El inexplicable regreso del peronismo

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No podría haber sido más oportuna la puesta en escena, en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín, de la pieza Happyland, del mítico director Alfredo Arias, con la soberbia actuación protagónica de Alejandra Radano, que cuenta la historia de Isabel Perón en una doble clave temporal: sus años de bailarina en un cabaret de Panamá que justamente se llamaba Happyland, donde conoció a Juan Domingo Perón, que acababa de ser derrocado, a partir –aparentemente– de su papel de espía, y en una segunda etapa, cuando fue apresada por la dictadura militar, después de ser ella derrocada, y llevada a la residencia de El Messidor, junto al lago Nahuel Huapi.

Justamente el Presidente electo, Alberto Fernández, había acuñado durante la campaña una frase que viene como anillo al dedo: “Volvamos a ser felices”. Es decir: “Happyland”. La obra muestra todas las fricciones del peronismo: una mujer que debía espiar a Perón y que se convierte en su esposa, y a la que él luego convierte en Presidenta a pesar de que no había terminado el colegio secundario; una mujer que se declara cristiana pero a la vez es afecta al espiritismo; una mujer que pertenece al partido peronista pero que ante la disyuntiva de salvar a su ama de llaves andaluza o a su perro elige al segundo; una mujer que es derrocada por los militares a los que a la vez admira; una mujer que, con la Triple A, continúa el trabajo siniestro de secuestros y asesinatos que habría iniciado Perón, desde los sótanos del Ministerio de Bienestar Social, siendo una suerte de cabecera de playa de la dictadura; una mujer que tiene con Evita una relación contenciosa (disputan simbólicamente a Perón) pero a la vez intercambiable (cualquiera de las dos podía llegar a ser vicepresidenta del marido). El travestismo y los cambios de pelucas en la obra de Arias son herramientas para mostrar que en el peronismo los roles son siempre líquidos, fungibles, y las ideologías suelen subordinarse a las necesidades del poder.

¿No es por lo menos raro que se siga invocando la franquicia del peronismo o del justicialismo cuando ese partido carga en su mochila con el ominoso accionar de la Triple A, con la quema de la biblioteca de la Casa Socialista y con asesinatos tan burdos como los del fiscal Nisman o del propio Juan Duarte? ¿No es grotesco que el peronismo logre salir airoso de una historia sobre la cual están tatuadas las peores prácticas y personajes, de Apold a 678, de López Rega a Guillermo Moreno, y del policía Cipriano Lombilla –que torturaba opositores en la Comisaría 8ª, frente al Hospital Ramos Mejía– al General César Milani?

Pero una vez más el peronismo estará en el poder con todas sus contradicciones expuestas ya como pústulas ostensibles: ¿no dijo el propio Alberto que la mayoría de lo que había hecho Cristina (no por casualidad también ungida Presidenta por su marido, siguiendo la tradición peronista) era absolutamente aberrante para luego abrazarse a ella de cara a la elección? ¿No dijo Alberto que no hablaría ni un minuto de la herencia recibida y lo primero que hizo, la noche del triunfo, fue decir que le dejaban “cenizas”? ¿No estaban allí, hieráticos como esfinges aparatosas, detrás de Cristina, los archienemigos Sergio Massa y su mujer, que aportaron votos decisivos y no fueron siquiera mencionados por los oradores?

Pero esta vez no está la Europa devastada a la cual el primer Perón podía enviarle granos a precio de oro, ni estarán las empresas para privatizar con las cuales Menem pudo mantener la estabilidad en los 90, ni estará la soja a 600 dólares con la cual Néstor Kirchner pudo hacer demagogia en los 2000. Y no estará tampoco la ilusión monetaria para emitir sin caer en la hiperinflación. Ni estará abierto el crédito para acudir a ese transitorio escapismo. Estará sí, aunque morigerado, el déficit que ellos crearon, y estará también un mundo que ya no tolera ajustes ni siquiera suaves, desde el Líbano de Hariri, ardiendo por un impuesto a los WhatsApp, al Chile de Piñera explotando por un aumento en el precio del subterráneo. Con un liderazgo frío, casi de gestor, como el de Alberto Fernández, mirados con desconfianza por el mundo entero –del Financial Times a Bolsonaro–, y obligados a esconder debajo de la alfombra muchos casos de corrupción, ¿cómo tramitará este póstumo peronismo la singular etapa que viene? Es lo más parecido a ese tiempo de Perón e Isabel del 73 al 76, en el que dos peronismos que se despreciaban libraron una batalla mortal, en medio de una situación económica calamitosa que no pudieron domar ni Gelbard con sus precios máximos ni Rodrigo con su ajuste feroz, mientras el funambulesco Hermano Daniel –López Rega– invocaba infructuosamente a los espíritus, una periodista –Ana Guzzetti– era encarcelada por una pregunta a Perón en una conferencia de prensa y un obrero era cremado vivo en el incinerador de la U.O.M. La historia no vuelve atrás, pero tiende a imitarse a sí misma: un monstruo sentimental anida, agazapado, en nuestro imaginario político.

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