DE HÉCTORES Y GREGORIOS, LA ÉTICA DEL COMBATIENTE

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“No hay nostalgia peor
que añorar lo que nunca jamás sucedió”
Joaquín Sabina

Entre los tenderetes de la Feria de San Telmo, pulula los domingos un “trapito” vestido con uniforme de lagarto, que entre las numerosas condecoraciones que le cuelgan del pecho luce un brevet de Malvinas. Cuando indica agitando una franela amarilla el lugar donde uno indefectiblemente deberá estacionar, se le nota cierta rigidez marcial. Un comerciante del lugar me contó que se llama Gregorio y que ya es parte del escenario variopinto de la zona. Que según se cuenta, en abril de 1982, mientras hacía la colimba, fue movilizado a Río Gallegos con un batallón que se agolpó allí y tomó posición para desembarcar en las islas apenas llegara la orden. Pero la orden nunca llegó y él se quedó con el fusil lustrado y siguió la experiencia frustrante de la rendición del General Menéndez ante el General Jeremy Moore por televisión. Su experiencia bélica fue tan insignificante que ni siquiera mereció una internación en el pabellón psiquiátrico del Hospital Militar Central. Fue dado de baja, pero su frustración fue tan grande que siguió vistiendo su uniforme camuflado y luciendo pinturas de guerra como si viviera a la espera de librar alguna vez la batalla que la vida le negó. El comerciante me dijo que Gregorio es inofensivo y que los únicos problemas que ha causado han sido por el fastidio que le ha provocado a algunos turistas británicos una inscripción en inglés y en castellano sobre la espalda de su chaqueta verde que dice “Muerte a los ingleses”.

Alguna vez tuve el privilegio de entrevistar al comodoro Héctor Rusticini, quien dirigía la Asociación Mutual Bahía Agradable de los veteranos de la Fuerza Aérea en Malvinas. A nadie escapa el desempeño notable que han tenido los pilotos de la Fuerza Aérea Argentina durante el conflicto de las Islas, pese a que los manejos del paradigma histórico reinante han ocultado deliberadamente esta circunstancia.

Lo notable es que Héctor respondía las preguntas que se le formulaban dando detalles técnicos y describiendo las tácticas utilizadas, casi sin emoción. Por un momento me sorprendí cuando me confió que guardaba una estrecha relación, que definió como “algo más que una amistad”, con un piloto inglés de los famosos Sea Harrier, con el cual intercambiaba correspondencia frecuentemente. Me venció la tentación y le hice a quemarropa una pregunta insolente: ¿Como se puede mantener una relación que es algo más que una amistad, digamos: casi una relación de hermandad, con un enemigo que defendía la usurpación de nuestra tierra? Un patriota, ¿no debería odiar todo lo que oliera a inglés? Me preparé para una respuesta furibunda, pero Héctor solo se alisó la corbata, me miró a los ojos y sonrió al responderme: “¿Sabe que Sun-Tzu, un estratega chino que vivió en el siglo V antes de Cristo, decía: si quieres saber cómo te fue en la guerra pregúntale a tu enemigo?”

Y agregó: “Para serle franco, he recibido más respeto de quienes durante dos meses de mi vida fueron mis enemigos que de mis propios compatriotas. El General Jeremy Moore ha declarado. “La Fuerza Aérea Argentina fue valerosa en extremo y excelente en su preparación”.

Y luego dijo: “¿Se da cuenta? Mi enemigo de entonces defendía un interés y yo defendía otro, a cuya defensa jamás renunciaré, pero eso no implica que, acallados los fuegos, entre profesionales nos respetemos y sintamos mutua admiración. Mi enemigo jamás fue el pueblo inglés, sino los intereses que defendían sus gobernantes y cuyos militares debían defender con las armas. ¿Por qué entonces odiar a los ingleses, quienes hacen tan buenas corbatas? Hay una ética del combatiente que siempre resultará incomprensible para políticos, periodistas y demás lenguaraces que interpretan batallas que solo conocieron por papers, pero que desconocen la pavura que provoca la deflagración de la metralla cuando uno mismo es el objetivo”.

Sentí vergüenza entonces y la siento ahora. Relaciono las palabras de Héctor con el drama político que hoy nos toca enfrentar. Un dúo de “Gregorios” que jamás llegaron al rango de combatientes nos mantienen inmersos en una guerra que hace ya tiempo terminó, camuflados de comandos, cuando jamás pudieron transponer las fronteras de Río Gallegos. Juzgan a los asesinos del Proceso de a tramos, de acuerdo al favor de las encuestas, porque han abandonado la usura del dinero que los enriqueció para transformarse en usureros de una memoria que los fortalece.

Los “Héctores”, como por ejemplo Carlos Kunkel y Aldo Rico, hace rato que mantienen relaciones y se reconocen mutuamente. A solas se reconocerán méritos y coincidirán en interpretaciones de los sangrientos setenta que jamás confesarían en público, porque entre ellos, que sí sintieron el silbido de las balas, rige una ética del combatiente que permanece desconocida para los profanos.

Tal vez porque el Pepe Mujica es un “Héctor” y no un “Gregorio”, arribado a Presidente de la República del Uruguay, olvidó sus trece años de tortura y de cárcel y tendió una mano a sus antiguos enemigos, basándose en la “Etica del Combatiente”, mal que le pese a los perejiles empeñados en acentuar las contradicciones. Digo esto porque todos sabemos que los políticos que desean convertirse en estadistas deben matar algo en sí mismos, mutilarse, amputar parte de su memoria deliberadamente, en pos de la razón de estado, que siempre se impone a las vulgaridades de la naturaleza humana, para abocarse a la consecución de los intereses supremos del país que les toca en suerte gobernar.

Al igual que Gregorio, el “trapito” de San Telmo, los Kirchner nos condenan a todos a ser víctimas de su locura especulativa y, camuflados de montoneros, aspiran a estacionarnos a todos en una batalla antigua, que ni siquiera tuvieron el valor de librar por temor a ser devorados por ella.

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