EL DESEMBARCO DE NORMANDÍA

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En los últimos años Mauricio Macri fue sometido a cinco tests cruciales. El primero fue la causa de las escuchas, un episodio que no pasaba de la órbita familiar y que el kirchnerismo intentó elevar a la categoría de escándalo nacional. El segundo fue el desafío interno que le planteó Gabriela Michetti, primero al negarse a ser candidata a gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, luego al negarse a ser candidata a vicepresidenta y, por fin, al querer competir por la sucesión en la Ciudad. El tercero fue la presión del círculo rojo, siempre conservador y asustadizo, para que se aliara con Sergio Massa. El cuarto fue la incorporación al frente electoral de Elisa Carrió y el radicalismo, sin que se desataran conflictos públicos disruptivos o se activara en el inconciente colectivo el fantasma ruinoso de la Alianza. Y finalmente el affaire Niembro.

El primero y el último fueron maniobras del kirchnerismo; los otros tres, fuego amigo. Que de los cinco haya salido airoso da cuenta de que es un político talentoso. En ninguno de los casos salió como un cruzado a ocupar el centro del ring, sino que fue administrando, dosificando las respuestas de un modo muy cuidadoso, eligió llamarse a silencio, replegarse o hasta ceder un peón en la partida táctica, pero siempre mirando lo estratégico.
Esa capacidad para actuar de un modo calculado y hasta frío produjo una suerte de asombro cuando súbitamente, en medio del debate, lo miró a Scioli y le espetó, a boca de jarro: “Daniel, ¿en qué te has convertido?”, y trascartón, con gran astucia, se enmendó: “¿En qué te han convertido? ¿En un panelista de 678?” Con esas preguntas calientes confirmó tres cosas: que Scioli era manejable, que era un kirchnerista más, y que él, Macri, sabía también plantarse y ocupar el centro del ring, si era necesario.

Esa es la personalidad del hombre que a partir del 10 de diciembre deberá afrontar desafíos gigantescos. Por lo pronto, dos cometidos epistemológicos: suturar la grieta y restablecer la cultura del trabajo. Pero esas operaciones requieren precisión quirúrgica: una cosa son las miles de personas que terca pero candorosamente creyeron que la ley de la gravedad no existía, otra los adláteres y aplaudidores rentados, y otra muy distinta los militantes de La Cámpora, los Vanoli, las Gils Carbó o los testaferros del poder.
Llenar el Estado de ñoquis que ni siquiera tienen escritorio donde trabajar, vender dólares baratos a amigos, crear la estrafalaria y facciosa Justicia Legítima o trasladar valijas con dinero espurio no son hechos olvidables.
Hasta aquí el primer dato: Mauricio Macri será Presidente con una legitimidad indiscutida y ejercerá un liderazgo tan consensual como firme. El segundo dato, empero, es más extraordinario: renació en la Argentina la política. En los últimos cinco lustros el peronismo funcionó como una suerte de PRI mexicano, como un partido único y, mutando cuan pulpo multiforme, se las ingenió para anular toda competencia. Se hablaban entre ellos, en un diálogo sólo aparente, y a eso le llamaban “la política”.

Al reconfigurarse la oposición en torno a Cambiemos, que no es una coalición sino un partido novedoso (del mismo modo que el peronismo en 1945 sintetizaba a conservadores y militares pero era superador), y ganar, produce la simétrica exigencia en el adversario: los flecos del peronismo deberán mirarse al espejo y preguntarse qué son. O son una parte, un partido, o no serán nada.
Cristina Kirchner, la verdadera derrotada en estas elecciones, ha hecho una gestión pésima y en días quedará reducida a la insignificancia: será el pasado absoluto. El eje de la renovación peronista estará en su ala conservadora. Macri resucitó a los dos partidos tradicionales para refundar una interesante democracia bipartidista.

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