EL PENSAMIENTO DE BERGOGLIO

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Es una casualidad prodigiosa que uno de los hombres que durante años estuvo más cerca de Jorge Bergoglio haya sido compañero de banco, en el Colegio Normal Mariano Acosta, de Juan José Sebreli. Se llama Juan Carlos Scannone, tiene 84 años y es un eminente teólogo, quizás de los más connotados del mundo. Desde aquel 1958 en que fue profesor de Bergoglio en el seminario de Villa Devoto (no era el mejor alumno, nos dijo), enseñándole la noción de cólera en La Ilíada, hasta su reciente estadía en Roma trabajando para La Civiltà Cattolica, pasando por los diez años en que convivieron en el colegio jesuita de San Miguel, donde Bergoglio fue primero estudiante, más tarde profesor y por fin rector y en el que aún hoy vive y enseña Scannone, han transcurrido casi seis décadas de trato.

De modo tal que cuando Sebreli me propuso ir hasta el mítico Colegio Máximo de San Miguel, en cuyos claustros en los sangrientos años 70 se refugiaron unos seminaristas enviados por monseñor Enrique Angelelli, el lugar donde reside este sacerdote que fue uno los fundadores de lo que ha dado en llamarse la filosofía de la liberación, y que se doctoró en la Universidad de Munich, donde conoció a Joseph Ratzinger, sentí una enorme curiosidad. Nos citó un martes a las cinco de la tarde.

Atravesamos un primer parque exterior mirando las paredes de ladrillo y tratando de descifrar cuántos años tendría el edificio. Nos fueron escoltando dos perros callejeros, levemente intimidantes, pasamos la puerta principal y nos anunciamos. Sebreli llevaba de regalo, en su portafolio, la versión francesa de El olvido de la razón, y sospecho que en la elección del libro había cierta picardía. Tal vez porque el edificio es enorme parecía deshabitado, pese a que había rondando por allí algunas personas. Después de unos minutos, apareció Scannone. Con anteojos, vestido de gris, caminando con energía pese a sus años. Sebreli le dijo que estaba más gordo y el sacerdote le devolvió la cortesía: “Vos, más flaco”. Nos llevó hasta una austera salita que no tendría más de seis metros cuadrados, con las gruesas paredes conventuales pintadas a la cal y una pequeña ventana. Había tres sillones y una mesita ratona. En las dos horas de conversación sólo tomamos agua filtrada en unos vasitos descartables.

Como se sabe, Ratzinger y el filósofo alemán Jürgen Habermas, uno de los participantes de la Escuela de Fráncfort, celebraron el famoso diálogo de Baviera sobre los fundamentos del Estado liberal, mientras que Bergoglio prologó un libro de su mentora intelectual, Amelia Podetti, nada menos que sobre Hegel. Habermas y Hegel disienten en un punto fundamental: para ambos en las sociedades existen conflictos de intereses (Bergoglio los llama tensiones bipolares). Para Habermas se resuelven mediante la comunicación y el diálogo racional, tiene una gran confianza en el lenguaje y en el trabajo deliberativo, mientras que para Hegel se resuelven en una lucha, en una pugna, que deriva en síntesis dialécticas. De Habermas deriva toda la democracia liberal europea con sus distintos matices. Interpretaciones desviadas de Hegel, en cambio, han desembocado en tres vertientes antidemocráticas: el comunismo, el fascismo y el populismo. En lugar de buscar síntesis la lucha deriva en que un interés aplaste y excluya a los otros, es decir que cae en las ideas nefastas de unanimidad o unidad nacional.

Amelia Podetti era hegelo-peronista, es decir populista. No podemos afirmar que Bergoglio también lo sea, pero cuando en la encíclica Lumen Fidei señala que “la unidad es superior al conflicto” parecería indicar algo. Es verdad que sostiene que hay que respetar las diversidades y habla de “la cultura del encuentro”, pero no explica cómo se logra que ese encuentro sea fructífero. En este sentido, la dudosa experiencia que tuvo Francisco en Medio Oriente, cuando a los pocos días de reunir a israelíes y árabes volvió a estallar la guerra, parecería probar que su postura se queda en lo meramente retórico y gestual. Que los intereses en conflicto permanezcan siempre en tensión, sin resolverse nada, se parece demasiado a las aguas estancadas. Del otro lado, por cuanto concierne a Habermas, Scannone se inclina a pensar que Bergoglio ni siquiera lo ha leído.

Centro y periferia

Scannone admitió expresamente la notable influencia de Podetti sobre Bergoglio, a punto tal que en una entrevista que tuvieron en Santa Marta le pidió que rastreara una frase de Podetti que era decisiva en su cosmovisión: la realidad se ve mejor desde la periferia que desde el centro. Dicho en otras palabras: desde la villa se ve toda la ciudad pero desde el barrio norte no se ve la villa. Eso no es sino el pobrismo. Esto empalma perfectamente con la frase dicha por Bergoglio el día que asumió: vengo del fin del mundo. Empalma también con su opción por los curas villeros (para los jesuitas la única diferencia entre el Padre Pepe y el Padre Mujica son las circunstancias históricas). Y empalma con su viaje por Latinoamérica, su condescendencia con Rafael Correa, con Evo Morales y hasta con Fidel Castro (que no olvidemos que estudió con los jesuitas). Es que esta idea de que las culturas marginales son superiores a las centrales implica cierto rechazo por la modernidad, por el iluminismo, y choca con las ideas de Habermas, defensor de los valores eurocéntricos. Esos valores modernos podrán tener fallas pero son la base sobre la cual la humanidad eliminó la esclavitud, mejoró la salud, alargó la vida, aventó las hambrunas, despejó miedos sobre la naturaleza y dejó de decir que los locos y los gays eran enfermos. Mal que les pese a los populistas, la presunta felicidad de los indígenas y del hombre arcaico es un mito.

Bergoglio se diferencia de Kirchner. El kirchnerismo no administra un conflicto preexistente sino que lo crea a propósito. Y el kirchnerismo absolutiza su propia posición. En cambio Bergoglio mantiene vivo el conflicto que ya existe, que él no crea, y nadie gana ni pierde. Y Bergoglio se presenta no como el dueño de la verdad sino como un garante de que existan distintas posiciones. Pero no hay muchos más desacuerdos. Coinciden plenamente en ser antiliberales y premodernos. ¿No es lógico entonces que Francisco haya evitado felicitar al presidente electo, a quien probablemente ve como un emblema de la modernidad y el capitalismo? ¿No es lógico que lo haya recibido con frialdad? ¿No es lógico, así, que sus monseñores pidan, aunque en sordina, por la libertad de Milagro Sala?

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