EL GRAZNIDO DE LA GAVIOTA

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Nuestra Presidenta, quien todavía no ha podido acreditar fehacientemente la existencia de su título de abogada, es una adicta a la cultura del “machete”. Es que entre la copia clandestina escolar y la impostura adulta hay una indeleble línea bisectriz que conforma nuestra personalidad adulta. O uno bucea en las profundidades, sacrificando pulmones y cerebro para que Poseidón le permita arrancarle algunas perlas de su sabiduría divina, o se dedica a hacer la plancha en lo playito de la cultura y sólo aprende a impostar el graznido de la gaviota que apenas se salpica sobrevolando las aguas de un océano que la condena, por determinismo biológico, a permanecer ajena a los misterios profundos que atesora. Todos alguna vez, en nuestro tránsito por la instrucción, hemos recurrido al machete. No conozco el origen etimológico de este término, que alude a tratar de sortear un examen haciendo trampas. Se me ocurre quizás que, como el machete abre atajos, tiene que ver con tratar de abrirse paso a lo bruto por la intrincada selva del saber, tratando de obtener sin esfuerzos títulos y honores. El peligro del machete, y del mercado que se crea a su alrededor, es que uno puede confundir sus diferentes variedades y terminar como Menem, diciendo el discurso equivocado y hablar de las bondades de las hortalizas frente a un auditorio de caníbales. Es que, en el reino de la improvisación política que es la Argentina, los discursos y declaraciones de principios son machetes redactados por asesores de dudosa probidad que a su vez obtuvieron información de nuestros pomposamente denominados “Servicios de Inteligencia del Estado”, conformado generalmente por especialistas del chisme vago y suspicaz que nunca podrán entender el verdadero significado del término “Razón de Estado “. De ahí su proverbial ineficacia. En el Colegio Justo José de Urquiza de Concepción del Uruguay, donde cursé mis estudios secundarios, el Petiso Palma había creado una industria del machete. Los tenía de todas las materias que nos tocaba cursar y los cobraba a un precio módico. Solo que el buen criterio dictaba que uno tenía que sopesar la información que recibía. Porque a veces el Petiso Palma inventaba machetes que no hallaban sustento en ningún manual., con el solo propósito de hacer su diferencia a cualquier costo, y uno terminaba sacándose un redondo y agraviante cero. Todo este largo introito viene a cuenta porque estoy tratando de entender y de compartir mis dudas con el lector de esta nota: ¿cómo se puede entender que la Presidenta de la Nación haya dado una conferencia para denunciar que la transferencia de Papel Prensa se logró en 1976 torturando a los Graiver sin corroborar antes con aquellos que supuestamente sufrieron la tortura de que éstas realmente existieron? ¿Qué asesor le “vendió” a la Presidenta esta historia que aparece desmentida por los protagonistas directos de la operación comercial, con el solo propósito de estimular tanto en ella como en su marido su resentimiento contra Magneto y el Grupo Clarín, que a todas luces esconde alguna traición clandestina entre antiguos aliados? Quizás la pregunta más atinada que un ciudadano lúcido debería hacerse es quién mejicaneó a quien, en este entuerto grave que mantiene en vilo el destino de cuarenta millones de argentinos? ¿Qué agente de la SIDE, después de una larga y minuciosa investigación, concluyó en que los Graiver fueron torturados en el tiempo del Proceso Militar para entregar a los diarios su participación en las acciones? No puede ser que los solos dichos de un oportunista político como Osvaldo Papaleo, quien ocupó cargos en el gobierno de la malhadada Isabel Perón, quien manipula a su hermana con propósitos inconfesables, asociado con el hijo que Jacobo Timerman ocultaba en el altillo, quieran inventar una historia que justifique el avieso ataque a la prensa libre que ha instrumentado el matrimonio presidencial con el solo propósito de asordinar las voces que preanuncian el final de su ciclo político. ¿Por qué a ningún periodista se le ha ocurrido hacerle un reportaje para que hable sobre el tema a Irma Roy, ex esposa de Osvaldo Papaleo, quien debe conocer detalles de estos hechos y ha zafado con cierta elegancia de las sospechas de venalidad que acompaña a cualquier político a lo largo de su carrera? Lo que si queda claro es que David Graiver, quien murió en circunstancias misteriosas en un avión conducido por un piloto experimentado que se estrelló inusitadamente contra un cerro, manejaba diecisiete millones de dólares del rescate que los hermanos Born le pagaron a los Montoneros y que su familia fue amenazada de muerte por esta organización terrorista. Así lo ha declarado su propio hermano Isidoro Graiver. Y, querido lector, el buen criterio dice que quien maneja semejante cantidad de dinero de un grupo armado opuesto al Estado, sea éste ocupado por un gobierno legal o ilegal, es parte de un bando en una guerra, al margen de los tecnicismos de los especialistas que sostienen que en la Argentina no existió una guerra interna, académicamente hablando. Enfrentados a un régimen militar asesino, los Montoneros, quienes jamás entendieron al peronismo y sólo se enancaron en él con el propósito de inocular veneno ideológico violento en las venas de un movimiento cuyo líder se había definido a sí mismo como un “león herbívoro”, se mimetizaron con el enemigo de todos, adoptando un lenguaje castrense, utilizando uniformes y jerarquías y desplegando fuerza letal sobre los blancos que seleccionaban y condenaban a muerte, replicando los procedimientos del bando que enfrentaban. La cultura del “caño”, del secuestro y el infantilismo de los tribunales revolucionarios que ejecutaron sentencias de muerte sobre militares, empresarios y militantes disidentes, enfermaron terminalmente a una organización creada por pitucos ensoberbecidos que se arrogaron a si mismos la representación del peronismo, cuya base de sustento ha sido y será siempre la de trabajadores que ansían una permeabilidad social que les permita prosperar, cobrar salarios dignos, tener su vivienda y mandar sus hijos a la escuela. No hace falta aclarar, para quien me conoce, la repugnancia que siempre me ha provocado la brutal represión indiscriminada que arrasó no sólo a los Montoneros sino a inocentes estudiantes y obreros a los que les repugnaba el olor de la pólvora y sólo estaban armados de una utopía pedestre: terminar con la iniquidad económica y prosperar. Ninguno de ellos estaba imbuido de talibanismo ideológico ni soñaba con revoluciones sangrientas para cambiar sus vidas. Hay conjunciones cósmicas, decían los antiguos, que provocan acontecimientos impensados y, a veces, apócrifos. En mi infancia, yo jugaba con granaderos de plástico que montaban soberbios caballos blancos y los enfrentaba a los otros de casaca roja, montados en jamelgos desvencijados y recreaba sobre el patio de mi casa, sobre una maqueta de arena, la Batalla de San Lorenzo. Siempre fantasee con ser uno de esos granaderos y cubrirme de gloria. Sólo cuando crecí entendí que padecía un anacronismo psicológico producto de las pulsiones de la niñez. Pareciera que nuestra Presidenta y su marido, después de largos años en el sur, donde han sentado la base de una importante fortuna que ha acrecido cuando se trasladaron al escenario nacional, satisfechos sus vulgares apetitos materiales, han montado una maqueta de arena para sus juegos, sobre la cual han desplegado un ejército insurgente de guerrilleros de plástico vestidos de azul, y del otro lado han puesto a un ejército de dueños de diarios, productores rurales y a toda la oposición, para comandar una batalla mítica, que algunos sospechan que ocurrió. Pero, como mientras aquella batalla se libró ellos estaban abocados a otros menesteres, se “machetean”. Entonces siguen imbuidos como niños en un anacronismo psicológico del cual no logran liberarse y mantienen presa de su manía infantil a todo un país. El graznido de la gaviota se despliega sobre el océano del desconcierto y le pone música a nuestro presente como nación. Mientras tanto, los países que componen el planeta entero dan sus primeros pasos sobre el tercer milenio.

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