CROCCO, KUNKEL Y RICO: LA HERMANDAD DE LA PÓLVORA

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Norberto Rodolfo “Quique” Crocco salvó su vida por las 100 dosis de penicilina que Eva Perón le entregó a su padre, Don Ambrosio, a cambio de la “venta” de uno de los camiones de su compañía de fletes al instante. Don Ambrosio, un ceñudo gorila, desesperado por la fuerte infección pulmonar que aquejaba a su hijo, en tiempos en los que la penicilina se conseguía con cuentagotas, terminó a los pies de Evita, quien, fiel a su estilo le dijo: “La revolución lo va a ayudar, pero usted es un empresario y tiene que dar algo a cambio, en gratitud con el pueblo peronista que le salva la vida a su hijo”. El favor se pagó con la venta del camión y Quique se salvó. Quique tenía una hermana que se llamaba Noemí y que terminó casada con el teniente Aldo “Ñato” Rico, su mejor amigo, ofensa que nunca terminó de perdonar. Por esos tiempos, seducir a la hermana del amigo era una afrenta de dificultosa redención. En 1966, Quique entró a militar en Tacuara y conoció a Rodolfo “El Loco” Galimberti. A través de él, El Ñato Rico se relacionó con “El Loco” Galimberti, y terminarían de hacerse amigos en 1988, después de la Operación Dignidad, cuando Rico terminó preso y el ex Jefe Montonero le prestó ayuda a su mujer, Noemí Crocco, quien ha dicho: “Galimberti fue un hombrote, un hombre de honor, como mi hermano y como Aldo.”

Quique Crocco, nacionalista católico, era a finales de los sesenta un hombre del General Imaz, Ministro del Interior de Juan Carlos Onganía, tal cual lo fueron Firmenich, Ramus, Abal Medina, Arrostito y Maza. Es más: algunos consideran que pudo ser el hombre X en el asesinato del General Aramburu, indubitablemente pergeñado por Onganía y no por la mente alucinada de “jóvenes idealistas”, tal cual lo registra la historia oficial.

El 20 de enero de 1971, Quique hizo un viaje a Mar Chiquita en cumplimiento de una misión. Llevaba en el auto cartuchos de trotyl, una granada, una caja de detonadores, jeringas plásticas, un proyectil de mortero con reloj de tiempo, una manta verde del Ejército Argentino y 32 cartuchos de 45. Debía llegarse hasta la estancia de Antonio Romano y asesinarlo. Es que Romano, íntimo amigo de Imaz, había recibido del Banco Nación unos quince millones de pesos que debía entregar a Montoneros en pago por el secuestro y muerte de Aramburu, pero mejicaneó el dinero. Aparentemente Crocco mató a Romano, se arrodilló, se persignó y se disparó un tiro en la cabeza. Noemí, la ex esposa del Ñato Rico dice: “Seguramente participó del secuestro de Aramburu…Ahí participaron Servicios de Inteligencia…Estoy convencida de que a mi hermano lo mataron”. La versión del oficial de policía que habló con Rico después del supuesto suicidio, coincidía con el pálpito de Noemí: según él, Quique Crocco no se suicidó sino que fue asesinado. Montoneros, ya deslizado por el cieno resbaladizo de la subversión de izquierda, nunca reconoció a Quique como tropa propia. Sostienen que su asesinato fue un vuelto de “los servicios”. De los mismos servicios que, merced a su laxitud, les permitieron llegar a Timote con un secuestrado explícito, en pleno orden cerrado militar, eludiendo todos los retenes de la Capital y la Provincia para terminar asesinándolo en un sótano. El Operativo Pindapoy estaba cumplido y Aramburu yacía en un pozo impregnado de cal viva.

Rico continuó con su locura por los fierros, nunca olvidó a su cuñado y mejor amigo, siempre llamó cariñosamente “zurditos” a los subversivos en armas y, al tiempo de calificarlos, los llamó “combatientes”. Después de Malvinas y de su levantamiento de Semana Santa fue homenajeado por el mismo Alfonsín como Héroe de Malvinas e inauguró el “carapintadismo” como una opción al tedio de las urnas. No es extraño entonces que Kunkel, un montonero insigne, amigo de Galimberti y tal vez “cumpa” de Quique Crocco, lo haya bancado (aunque después le haya soltado la mano por orden de Kirchner).

Es que, en el fondo, Videla, Massera, Astiz, Etchecolatz, el Tigre Acosta, por un lado, y Firmenich, Verbitsky, Bonasso, Vaca Narvaja y Perdía, del otro, son pares. Enfrentados sí, pero pares, en una guerra al cabo de la cual todos ellos se aseguraron la impunidad (a no ser que se considere que la prisión domiciliaria o el exilio en Barcelona constituyen verdaderas sanciones) y se guardan entre ellos respeto y admiración, como suele pasar entre guerreros cuando culmina la batalla, porque están hermanados por la exaltación de virtudes tales como el coraje y la pasión por los fierros como herramienta de solución de los problemas políticos. Desprecian la opción civil republicana y democrática. El Capitán Viola, el Coronel Larrabure, Ana Lambruschini, los muertos por la bomba en Seguridad Federal y los miles de desaparecidos y asesinados, como Rodolfo Walsh, los Curas Palotinos, el Padre Mujica, Las Monjas Voladoras o Dagmar Haguelin son sólo “bajas aceptables” para ambos bandos en un conflicto de baja intensidad que los enfrentó. Mártires al servicio de cúpulas que no pueden siquiera mostrar una cicatriz de guerra o un leve rastro de tortura y que condujeron la guerra sórdida que libraron desplazando soldaditos de plástico sobre maquetas de arena, desde sus cómodos despachos.

Es La Hermandad de la Pólvora, incapaz de respirar en un ambiente democrático, que siempre encontrará alguna fórmula para expresarse. Kunkel, Rico y cada uno de sus nostálgicos amigos, sin importar el bando en el cual militen, tratarán de reeditar el pasado para aspirar otra vez el olor a sangre, al cual se han vuelto adictos irrecuperables.

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