente quiere raptar a alguien de dinero y, por equivocación, secuestra a Ingrid Betancourt”. Esta interpretación de José Antonio Berni, alentada por un optimismo a prueba de balas, que prefiere pensar que Bentancour sería inmediatamente liberada después de descubrirse el error, reposa en una ingenuidad. Fueron robadas a dos cuadras del depósito, tenían preparado otro camión para transportarlas y el grupo actuó en una operación comando. Claramente sabían qué iban a robar. Pero entonces: ¿para qué robar algo que no puede ser comercializado? Aquí se abre un delta de interrogantes, que la historia de robos de cuadros alimenta. Las obras pueden ser robadas para ser copiadas o clonadas por amanuenses perversos. Pueden ser sacadas del país (seguramente ya lo han sido) y vendidas, en algún tiempo, en lugares remotos. Recuerdo que hace unos años en un stand de ArteBA una persona descubrió una obra de Figari que le pertenecía y que le había sido robada, de manera que si esto se hace dentro del país, con más razón puede hacerse en otros lugares. Los robos se olvidan rápidamente. Adviértase que tres de los cuadros recuperados del robo de la Navidad de 1980 fueron encontrados en una galería de arte de París. También se hacen robos por encargo. Ocurre muchas veces que hay obras infungibles, únicas, que no se venden, razón por la cual al coleccionista no le queda más remedio que robarlas. También se roba para cobrar seguros, tal como lo hicieron en el entorno de Dalí con “La doble imagen de Gala”, enviada a una galería estadounidense con el fin de que fuera robada, como si fuera una forma de venta. Se roba también para secuestrar la obra y pedir en algún momento rescate, como ocurrió, también, con parte de la citada colección Santamarina, en aquél robo del Museo de Bellas Artes de 1980. Esta última modalidad es sencilla: dentro de dos años, por ejemplo, alguien llama diciendo que tiene pistas sobre algunos de los cuadros robados, pero que cambia la información por dinero. En el caso de las pinturas impresionistas de la colección Santamarina las obras pasaron por varios lugares de oriente y los que ofrecían información precisa llamaban desde Inglaterra a la Embajada Argentina en Francia conducida por entonces por Archibaldo Lanús. Y se roba, finalmente, para que las obras desaparecidas adquieran un plus de pintoresquismo que le otorgue un mayor valor, como ocurre hoy en día con obras de Van Gogh perdidas durante el nazismo en los países ocupados. En los primeros días de octubre de 1981 (como ha señalado Bioy Casares, para quien muere en medio de una dictadura el tirano es eterno), Antonio Berni se atragantó con un hueso de pollo, lo operaron mal para quitarle la incomodidad y murió. Este sábado 26 ha vuelto a morir, aunque sea momentáneamente, otro Berni, atragantado por ladrones cuya especialización y cultura permite inferir que se trata de algo distinto de un “robo argentino”. Como nuestros gobernantes, nuestros ladrones también desprecian el arte y la cultura. A la manera de los viajeros de ese Aeropuerto pop, quedamos con el inquietante “delay” en el tablero, a la espera de alguna noticia. Sin embargo, huele a peso simbólico, huele a declinación moral, algo huele mal.

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