EL SENSEI, SÚ, Y EL PEQUEÑO SALTAMONTES

0
55

Hoy, al tiempo de tomar coraje para visitar a mi dentista por una tardía muela del juicio que no cesa de hostigarme, recordé que a los veinte años, concurría a prácticas de karate en un viejo dojo de la calle Méndez de Andes. El sensei, un japonés apacible y letal, solía colgar de la pared cuadritos en los cuales transcribía máximas orientales para templarnos no sólo física sino moralmente. Nunca dejó de molestarme uno de ellos que rezaba: “Si te ofenden aguanta, si te persiguen huye, si te acosan mata” Es que el solo hecho de proponer la muerte como solución de una controversia irritaba mi sensibilidad. Así que aproveché para manifestarle mi disidencia en una de las clases de cultura zen que tomábamos en posición flor de loto. Mi maestro me explicó que no debía poner componentes morales en una frase que sólo reflejaba la conducta lógica de cualquier espécimen del reino animal ante la agresión. Repliqué que responder con violencia a la violencia no era el método ideal, que el pacifismo de Gandhi había revolucionado a la India y que Cristo había resignado su poder y se había entregado mansamente al sacrificio sin recurrir al tenebroso recurso de quitar la vida a otro para preservar la propia. Que la autoinmolación antes que el asesinato era nuestra única posibilidad de demostrar que portábamos un alma. Me dijo entonces que lo recomendable era ser pacífico y no pacifista, que no forzara los límites de lo celeste, que la virtud es un ideal. ”Es deseable y conveniente ejercerla y promoverla si aspiramos al nirvana”, afirmó, “pese a que lo ideal poco tiene que ver con lo natural y lo ideal y lo natural no siempre coinciden con lo bueno, porque lo bueno en la esfera humana es siempre relativo y lo bueno en la esfera celeste es un absoluto cuyo significado nos está vedado conocer”. No esperó a que me recuperara y agregó: “Sacrificar la propia vida en pos de la preservación de la del prójimo no siempre respeta los propósitos ignotos de la creación y no siempre es encomiable”. Cerró los ojos, abrió las manos y después de un largo silencio dijo con voz cavernosa: “Entregar la vida sin resistencia puede, por el contrario, resultar detestable si comparecemos ante un tribunal sideral, que siempre verá con malos ojos el suicidio y la cobardía, cualesquiera fueran los pretextos que esgrimamos para justificarlos”. Terminó de abrumarme cuando sentenció: “Si lo bueno es no robar, no lesionar, no perseguir, no matar, pero quien elije el mal y nos ataca no nos permite siquiera soportar mansamente su ofensa, o que huyamos ante su persecución y nos acorrala para eliminar nuestra vida o nuestro honor, sólo nos deja como escape el sacrificio de su vida para preservar el equilibrio del cosmos.”

Le repliqué que su teoría no me convencía, que podía ser que quien nos acorralara fuera a su vez un acorralado. Me miró a los ojos con dureza, y cambiando el tono de voz por otro más lapidario concluyó: “El acorralado tiene derecho a todo, de acuerdo a la dimensión de su dolor y su despojo. A calmar su hambre atacando la propiedad de otro, a exigir justicia, a dignificar su existencia organizándose para disputar el poder, pero nunca al precio de lesionar o matar a un inocente. La única violencia útil es aquella que provocamos cuando está en juego nuestra integridad física, nuestra vida o nuestro honor. Toda otra es injusta.”

Llegué al consultorio de mi dentista, reflexionando sobre estos recuerdos, tomé una revista que en su tapa tenía una foto del florista de Susana Giménez, tan mediático después de su muerte, pobre tipo, cuando siempre hizo un culto del bajo perfil. Pensé en él, atado de pies y manos en el fondo de una pileta, sin posibilidad de escape, con el agua inundándole lentamente los pulmones y arrancándole poco a poco la luz. Pensé en sus asesinos. Pensé en nuestra Constitución Nacional que dice que la cárcel será para la rehabilitación y no para el castigo de los reos detenidos en ella, sin detallar a qué reo debe considerarse rehabilitable. Pensé en Susana Giménez (Sú, como le dice el pueblo), tan glamorosa, tan dinosáuricamente primaria y tan iluminada para interpretar el inconciente colectivo de una sociedad acorralada, y me propuse dos metas para este año: retomar después de más de treinta años mis clases de karate, rezar por el alma de mi legendario sensei, quien ya fue abducido por el nirvana en su lecho lleno de flores, como soñaba, y prestarme de vez en cuando al suplicio de prender el televisor y ver como Sú le regala una heladera a Mirta de Trenque Lauquen, esconde coches importados bajo montones de paja o tira ceniceros contra sus consortes. Es lo menos que puedo hacer. Pero les aviso a todos que yo, el pequeño saltamontes -apenas sobreviva a la extracción de la muela del juicio- si me ofenden aguantaré, si me persiguen huiré y si me acosan, mataré.

Deja un comentario

Por favor dejanos tu comentario!
Please enter your name here