EL FACTOR POSSE

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Como señala Alan Pauls en su libro El Factor Borges, el Factor es la huella digital, la molécula que hace que cierta cosa sea lo que es y que confiere su impronta a determinado universo. Si Mauricio Macri, ante la andanada de clisés baratos lanzados contra el designado Ministro de Educación Abel Posse, hubiera dado marcha atrás, hubiera cedido, su estrella política habría comenzado a apagarse. No lo hizo y se fortaleció. Queda por saber si Macri está convencido de la designación, y en tal caso el macrismo empezará a impregnarse del Factor Posse, o bien si es una mera unión de conveniencia, como fue la de Ibarra con Juanjo Álvarez después de Cromagnon.

El gobierno nacional tiene montada una máquina comunicacional casi perfecta: ni bien un funcionario nacional es atacado por un opositor, aparecen cuatro o cinco soldados profesionales para denostar y desacreditar al opositor retobado, al maula indómito que osa quejarse. Con el histriónico Anibal Fernández a la cabeza, salen el Jefe de la bancada de diputados k, Agustín Rossi, el Ministro Florencio Randazzo y, detrás de ellos, va un séquito de periodistas partidarios como Horacio Verbitzky, Sandra Russo o la inefable María Julia Oliván, y paraoficialistas clandestinizados como Mario Pergolini y su corte de hijos putativos. Esa táctica es acompañada por los políticos gatopardistas, como el kirchnerista avergonzado Martín Sabatella, , o el “lilito” hereje “Kiko” Macaluse, que de inmediato irrumpen para castigar al opositor que se animó a hablar mal del funcionario.

Aún más: también cuentan con jueces dispuestos a llamar presurosamente a indagatoria al criticón, invocando alguna remota sospecha de que, por ejemplo, hubo un cruce de llamados telefónicos con Lee Harvey Oswald una semana antes del crimen de John F. Kennedy. Con ese despliegue táctico súbito, de orden castrense por la simultaneidad y rapidez (¿nostalgia de los 70?), el criticón es convertido en poco menos que un delincuente. Así, acallan y abortan las críticas y hacen una suerte de pressing letal sobre los objetores, desalentando de paso futuras tentativas disolventes.

El Jefe de Gobierno porteño, en cambio, ha estado hasta ahora a la defensiva. Más de una vez ha dado marcha atrás con la designación de funcionarios. Estaba convencido del nombramiento del Comisario Jorge “Fino” Palacios, pero una operación mediática-judicial inédita se lo volteó. Narodowski es uno de los pedagogos más respetados de la Argentina, pero se tuvo que ir. Con Posse ha sucedido lo mismo, con el agravante de que el aparato vinculado a la educación está manejado desde hace 25 años por un nombre propio: Daniel Filmus. De un modo o de otro, hace 25 años que está allí, de Grosso en adelante su poder real no ha parado de crecer, como una lenta red de nenúfares venenosos. Maneja los resortes íntimos de FLACSO, maneja como títeres a los sindicalistas porteños (¿o alguien piensa que el esperpéntico “Tito” Nenna tiene un perfil propio?) y hasta se ha quedado con un canal de televisión donde entrevista a presidentes latinoamericanos (¿alguien oyó hablar de un tal Antonio Gramsci?). Enquistar espías y quintas columnas en el aparato educacional porteño no parece una tarea demasiado dificultosa para estos peces gordos de la docencia.

Con Abel Posse, Macri eligió no a un especialista en educación (como era el caso de Nadodowski, o hubiera sido el de Andrés Delich, a quien aparentemente le ofreció sin éxito el cargo) sino a un político peronista, un hombre de piel curtida. Pero, a juzgar por los primeros movimientos, no sólo el aparato insidioso está muy activo sino que además el Jefe de Gobierno no ha articulado una eficiente red de contención para sus funcionarios. En tal contexto, Posse, un hombre de 75 años, debió salir a defenderse como un Quijote contra el aluvión de protestas que circulaban por los medios, por las redes de Internet y hasta por los corrillos parlamentarios. Está claro, como primera medida, que Macri debe dotar al gobierno porteño de una coraza defensiva para proteger a sus funcionarios.

Pero, ¿debe quedarse en lo defensivo o redoblar la apuesta? Aquí es donde entra a jugar lo que podríamos llamar “El Factor Posse”. Posse condensó críticas de izquierdistas, con lo cual Macri podría redoblar la apuesta y, definiendo al adversario, abroquelarse y trazar su perfil desde una postura de centroderecha, desde una postura más bien liberal-conservadora. Ésta sería la táctica de reforzar a Posse, salir con los tapones de punta a defenderlo ideológicamente contra toda la caterva de barrabravas kirchneristas. Como se sabe, en las elecciones chilenas podría ganar el centroderechista Sebastián Piñera, un empresario muy rico, de modo que hay una vía latinoamericana hacia el poder que consiste en definirse nítidamente desde ese lugar. Si hiciera eso, Macri condensaría automáticamente a un público deseoso de tener un líder de esas características.

Pero Macri percibe un riesgo en esa táctica. El riesgo es ponerse un techo, blindarse, elitizarse, deslegitimarse frente al votante más independiente. La Argentina no es Chile. Hay muchos argentinos en general, y porteños en particular, que quieren que se establezca un mayor orden público, que están cansados de los manejos espurios del INDEC, del dedito levantado de maestra Siruela de Cristina, etc., pero que siguen siendo progresistas al menos en el sentido cultural.

El Factor Posse es entonces un arma de doble filo: si Macri lo adopta como bandera se convierte, en un punto, en un significante. Un significante es quien condensa millones de deseos latentes en el imaginario colectivo. Por ejemplo, aquella publicidad que decía: “Coke, this is América”, conseguía poner a la Coca Cola en el rol de significante de todas las ilusiones del “american way of life”. Si Macri tomara a Posse como su emblema pasaría a ser el punto nodal de una cantidad de deseos latentes en al menos un 30 % la sociedad argentina. Pero al mismo tiempo troquelaría su poder de seducción, cerraría los poros del macrismo y, con ello, sus posibilidades electorales. Es que Posse asegura un núcleo duro y ahuyenta potenciales prosélitos, que lo reputan “un carcamán”.

Las preguntas que debe formularse el macrismo, bajo este análisis, son dos. Primera: ese núcleo duro, ¿alcanza para ganar elecciones? Segunda: los potenciales votantes que Posse ahuyentaría, ¿estarían dispuestos a votar a Macri en la medida en que éste mantenga frente al fenómeno Posse una actitud ambigua, consistente en respaldarlo pero no adoptarlo como paradigma?

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