EL SOFISMA DE LOS ALIMENTOS BARATOS

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El ventrílocuo Randazzo, el volcánico Tumini, el “todoterreno” y dequeador profesional Manusovich, o la mismísima dama de hierrito y su príncipe con-porte, personajes ahítos de una universal estulticia en materia económica, plantean con vivacidad el argumento de que las retenciones ayudan a mantener los alimentos baratos y, por ende, son un mecanismo para frenar la inflación.

Que semejante estupidez la dijera doña Olga, la señora que tira las cartas en Villa Luzuriaga, rodeada de muros leprosos y lámparas de Aladino, o que la dijera Juancito, alias Alquitrán, el taxista de la parada del Hotel Cinco Estrellas, vaya y pase, pero que sean dirigentes con responsabilidad los que inflingen a la sociedad semejantes discursos, memorablemente incorrectos, resulta como mínimo chocante.

Un abogado que cocina estupendamente no deja su estudio ni rechaza casos para ir a cocinar a su casa, quitando horas a lo que realmente le trae ingresos, a no ser que lo haga en los ratos libres y porque le resulta un hobbie. Por el contrario, sigue trabajando con todos sus litigios y contrata una cocinera, pues con los casos que lleva en ese tiempo que no quita a la cocina gana muchísimo más que lo que paga a la cocinera, siendo irrelevante que él cocine un poco mejor que la cocinera que contrató. Un abogado que actuara al revés sería tomado por loco. En el comercio de un país sucede lo mismo. Si nuestra carne vale 10 pesos en cualquier lugar del mundo, no debemos hacer que artificialmente aquí valga 5 pesos (de modo de modificar el umbral de razonable capacidad de compra), sino que debemos dejar que libremente se exporte todo lo que el mercado mundial demande, siendo los consumidores domésticos sólo eso, otros compradores en igualdad de condiciones que los extranjeros que pujarán con ellos, de modo tal que aquí debe quedar únicamente la carne que el mercado local demande al precio real que el mundo está dispuesto a pagar. Esto no debe entenderse como una insensibilidad, sino por el contrario como una sensibilidad, porque con esos 10 pesos adicionales que se recibirán se podrán comprar otros bienes que otros países producen a precios competitivos y que aquí se necesitan con más urgencia que un bife de lomo. Y encima se alentará a que se invierta en el sector, manifiestamente productivo, con lo cual en el futuro la mercadería será aún más competitiva y la producción mayor.

Si un país aplica retenciones para que los argentinos coman un baby-beef a la mitad de lo que vale, lo que hace es desincentivar la inversión en ese sector, es decir en el sector que justamente es competitivo a nivel mundial. Y esa desinversión redundará en menor oferta y en precios más altos, con lo cual lo que se va a lograr es un efecto exactamente inverso al deseado. Si en cambio se deja que libremente se exporte todo lo que el mercado mundial requiere, ingresarán más divisas que serán usadas para comprar otros productos al mundo. Platón decía que lo justo es “que cada uno haga lo suyo”. Si el abogado destina parte de su tiempo a cocinar, por más que lo haga muy bien, bajará su productividad neta total y terminará produciendo menos y consumiendo menos. Su balance neto de felicidad será inferior. Si el país deja de exportar para que el “pueblo” coma bifes baratos bajará su productividad neta y la gente estará globalmente peor, pues dejarán de entrar divisas que podrían ser usadas para comprar a los que venden más barato en el mundo, por ejemplo zapatillas, con lo cual el comer bifes subsidiados traerá aparejado que haya chicos que anden descalzos. Se vende para comprar. Nadie puede comprar si primero no vende.

¿Por qué no alentar a los sectores más competitivos de nuestra economía a que exporten todo lo que puedan, para que ingresen la mayor cantidad de divisas, que usaremos luego para comprar al mundo lo que ofrece a precios convenientes, en un ida y vuelta mutuamente enriquecedor? ¿Por qué empecinarnos en que quien no tiene el dinero para pagar lo que vale un bife lo coma igual merced a un pirueta inútil a las reglas económicas?

Dentro de las fronteras de un país a poca gente se le ocurre la loca idea de autoabastecerse y, si alguien cayera en la ridícula ilusión de querer fabricar sus propias ropas, cosechar las verduras que consume y producir los lápices con los que escribe, sería fácilmente comprobable que su nivel de vida caería muy rápidamente. En la antigüedad, los altos costos de transporte podían reducir los intercambios y hacer más económico consumir sólo lo que se consumía dentro de un país, pero adoptar hoy la autarquía económica constituye un dislate propio de ignorantes medievales, a no ser que se quiera hacer un experimento existencial como en los kibutz. Las retenciones claramente destruyen nuestra economía, porque obligan a usar mayor inversión por unidad de producto, con lo cual habrá menos productos con igual inversión. Ergo: el catálogo de bienes y servicios se reducirá. Y con tal reducción caerá el nivel de vida de los argentinos, les guste o no a la Dama de hierrito y a su príncipe con-porte.

Cada tanto en la Argentina nacen deseos irrefrenables de conseguir la cuadratura del círculo. Somos así de estúpidos. Afirmar que las retenciones hacen más baratos los productos constituye un sofisma de patas cortas. No está mejor una población que por consumir algo a lo que no tiene derecho, según las reglas de mercado, se priva de consumir muchas otras cosas a las que sí tiene derecho, por ejemplo bienes de capital que son palancas para nuevas producciones o miles de otras cosas que el mundo produce a costos bajísimos y que podríamos comprar con lo que recibimos de nuestras ventas.

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