CORTÁZAR LIBERAL

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CORTÁZAR LIBERAL

Crédito: Artículo publicado en la última revista de Todo es Historia.

Hay dos momentos en la vida de Julio Cortázar que, por distintos motivos, resultan particularmente interesantes: uno es cuando se va del país, en 1951; el otro, cuando regresa brevemente, por última vez, a fines de 1983. Que en medio del peronismo haya decidido alejarse de la Argentina fue una decisión esperable. Cortázar ya se sentía completamente incómodo en Buenos Aires en particular y en la Argentina en general desde 1943, cuando se instaló un régimen nacionalista que él despreciaba, pero fue en 1946, con la solidificación del peronismo canónico, cuando se sintió definitivamente expulsado: en una carta a Sergio Sergi del 7 de enero de 1946, en el encabezamiento, sustituye “Buenos Aires” por “Perolandia”, con un sentido peyorativo. Al irse del país, Cortázar, que escribió durante varios años en la Revista Sur y que incluso elaboró ditirambos a favor de Victoria Ocampo, era en más de un sentido del vocablo un liberal ortodoxo.

 

La interpretación clásica del cuento “Casa Tomada”, auspiciada a partir de una mención de Juan José Sebreli en Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, según la cual los hermanos, que representarían una Argentina liberal, con valores de clase media, van siendo acorralados por el peronismo, que lentamente va tomando partes de la casa hasta arrinconarlos y expulsarlos, no sería sino una alegoría de ese sentimiento del propio autor que empezó a experimentar cierta asfixia en su propio país, hasta sentir que el aire era irrespirable y empezaba a hacerse impostergable la necesidad de irse. Y habría que decir que, si bien el vocablo exilio no sería exactamente apropiado, como sí podría aplicarse a la generación del 37 que huyó al Uruguay en épocas de Rosas, o a los militantes que se diseminaron por México, España, Suecia, etc. en tiempos de la dictadura militar, pues su vida no corría peligro, hay en la decisión de Julio Cortázar una suerte de necesitad extrema de libertad que resultaba incompatible con la atmósfera nacionalista, poco creativa (recordemos que el arte abstracto fue recusado por los jerarcas del peronismo “cultural”, por considerarlo poco menos que degenerado, y que incluso se le quitó un premio al pintor cubista Emilio Petorutti) y por momentos fascista que predominaba en la Argentina peronista. Ya a principios de 1947 Cortázar tenía la idea de partir y en otra carta a Sergi se lo dice con todas las letras: “…me voy a Europa (y no vuelvo nunca más, se entiende)”[i].

 

En aquella célebre entrevista que Antonio Carrizo le realizó a Ernesto Sábato en Radio Rivadavia (en el programa “La Vida y el Canto”)[ii], en épocas de la dictadura militar, correría 1981 más o menos, fustigó a quienes como Cortázar adoptaban lo que él llamaba “la posición cómoda” de criticar desde el extranjero y no quedarse a pelear dentro del país. Ese tipo de observaciones, polémicas y contiendas eran muy comunes por aquella época: los que estaban afuera sospechaban de los que se habían quedado, en el sentido de acusarlos de colaboracionistas con los militares, o meramente de medrosos o tibios, mientras que los que estaban adentro acusaban a los exiliados de no poner el pecho a las balas. ¿Es tan increíble esta postura “nacionalista” de Sábato? Si y no. Sí lo es en el sentido de que Sábato siempre pareció un hombre internacionalista y globalizador, desde sus lejanas épocas de comunista y marxista (cuando fue invitado a Bruselas por las juventudes del Partido), desde sus remotas experiencias científicas en el laboratorio de Madame Curie de París, desde sus rechazos a los nazis (recuérdese su artículo “Soberanía para carniceros”, publicado en El Mundo, Buenos Aires, 1960, el cual, a propósito de la captura de Eichmann, recusa a los nacionalistas domésticos, o el propio hecho de haberse casado con una mujer de origen judío, Matilde Kusminsky-Richter) hasta sus acercamientos a Alfonsín y los sistemas socialdemócratas. Pero digo “pareció” y no “fue” porque en rigor Sábato no fue un verdadero globalizador. De hecho, sus renuncias violentas al comunismo y a la ciencia, aun justificadas, fueron formas extremas de alejarse de movimientos mundializadores y recluirse etnocéntricamente en la Argentina, y más radical y precisamente en Santos Lugares. Aun cuando sus grandes admirados fueron Dostoievsky, Kafka, Flaubert o Cervantes, basta leer sus tres novelas para experimentar el tufillo de peleas completamente caseras (¿no está en Héroes y Tumbas Borges como personaje, o la pelea de Perón con la iglesia? ¿No sostiene Leonardo Castellani que fue introducido maliciosamente como personaje en la novela? ¿No está acaso plagado Abaddón de guiños locales, desde reuniones mundanas en casas porteñas de clase alta, y cartas de admiradores enloquecidos como Ledesma, hasta el casamiento tardío del amigo Carlos Colautti, hechos que sólo pueden entenderse como literarios desde la minúscula fauna teratológica porteña?). Y es desde esta perspectiva absolutamente etnocéntrica, nacionalista y diminuta que Sábato maljuzga la decisión de Cortázar de irse del país. O quizás esta forma de ver las cosas obedezca a que Cortázar era un ídolo para sus legiones de lectores jóvenes pero siempre fue resistido por las élites literarias que Sábato, por aquellas épocas, integraba. Bastará evocar algunos de esos dardos: Juan José Saer lo despreció públicamente en una escena de la película que filmó Rafael Filipelli[iii], quien no por casualidad es el marido de una de las máximas críticas literarias argentinas: Beatriz Sarlo. Quizás deba contabilizarse también, en ese memorándum de hostilidades y maledicencias, el desdén de César Aira, otro pitoniso del canon, quien dijo: “El mejor Cortázar es un mal Borges”[iv].  Y, por fin, la lapidaria sentencia del escritor y crítico José María Brindisi: “Rayuela envejeció mal”[v].

 

Para poner las cosas en su quicio hay que indicar que Cortázar en 1951 se va no sólo por el peronismo, se va porque la Argentina es ni más ni menos que un punto de partida, una parte, pero el todo es mayor que las partes. Y en este sentido creo que Casa Tomada requiere una interpretación ampliada. Los hermanos están encerrados en la casa realizando tareas arcaicas: ella teje, él fuma en pipa, ceden al placer del ocio. Mientras tanto, fuerzas indefinibles, invisibles, extrañas, irrumpen y van arrasando todo. ¿Cómo no ver en esa imagen la potencia de la modernidad que avanza inconteniblemente sobre las viejas tradiciones?[vi] ¿Cómo no interpretar Casa Tomada en clave de filosofía política más que de unidad básica o comité? ¿Cómo no conjeturar, en fin, que Cortázar está hablando en contra del nacionalismo esterilizante que propone reducir los consumos con tal de no “ser invadidos”, en contra del encierro cultural y económico, de la fosilización de los que creen que la forma de crecer es defendernos del mundo en lugar de salir al mundo a entenderlo, a colonizarlo y a interactuar? ¿Cómo no especular con la idea de que Cortázar admiraba la circulación de ideas, el enriquecimiento mutuo de las distintas sociedades, tribus o países al entrar en combustión unos con otros? Hay que pensar que Cortázar no era profesor de quechua ni domador de caballos criollos, sino profesor de literatura francesa y traductor de inglés y francés, al igual que su primera mujer, Aurora Bernárdez. Sus tarjetas y membretes decían “Traductor público” y fue traductor de organismos internacionales. La traducción es un puente entre culturas, las liga y evita sus aislamientos. Sus traducciones de Marguerite Yourcenar y de Edgard Alan Poe constituyen, cabe recordarlo, verdaderos monumentos literarios. En este sentido, más allá del error (o de la mezquindad, porque hay que decir que en esos años coincidir con Fidel Castro rendía frutos considerables) de adherir a los comunismos latinoamericanos, cuya impronta totalitaria no puede desconocerse, su postura política es claramente globalizadora: él está mucho más preocupado por Cuba, Nicaragua o El Salvador que por los problemas bonsai de la Argentina, porque comprende que la partida se juega a nivel mundial y no a nivel barrial.

 

En la réplica a un cuestionario que le enviaron para una revista de Buenos Aires llamada Imagen del País, en 1968, Cortázar explicita algunos de estos conceptos al responder sobre si existe una nueva literatura argentina. “Unos jóvenes progresistas que pasaron por París y me buscaron con una falta de éxito ya notoria en esos casos, me dejaron un mensaje admirativo junto con un áspero reproche: el de que yo no volviera al país. Lamento decirlo, pero el que se hace una idea semejante del compromiso de un escritor revela que duerme con la escarapela prendida al piyama…”[vii] Y continúa recusando la idea de que su “deber de argentino” sea vivir en el país porque sus ideas de “deber”, de “escritor” y de “argentinidad” son muy diferentes de lo que Sábato, esos chicos progresistas y tantos otros creían. En línea con ello, en una carta enviada a Paco Porrúa el 27 de febrero de 1965, Cortázar escribe: “Me llegó una invitación de Nerio Rojas para que participara en una mesa redonda sobre literatura argentina… Contesté muy educadamente que lo que en realidad necesitaba la literatura argentina era una cama y no una mesa redonda”[viii]. En uno de sus libros, asimismo, Cortázar señala que su aporte al nacionalismo se limita a “orinar sobre los ombúes”. Y, por si alguna duda cupiera aún de qué pensaba sobre el nacionalismo, en 1984 escribió un libro cuyo título es muy sugestivo: Argentina: años de alambradas culturales[ix]. Advierta el lector que lo que le endilga Cortázar a la dictadura militar no es haberse abierto al mundo sino, al contrario, haberse cerrado al mundo, no le achaca la Plata Dulce de las importaciones indiscriminadas sino, por ejemplo, la censura a films como la Naranja mecánica o El último tango en París.

 

Este espíritu básicamente antinacionalista y antipopulista de Julio Cortázar queda confirmado en una nota escrita en 1976 a propósito de un sonado juicio practicado en Francia a Patrick Henry, al mostrar cómo surgen, por debajo de la locutoria libertaria, latencias sádicas y fascistas. Y refiriéndose a la pena de muerte sostiene: “…la ejecución legal no es un acto de justicia sino de miedo. No al ejecutado, por supuesto, sino a cualquier disrupción que empiece más allá de la puerta de la calle; miedo al vecino, miedo a todo lo que vive y se agita en la ciudad y el país y en el mundo. Un miedo que casi siempre se ignora como miedo y que se manifiesta en el plano consciente como voluntad de orden, de disciplina, de respeto a valores axiomáticos”[x]. Estas expresiones son el reverso exacto del tristemente célebre “vivir con lo nuestro”. En tal contexto, resulta francamente increíble que un hombre tal lúcido para entender los beneficios de la libertad, para entender la otredad como la única forma de enriquecimiento cultural, para combatir los prejuicios nacionalistas, haya terminado apoyando a Fidel Castro o Salvador Allende, que no sólo suprimieron todo tipo libertades (incluso las de circulación o de prensa, esto último reconocido por el propio Cortázar en una entrevista de fines de 1983) sino que con su afán proteccionista encapsularon a sus países de un modo extravagante, al punto de convertirlos en países-cárceles y en modelos de la miseria, notable que un hombre tal inteligente no haya reaccionado del modo debido y en forma inmediata –como sí lo hicieron otros intelectuales– frente al vergonzoso Caso Padilla, cuando el régimen cubano obligó a este poeta e intelectual a una retractación pública después de haberlo encarcelado. Inverosímil incluso que Cortázar haya tomado la famosa “autocrítica” como algo genuino, llegando incluso a pedir, en una carta a Mario Vargas Llosa del 29-4-1972, que eliminen su nombre de la lista de colaboradores de la Revista Libre, pues la postura crítica de esa revista (dirigida por Vargas Llosa) frente al caso Padilla le impedía continuar allí. Y deja claro que ha “comprado” acríticamente la retractación cuando dice respecto de Fidel Castro: “Mi decisión de seguir junto a ellos no solamente no ha cambiado sino que es más fuerte que nunca”[xi]. La escritora cubana Zoé Valdez, exiliada en París, me dio su versión de porqué Cortázar no rompía con Fidel Castro pese a las evidencias incontrastables de que era un dictador. Me lo dijo hace dos años, mientras caminábamos por la Rue Bonaparte, y lo citaré aquí con la prevención de señalar que a mí me resulta increíble. Según ella, el régimen cubano lo extorsionaba a Cortázar con la amenaza de que, si rompía, ventilarían una serie de historias de alcoba acaecidas durante sus viajes a la isla, cuyas pruebas los Servicios Secretos tenían perfectamente clasificadas y guardadas.  Prefiero pensar que fue un simple error al que se precipitó por sus prejuicios anticapitalistas y antiimperialistas.

 

La famosa escena del tablón de Rayuela, ese tablón que como un océano articula dos continentes o dos veredas, exhibe otra vez el espíritu a la vez nostálgico y cosmopolita de Cortázar. No puede olvidarse de la Argentina, de las calles de Banfield, de la Universidad de Cuyo, pero a la vez su lugar en el mundo es el mundo mismo. La noción de nación es para Cortázar un artefacto, las banderas, las escarapelas, los himnos y las fronteras no le dicen casi nada. Tampoco las épocas ni los estadios tecnológicos son sus patrias. Sus únicas patrias son las ciudades, las mujeres (París y La Maga, para poner ejemplos), a las que más de una vez equiparó, como señala Manual Vázquez Montalbán[xii], y por fin la literatura. Horacio Olivera es, como Leopold Bloom, un eterno caminante, un flaneur del mundo. No es, empero, que Cortázar esté perdido en el espacio y el tiempo, sino que ha adquirido la necesaria lucidez para advertir que el centro es el hombre y que los lugares y las épocas no son más que anécdotas más o menos fútiles. En el cuento “La noche boca arriba” la comparación entre un sacrificio azteca y un accidente de tránsito nos permite inferir que cada civilización engendra sus propios dioses, sus propias bestias y sus propios muertos.  Lo mismo ocurre en “Todos los fuegos el fuego”. En ambos relatos, distintos lugares y distintas épocas no producen diferencias relevantes: Cortázar da importancia al ser humano concreto por arriba de sus circunstancias sociológicas y, así, a los mentados rasgos de globalizador y antinacionalista añade un matiz no menor: el individualismo típico de las cosmovisiones liberales. Adviértase que si hay un relato en el que el ser humano es más importante que su entorno ese es “El perseguidor”, en el cual el jazzista está desesperado por atrapar el absoluto en términos de arte y de felicidad individual. El propio Cortázar, a fines de 1983, confirma su opción por el ser humano concreto: “Allí donde se falte el respeto a la dignidad humana, pues yo estaré en contra siempre”[xiii]. “No se culpe a nadie” es quizás el paradigma del texto psicológico: el único culpable de estar allí atrapado es él mismo y sus traumas, simbolizados en un pullover, y no la sociedad. Y ese mismo temperamento, que llamaré existencialista, aflora en una ocasión casi desesperada, cuando ante ciertas alarmas que le llegaban sobre la caída de Alejandra Pizarnik en una de sus típicas zonas de zozobra espiritual, le escribe palabras no sólo llenas de belleza sino dirigidas al compromiso y la salvación personales (no sociales): “Yo te reclamo, no humildad, no obsecuencia, sino enlace con esto que nos envuelve a todos, llamale la luz o César Vallejo o el cine japonés: un pulso sobre la tierra, alegre o triste, pero no un silencio de renuncia voluntaria. Sólo te acepto viva, sólo te quiero Alejandra”.

 

En 1983, con el advenimiento de la democracia, Cortázar vuelve a la Argentina. Muy conocido es el episodio del rechazo u olvido ante el pedido de audiencia a Raúl Alfonsín, que su secretaria, Margarita Ronco, asume como un error propio en el manejo de la agenda. Según ella, por aquellos días febriles de diciembre del 83 se le pasóla cita pedida. Cortázar se fue sin ser recibido y al poco tiempo, el 12 de febrero del 84, murió. Una vez tuve ocasión de preguntarle a Dante Caputo si esto había sido así y él, sin demasiada convicción, homologó la versión. Algunos, en cambio, sostienen que los hechos fueron de otro modo: que fue el propio Alfonsín el que, advertido por los servicios de inteligencia de que Cortázar venía como un heraldo de la izquierda latinoamericana (que incluso se había inclinado por Ítalo Lúder durante la campaña), prefirió no recibirlo y, para evitar la polémica, le echaron la culpa a la secretaria. Pero lo interesante es qué sintió Cortázar en aquella visita, más allá del presunto malentendido con Alfonsín. Lo indica el propio escritor: “Aunque ya lo sabía de sobra, me bastó volver a la Argentina poco después de las elecciones para verificar los estragos que la censura y la información deformada y deformante habían operado en el pensamiento de millones de ciudadanos”. Y compara las fronteras argentinas con un gigantesco colador que no deja pasar casi nada: “Y si la utilidad de todo colador consiste en que lo aprovechemos del buen lado, el que montó el sistema militar funcionó deliberadamente al revés, con lo cual al hombre de la calle (y de tantas casas y casitas) le tocó beberse el agua tibia de los espaguetis, mientras éstos quedaban del otro lado y fuera de su alcance”. Es interesante que lean con cuidado extremo este párrafo los desinformados o malintencionados que hoy llaman “liberal” a la dictadura de Videla: fue un colador que impermeabilizó el país, que lo aisló y le quitó la riqueza de los aportes culturales y políticos que circulaban por el mundo.

 

En una ocasión, Juan José Sebreli le preguntó a Mario Vargas Llosa si no le parecía que Cortázar había sido un hombre enamorado y vampirizado por el poder: el poder de Victoria Ocampo y la Revista Sur en el primer lustro de los 50, el poder de la Editorial Gallimard, al unirse sentimentalmente con su editora, Ugné Karvelis, o el poder que irradiaba Fidel Castro en los 70; Vargas Llosa se quedó pensativo y no respondió. Si esa interpretación fuera correcta, habría que verlo como un pragmático casi sin ideología. Prefiero pensar que Cortázar fue, queriéndolo o no, tal vez a su pesar, y más allá de la gigantesca incoherencia de sus apoyos estrafalarios a regímenes donde cundió la falta de libertad y la opresión, un liberal cabal. Fue un antinacionalista y un globalizador. Tal vez por eso tuvo tres mujeres, no importaban sus nacionalidades: una argentina, una lituana y una estadounidense. Tal vez por eso vivió la mayor parte de su vida en Europa o viajando por el mundo. Tal vez por eso esté sepultado en el cementerio de Montparnasse, en París. Fue básicamente un cosmopolita. Fue un antipopulista y un hombre comprometido con la modernidad.  No por nada, renovó el lenguaje: en eso sí fue un auténtico revolucionario.

 



[i] Cortázar, profesor universitario, Jaime Correas, Aguilar, pág. 114.

[ii] Archivo personal del audio de la entrevista.

[iii] Documental Retrato de Juan José Saer, dirigida por Rafael Filipelli.

[iv] Revista Ñ, 9-10-2004, entrevista de Carlos Alfieri.

[v] Entrevista personal realizada en el programa televisivo Aguafiestas.

[vi] Cortázar, Doce ensayos sobre el cuento la noche boca arriba, Marcelo Gioffré y otros autores, El Arca, pág. 74.

[vii] Julio Cortázar, papeles inesperados, Alfaguara, pág. 224/225.

[viii] Julio Cortázar, Cartas 2, 1964-1968, Edición a cargo de Aurora Bernárdez, Alfaguara, pág. 830.

[ix] Argentina, años de alambradas culturales, Julio Cortázar, Muchnik Editores.

[x] Julio Cortázar, papeles inesperados, Alfaguara, pág. 281.

[xi] Julio Cortázar, Cartas 3, 1969-1983, Edición a cargo de Aurora Bernárdez, Alfaguara, pag. 1501.

[xii] El París de Rayuela, Héctor Zampaglione, Lunwerg Editores, pág. 11.

[xiii] Entrevista de Mercedes Milá en el programa “Buenas Noches”, en RTVE, del 24-11-1983, reproducida en Nicaragua tan violentamente dulce, 1983, Muchnik Editores, pág. 135.

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