EL PODER Y LA FURIA

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En el año 2002 estaba en la Ciudad de Salta. Por aquella época no había allí grandes hoteles. Una mañana, al bajar, me encontré en el hall con un hombre alto, delgado, en mangas de camisa, que trabajaba a la vista de los turistas que salían para hacer la excursión del tren a las nubes, sonreía y saludaba con afabilidad: era Néstor Kirchner, que había ido para cumplir a la noche uno de esos pequeños actos proselitistas que los políticos hacen en los clubes de pueblo, con trescientos o cuatrocientos militantes, bombos y estandartes. Todavía no había recibido la bendición de Duhalde y sus posibilidades de ser presidente eran remotísimas, más o menos como ahora podrían ser la de un Das Neves. Sin embargo, él, con toda dedicación y enjundia andaba por los pueblos cumpliendo esa tarea territorial indispensable para llegar alguna vez al poder.

No podía imaginarme entonces que ocho años después, en el mismo momento en que sonó el timbre de mi casa y salimos a atender a la censista, sonaría el teléfono de mi hijo, trayendo la súbita noticia. El amigo de mi hijo es hijo de un estanciero de los que en el 2008 estaban enfurecidos contra la 125, de modo que el anuncio de la muerte llegaba cargado no de zozobra sino de una sorda, contenida algarabía. Se podrá decir que nadie debe alegrarse por la muerte, y es verdad, pero también es verdad que en esos ocho años fue Kirchner el que se encargó de dividir a la sociedad y encender los enconos recíprocos: los de “los pibes” que gritaban injurias contra Cobos y los de los estancieros que brindaban y tocaban bocina ante el síncope.

¿Por qué tanta devoción y tanto odio, de cada lado? Cuando Kirchner llegó al poder encontró una serie de demandas largamente insatisfechas. Durante la larga década del menemismo la izquierda fue despreciada, no podía hablar, su palabra había quedado clausurada. Les bastó que Kirchner les confiriera cierta centralidad, le otorgara puestos marginales, manejos de bibliotecas públicas, de Secretarías de Cultura, de bancas de diputados o que articulara el espacio llamado Carta Abierta para entender que había llegado alguien dispuesto a escucharlos, a respetarlos. Ni siquiera les importaba que en materia económica organizara un capitalismo de amigos, que en el Banco Central tuviera a un Martín Redrado o que se codeara con lo más rancio y reaccionario del P.J., les bastaba lo otro porque entendían que Kirchner era la mayor izquierda posible después del menemismo. Eso es nac & pop, esos son los chicos que lo idolatraron por el solo hecho de haber hecho esos gestos simbólicos.

Estaban también las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, que habían sido marginadas durante los años 90 y que ya ni soñaban con reabrir los juicios. Bastó para ellas que las nombrara en la ONU, que reabriera los juicios, que humillara a los militares haciéndole bajar cuadros, que convirtiera la ESMA en un Museo, que derogara el punto final, la obediencia debida y los indultos, que le diera subsidios para armar empresas y que le diera puestos a hijos y familiares. No les importaba mucho qué hacía con la economía o si en rigor juzgaba sólo a unos pocos policías y curas, ni tampoco les importaba que les aumentara los sueldos a los militares, les bastaba también el gesto simbólico.

Desde luego estaban los gremialistas beneficiados, desde Moyano hasta Santamaría y Piumatto. No les importaba que ellos son anticomunistas furiosos y Kirchner beneficiaba a militantes de izquierda, les bastaba con lo que recibían. Estaban los piqueteros como D’Elía o Milagro Sala, que sólo pudieron hacerse visibles bajo el ala de esta política. Estaban también los que durante años habían combatido a Clarín, como Víctor Hugo Morales, a quien le bastaba que diera la batalla contra su enemigo, sin importarle si lo hacía por motivos espurios o incluso por motivos antidemocráticos. Estaban también los subsidiados. No les importaba que eso era posible sólo porque la soja había aumentado en el mundo seis veces y la producción se había más que duplicado gracias a la revolución de la siembra directa articulada en los malditos 90.

Así, Kirchner tuvo la habilidad de constituirse como un significante que hilvanaba y condensaba todas esas demandas insatisfechas. Pero más que demandas eran odios hacia otros, hacia Menem, hacia los militares, hacia los ricos, juntarlos implicaba troquelar al enemigo. Juntar a todos a veces es difícil, lo prueba Ezeiza, lo prueba No habrá más penas ni olvidos, el libro de Osvaldo Soriano, porque los sindicalistas odian a la Tendencia y a la inversa. Sin embargo ambos grupos estaban juntos en este velorio que hizo alcanzar a la telepolítica su esplendor funerario. Kirchner lo logró dándole algo a cada uno.

Esto es Laclau químicamente puro. Pero que quede claro: todos esos militantes (ojo, la palabra viene de militar, de castrense) pueden estar juntos y parecer muchos (otra vez ojo, las exequias de Evita fueron de 14 días y concitaron un interés infinitamente mayor) pero no alcanzan ni remotamente para ganar una elección. Estaba claro lo que opinaban los que estaban en las calles de Buenos Aires, ignoramos en absoluto la opinión de los que se quedaron en sus casas. O quizás, aún más: la barruntamos como una opinión negativa. Es ésa que exteriorizó el amigo de mi hijo desde el campo. Sin el campo, sin las clases medias urbanas, perdidas definitivamente, sin su líder natural, con muletas, sobre el kirchnerismo se ciernen dudas más que razonables.

Kirchner fue un luchador infatigable de la política, al punto que decidió inmolarse por ella. Su imprudencia al jugar esta partida con la muerte fue parecida a la de aquella vez que se lanzó a la multitud como un desaforado, parecida a la que arriesgó al desafiar simultáneamente al campo, la prensa, la iglesia, los militares, las clases medias y la industria. Los dioses se vengaron de su soberbia. Con sinceridad le deseo que en esa orilla que hoy empieza a visitar encuentre el sosiego, la calma, la serenidad que en este mundo no supo conquistar.

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