EL CLIENTELISMO Y LA LEY DE LA GRAVEDAD

0
80

El viernes por la mañana, un cielo encapotado, ahíto de nubes tormentosas, se cernía sobre el humilde cementerio de Lules, un pueblito de ese Tucumán profundo que supo brindar hombres tan notables y disímiles como Juan Bautista Alberdi y Juan José Hernández, como Tomás Eloy Martínez y José Ignacio García Hamilton. Trescientas personas rodeaban el féretro con el cadáver de un muchachito malogrado cuyo nombre era Carlos Marriera. Le decían “El Gordo”, cobraba un plan social de 300 pesos y tres días antes había resuelto subir a un charter polvoriento que lo deslizaría, desde su pueblo, hasta esa Buenos Aires mitificada en sus noches de pibe modesto.

Lo habían motivado bajo las promesas de conseguirle un trabajo estable en la Municipalidad y darle unos 200 pesitos. Es verdad que el muchacho era afiliado al Partido Justicialista pero sin los incentivos difícilmente hubiera aceptado la invitación. No le importaba casi nada el discurso que pronunciaría Cristina, ni lo inquietaba la denuncia de un presunto “golpe” orquestado por la “puta oligarquía agraria” (siguiendo el lenguaje de los organizadores). Le hacía ilusión, en todo caso, conocer la gran ciudad, y especialmente el estadio de Boca. Quizás, también, divertirse durante el largo viaje que atravesaría la pampa argentina tan pródiga en alimentos, gastándose burlas precarias con sus compañeros de aventura, otros convictos del clientelismo político provinciano. Tres días después de haber aceptado estaba muerto, devuelto a su pueblito en una mortaja, sin pena ni gloria, más allá del minuto de silencio propuesto antes del acto en el que impúdicamente Ignacio Copani cantó su hit “Cacerola de Teflón”, una canción altanera y burda, que satiriza desde la ignorancia más absoluta y la sentenciosidad más bizarra a las clases medias urbanas.

El 24 de noviembre de 1947, en Pujato, Borges y Bioy Casares escribieron “La Fiesta del Monstruo”, un relato en el cual un muchacho peronista le cuenta a una tal Nelly la “jornada cívica” que había vivido, cuyo núcleo temático consistió en el viaje en camión y el desembarco en la Plaza pública, para festejar de modo grosero y cruel un acto propuesto por un líder popular. La iconografía izquierdista convirtió esta pieza magistral en el epítome del gorilismo. En rigor, denunciaba el clientelismo y la movilización forzada de militantes; hoy cobra un valor adicional, mal que le pese a tanto pseudointelectual “progre”.

Las técnicas de movilización de masas son conocidas. Las usó Mussolini. Las usó Perón. De ellas abusan los Kirchner. En el pasado pudieron ser efectivas; hoy, ya no engañan, están deslegitimadas, son opacos decorados insignificantes, vaciados de resonancias concretas o simbólicas. Se trata de actos reglamentados hasta en sus excesos, en los cuales los asistentes no son militantes genuinos sino actores de reparto. El tucumanito que murió en el Hospital Argerich, antes de las 12,30 de ese miércoles fatídico en que Néstor Kirchner terminó muy campante, agitando dos banderitas argentinas sobre el escenario, era eso: un partenaire del gobierno. No murió por una causa noble, murió por el clientelismo más deleznable y torpe, porque además de ser actos miserables, que degradan al ser humano en su sentido más íntimo, al prostituirlo y rebajarlo, son completamente inútiles: no mueven un ápice el amperímetro de la popularidad diezmada de la presidenta.

Pero a Carlos Marriera, el hijo del canillita, se le cayó un farol de 15 kilos en la cabeza a causa de que sobre esa columna habían cargado, con la impunidad profesional propia de punteros políticos idiotas, carteles y pasacalles que pretendían identificar las columnas, no fuera a ser que “El Jefe” no advirtiera cuánta gente había movilizado cada cual. Y los habían colocado sin medir las consecuencias físicas. Del mismo modo que se violan las leyes del mercado, aplicando precios máximos, estableciendo impuestos desaforados, falsificando estadísticas públicas y haciendo crujir toda la seguridad jurídica, con las naturales consecuencias catastróficas (que alevosamente imputan a los otros, a la oligarquía o a la oposición), creyeron posible también violar la ley de la gravedad: si pueden violar impunemente las leyes del mercado, ¿cómo no van a poder violar la ley de la gravedad? Pero la ley de la gravedad se vengó. Tanto tironear el farol con los malditos carteles de “Kirchner conducción” el farol se desprendió y cayó sobre la cabeza del chico, malográndolo. A este jovencito que emergió del oscuro pueblito tucumano no lo fulminó la luminaria. Lo mató el clientelismo. Y lo mató algo infinitamente más perverso: la irracionalidad de creer que las leyes de la realidad pueden no ser respetadas.

¿No podría servir este óbito absurdo para que, al menos, como sostuvo el padre del fallecido, el diariero Rubén, “Cristina se deje de joder con esos actos donde se arrea a los jóvenes como vacas”?

Deja un comentario

Por favor dejanos tu comentario!
Please enter your name here