EL SASTRE DE PARMÉNIDES

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Carlos Menem, en sus diez años de gobierno, incurrió en todo tipo de errores, excesos verbales y transgresiones. Jugó al basket, al fútbol, manejó aviones, corrió carreras de autos, condujo programas de T.V., bailó con odaliscas, echó de Olivos a su mujer y se propuso –en una sobreactuación insólita- como mediador para el conflicto árabe-israelí. ¿No dijo acaso que llegaríamos al Japón en pocas horas cuando los aviones remontaran rápidamente a la estratósfera? ¿No sostuvo sin sonrojarse que había leído todos los libros de Sócrates? Eran actitudes o afirmaciones poco esperables de la prudencia de un presidente. Sin embargo, lo mirábamos como se mira a los niños que cometen picardías, en un punto hasta resultaba simpático.

La presidenta actual ha emprendido en los últimos tiempos una torsión en su actitud. Su característica adustez cedió paso al cuatriciclo de los hermanos Patronelli, que manejó por la explanada de la Casa de Gobierno, al descubrimiento del cerdo como elixir para el sexo (una suerte de viagra en versión churrasco) y otras bromas de dudosa elegancia. Sin embargo, lejos de resultar simpática, enfurece, indigna. ¿Por qué ese salto entre uno y otro? Muy simple: porque Cristina Kirchner es falsa al hacer todo esto. Menem es un hombre dicharachero, hedonista y expansivo; Cristina es, en cambio, áspera y estoica. En ella la simpatía es manifiestamente una prótesis. Se notaba que Menem no se tomaba las cosas ni a él mismo demasiado en serio, era algo así como un Oscar Wilde de la política; en cambio Cristina es dramática, para ella todo es sufrimiento, juega cada vocablo a todo o nada, cada situación es alegórica de algo profundo, es la Soren Kierkegaard de la política. ¿Cómo creerle entonces cuando se sube a un cuatriciclo?

Todo en Cristina es apocadíctico. Para cada problema ella tiene un número o una estadística absolutamente precisos que convalidan sus asertos. Su plasticidad es nula. Incluso en su aspecto físico inspira la misma sensación: sus saquitos entallados, remarcando el busto y la cintura, parecen tener una única posición adecuada, no tienen juego, no tienen vuelo, no tienen movimiento. Parecen hechos por el sastre de Parménides. Sus peinados exigen la inexistencia de viento, pues ni un solo pelo puede salirse de lugar sin provocar un escándalo y una conmoción. Da la penosa sensación de ser una estatua. Su seguridad es infatuada, su verba es ampulosa, sus entonaciones son altisonantes e impostadas. Ella corta la realidad a golpes de cuchillo, es maniquea, brutal. Dice barbaridades como Menem, pero las dice con la osadía profesoral de un integrante de Harvard. Tiene la rigidez inhumana de una máquina. Hasta cuando llora, como alguna vez que se recostó sobre el pecho conyugal, está reglamentada en sus excesos y nada debe salirse de lugar.

La década del 90, con todos sus claroscuros, y con todas las críticas que merece, fue desproporcionadamente optimista y hedonista: odaliscas y pizza con champán. Estos años de kirchnerismo son pura queja, lamento, rezongo, grito, protesta y gesto de enojo. Son rabia. Rabia contenida durante tres décadas. Rabia generacional. Venganza y revancha simbólica. Prima lo contencioso por sobre lo acuerdista. Prevalece lo violento por sobre la sonrisa. No hay instersticio para que se filtre la vida.

Los años del kirchnerismo son pesimismo, burdo negativismo, desasosiego. Son evitismo en el peor sentido del término: parecería que ese punto nodal, ese cruce de caminos, ese Edipo frente a la esfinge que fue aquella niña de la mano de su madre, echada del velorio del padre por la familia legal, que injustamente se creía con más derechos, está condensado en todos estos años de kirchnerismo. Resentimiento químicamente puro por aquella expulsión ignominiosa y atávica. Resentimiento por la apropiación del cadáver. Resentimiento por las bombas sobre los obreros, en Plaza de Mayo. Resentimiento por José León Suárez y el fusilamiento de Valle. Resentimiento por los dieciocho años de resistencia. Resentimiento por la expulsión de la Plaza por parte del viejo General. Resentimiento contra el brujo y contra la corista, fariseos, falsarios de la causa en su carnavalesca imaginación calenturienta. Resentimiento por la desilusión. Resentimiento por las corridas en la Facultad de La Plata. Resentimiento por los compañeros hervidos en su propio caldo. Resentimiento en medio de la acumulación de negocios y dinero, para obtener el poder, y acumulación de poder para hacer negocios y dinero. ¿Qué son los Kirchner sino Uchas del dinero y del poder, subproductos tristes de una generación de alucinados que, al esconderse en el helado sur, nacieron al mundo de los negocios entre prestamistas y rematadores de casas ajenas?

No digo que sea interesante el irreflexivo “pum para arriba” de Tinelli, ni mucho menos el hedonismo cínico de Menem. Pero un país es un proyecto de vida en común, es cierto entusiasmo de cara al futuro, es –en fin- una herramienta para que los ciudadanos sean felices. La vida vale la pena, entre otras cosas, porque podemos dormir sin ponernos la cota de malla, porque podemos sonreir, porque podemos franquearnos ante el interlocutor, porque podemos llorar sin especular. Porque podemos amar sin presentir.

La pregunta es entonces por qué hemos votado los argentinos, en los últimos años, a seres tan opacos, tan inhumanos. Hemos votado a seres tan rígidos y calculadores que aun sus intentos de parecer simpáticos resultan caricaturescos y absurdos. ¿Somos así? ¿Somos el reflejo de esos rentistas resentidos y amargados que nos gobiernan? ¿Son en el fondo los Kirchner el reflejo platónico del tango triste, vengativo por la mujer que se fue y rezongón que tenemos adentro? Los Kirchner, ¿son un espejo? Yo diría que en rigor son como el antibiótico que nos infligimos para contrarrestar, en un vaivén abrupto, el jolgorio de la pizza con champán, Yuyito González y la avispa. Para exorcizar ese exceso de los 90 nos recostamos sobre esa otra parte negativa y sórdida de nuestro espíritu nacional.

La próxima década debería depararnos un mayor equilibrio. Llega otra generación. Ni la euforia ingenua de creernos primer mundo, ni el resentimiento de los 2000. Que Cristina siga diciendo “todos y todas”, como si el feminismo estuviera por arriba de las reglas de la gramática, que siga mostrando su perfil más grotesco. Al hacerlo, deja paradójicamente a la vista su amargura por ser una muchacha de clase media platense que no se anima a disfrutar de la vida. Su dolor evitista-generacional por aquel velorio humillante no habilita ya para gobernarnos, no nos representa más. De los barquinazos nacerá nuestro próximo equilibrio.
*Publicado en NOTIAR con el título “De lo simpático a lo grotesco”. 

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