DE VICTORIA OCAMPO A RICARDO FORT

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El último 27 de enero se cumplieron treinta y un años de la muerte de Victoria Ocampo. Dedicó tres fortunas a la cultura de la Argentina. Borges dijo: “En un país y en una época en que las mujeres eran genéricas, tuvo el valor de ser un individuo”. Fue la mayor de seis hermanas nacidas en una antigua familia patricia, conquistó por igual admiración y rechazo, simpatías y rencores.

Fundadora de la legendaria revista Sur y de la editorial del mismo nombre, supo descubrir y fomentar talentos: allí escribieron desde marxistas hasta liberales, desde Juan José Sebreli y María Rosa Oliver a Adolfo Bioy Casares y Eduardo Mallea.
Y más aún: fue un faro de orientación para varias generaciones. Los números de la revista eran esperados con ansiedad, casi diríamos con desesperación, en toda latinoamérica. En su casona de San Isidro, que luego donaría a la UNESCO, por temor a la avaricia e ineficiencia de los politicos argentinos –especialmente de los peronistas-, y que hoy sirve para representar obras de teatro, realizar conferencias o presentar libros, recibió a los más grandes intelectuales de su época, desde Albert Camus a Rabindranath Tagore. Impulsó como nadie la traducción y, sobre todo, el diálogo de las culturas, es decir el multiculturalismo, con lo cual se adelantó al menos tres décadas a uno de los problemas cruciales del mundo actual: el choque de civilizaciones.

Durante sus constantes viajes, frecuentó a los más importantes escritores y personajes, como Ortega y Gasset, Virginia Woolf, André Malraux o Gabriela Mistral. En un libro de reciente aparición, Cartas de posguerra, se advierte cómo era su agenda en Estados Unidos o Europa. Más que divertirse era una embajadora itinerante.

Fue vanguardista. Conducía automóviles, escribía en diarios, fumaba y gustaba de la profesión de actriz cuando a ninguna mujer se le ocurrían semejantes extravagancias. Su ferrea postura republicanista la llevó a la cárcel: el régimen de entonces la acusó de conspirar (cualquier coincidencia es pura casualidad) y la recluyó en el Instituto del Buen Pastor, un lugar para prostitutas.

Ricardo Fort, por su parte, es heredero de una fortuna familiar muy considerable. Un muchacho que gasta cantidades inusitadas cada noche en botellas de champán.

Tiene la curiosa costumbre de emprender viajes súbitos rumbo a París, Moscú, o Nueva York, invitando consigo a diez o doce amigos (incluidos sus cinco guardaespaldas), tomando a su cargo la cuenta en los mejores hoteles, los mejores restaurantes y las discotecas más exclusivas. Le gusta la diversión, la fama y la ostentación. Invierte fortunas en cirugías estéticas que han ido modificando su cuerpo y tiene el look de un actor norteamericano de principios de los años sesenta. Ha instalado una playa y una compañía de teatro.

Hay algo en la estética de Ricardo Fort que entra en fricción, sobre todo cuando se la compara con Victoria. Los dos pertenecían a familias adineradas y heredaron. Los dos en algún sentido se dedicaron a gastar lo que otros hicieron.

En el límite, aceptaría que los dos tienen las condiciones de derrochones y grandes viajeros. Pero la Argentina le debe a Victoria Ocampo haberla puesto en una posición de centralidad dentro de la cultura de occidente. En cambio Fort hace un culto del físico, de la frivolidad, de las mujeres fáciles, de la chabacanería y de la necesidad de fama rápida; en fin: de la falta de reflexión. Y la falta de reflexión, ¿es una vía útil para levantar un país?

Sí, Fort da trabajo y no puede dejar de respetárselo por eso. No hay signos de corrupción en su actividad. Pero, ¿es acaso un modelo para un país donde los intelectuales deberían tener un lugar distinto del que tienen, donde la Secretaría de Cultura es el playroom que se hace donde de casualidad sobra un espacio?

¿Lo es acaso en un país donde los políticos no leen y se resisten a consultar a quienes leen? ¿O es más bien la homologación de que lo brutal, lo rudimentario, lo bizarro ha ganado terreno y estamos definitivamente enfermos de ignorancia? Fort convalida y justifica fácticamente la ignorancia y la pone en un podio.

¿Hay algo peor que un país donde predominan los rústicos?

Sí, es un país donde los rústicos son el paradigma y despiertan masiva admiración.

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