EL SÍNDROME DE SAINT JEAN

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El general Ibérico Saint Jean ideó una consigna durante la dictadura militar: “Primero iremos por los subversivos, después por los que simpatizan con ellos y, por último, por los indiferentes”.

Los militares que reprimieron ilegalmente ya están pagando sus culpas y el cloqueo de sus huesos viejos puede oírse en el patio de la prisión de Marcos Paz. Luís Patti, con sinuosidad de serpiente, se niega a entregar su cuello al hacha del verdugo, que desea ofrendarlo al fantasma de las víctimas de la última brutalidad golpista. Ahora van por el resto. Aniquilada por las encuestas, Cristina va dejando jirones de consenso colgado de los alambrados de los campos y, en su berretín por reconstruir la historia, quiere que los sojeros, los ganaderos y los polleros paguen su culpa de haber prosperado en silencio durante la última dictadura militar. Los verduleros y oficinistas que prosiguieron como si nada con sus vidas mientras en la ESMA, el Garage Olimpo y los demás pozos de la dictadura se mataba gente deberán también pagar sus culpas. Los adultos que amaron, tuvieron hijos, se compraron un auto nuevo, o fueron de vacaciones entre el ‘76 y el ’82, deberán ser expuestos desnudos y emplumados con brea por las anchas avenidas, para poner en evidencia su calidad de colaboracionistas.

Aquellos que en el tiempo de la dictadura tenían miedo y no se sumaban a la resistencia armada son sospechosos de cobardía. Sólo quienes pueden mostrar secuelas de torturas, o empuñar la foto borrosa de un desaparecido, son los verdaderos argentinos. Aquellos que ni siquiera fueron citados a las comisarías, son culpables de haber soportado la ocupación militar con beneplácito.

La vida de los argentinos siempre estuvo presa de las dicotomías salvajes: unitarios y federales, peronistas y antiperonistas, y ahora otra vez se pretende embretarnos en el dilema patria-antipatria, para que entendamos que la abstención es traición. O somos kirchneristas o apoyamos a la oligarquía agroganadera y “protogolpista”.

Si tienen que mandar a los servicios a incendiar los campos y dejar que el humo nos impida la respiración para que nos convenzamos de que los productores rurales son capaces de cualquier cosa para mantener sus privilegios, a eso recurrirán. Si tienen que manipular al periodismo para que simule no darse cuenta de lo que ocurre, no tendrán escrúpulos. Si tienen que utilizar a D’Elía o a Moreno, el malo, para convencernos por medio de la violencia de la inconveniencia de oponernos, los chumbarán sin piedad contra nosotros.

Debo profetizar además que no surgirá de la oposición tradicional la fuerza que pondrá un cauce lógico al dilema. Será el propio peronismo el que producirá los anticuerpos para derrocar a los usurpadores -como ocurrió con Menem- y para transformar al matrimonio presidencial en otro mal recuerdo. Así como Menem deambula hoy con sus manos temblorosas por algunos canales de televisión, defendiendo una gestión que casi todos denostamos, el futuro nos depara el triste destronamiento de la soberbia que creyó que el estrabismo en la defensa de los derechos humanos le garantizaría una continuidad –alternadamente- indefinida.

El día que los mansos, unidos en el disenso, construyamos un escenario que nos incluya a todos, seremos capaces de gestar una alternativa. El día en que nuestros intelectuales sean capaces de articular una síntesis que movilice el espíritu de todos, estaremos en condiciones de afrontar los desafíos del tercer milenio. Mientras sigamos contaminados de sectarismos, sólo seguiremos produciendo izquierdismo paralizante o gorilismo ciego. Un visionario, obsesionado por la revolución roja de 1917 pergeñó alguna vez, y para otra época, una estructura de pensamiento que abolía la lucha de clases y declamó, aristotélicamente: “Ni apresurados, ni retardatarios, todo en su medida y armoniosamente”. Es a partir de este concepto que deberíamos elaborar las pautas que generen, por fin, una salida.

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