EL SUEÑO DE LA PATRIA GRANDE

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Hugo Chávez la llama María. A veces le dice “mi María”. Álvaro Uribe la mentó como “la niñita del presidente Chávez”. Joaquín Sabina evitó el diminutivo uribista y se refirió a ella como “la niña del Presidente”. El eterno agonizante caribeño, Fidel Castro, la rebautizó como “la heroína”, aunque ignoramos si aludía a sus secretas condiciones de guerrera o a la sustancia alucinógena a la que era afecto Edgar Allan Poe. Marisabel Rodríguez, ex esposa de Chávez, le asignó un título rotundo: “la defensora de su papá”. En los foros de Internet van más lejos: “la sucesora de Chávez”. María Gabriela Chávez Colmenares nació el 12 de marzo de 1980. Madre soltera, ejerce como primera dama en los actos oficiales, como hacía Zulemita bajo la presidencia funambulesca de Carlos Menem, a quien cariñosamente llamaba “el papi”, en un exceso retórico digno de tierras tropicales. “Es una especie de continuación de su papá”, arguye la ex esposa de Chávez.

Hugo Chávez tropezó, como se sabe, con un crucial inconveniente para ser reelegido en forma indefinida: su pueblo no deseaba tal cosa y así se lo hizo saber en un escrutinio memorable. Pero los hombres con agallas no se resignan tan fácilmente al ostracismo y la frustración, a desalojar los suntuosos palacios pesidenciales. Al fin y al cabo, desperdiciar a una figura como Chavez por meros pruritos de recuento democrático, ¿no parece un abuso de pluralismo?

Por eso Chavez, infatigable, rebuscó en el repertorio de sus herramientas y ahora acaricia la idea de perpetuarse en el poder en la figura de su hija María Gabriela, luego de conocer los resultados de las elecciones regionales del 23 de noviembre, según lo sugirió recientemente el semanario de tendencia oficialista “Las verdades de Miguel”, siguiendo la pedagogía básica kirchnerista, ya empleada con éxito en 2007.

Por su parte, en la otra punta del subcontinente, Máximo Kirchner, hijo de la pareja presidencial argentina, está ahora al frente de una “escuelita”, un espacio cuyo objetivo es adiestrar cuadros políticos con tendencia filoperonista, jóvenes dispuestos a “hacer el aguante” en cualquier marcha que se los necesite. Tal escuela se llama “La Cámpora”, nombre que evoca a aquel dentista que fugazmente ocupó el sillón de Rivadavia, en 1973, liberó a todos los guerrilleros de Devoto mediante un urgente indulto, intentó disolver la policía y se radicalizó hacia una difusa izquierda, obligando a Perón a un rápido golpe de palacio.

Rudy Ulloa Igor, ex chofer de los Kirchner, súbitamente convertido en empresario de medios, les presta sus oficinas a los jóvenes camporistas. A su vez, el propio Máximo dirige una consultora internacional, que asesora a eventuales empresarios que deseen invertir en la Argentina, contando previsiblemente con información privilegiada. Es sin duda un buen partido este joven, diría una señora argentina entrada en años. Hasta el diario oficialista Página 12 ha llegado a admitir que Máximo tiene intereses electorales y que próximamente despegará su carrera política con alguna postulación en Santa Cruz.

Haciendo proyecciones, siendo María Gabriela presidenta de Venezuela y Máximo presidente de nuestro país, sendas sagas familiares podrían aunar esfuerzos. Ya existen antecedentes: Fernando II de Aragón se casó en el Palacio de los Vivero de Valladolid, el 19 de octubre de 1469, con Isabel I de Castilla. Ella contaba con 18 años y él con algo más de 17, y pasaron a ser conocidos como los Reyes Católicos. Un reinado muy significativo pues representó en España el tránsito del mundo medieval al mundo moderno. Con este enlace se consiguió la unión, en la dinastía de los Trastámara, de las Coronas de Castilla y de Aragón.

¿No sería la unficación de las casas Chávez y Kirchner la perfecta fructificación de dos dinastías ejemplares, ensambladas sinfónicamente en un común sello sudamericano? Una única familia pasaría así a gobernar los destinos de estas tierras de descarriados que, con inusual terquedad, siguen hablando de democracia y república. Los hijos de María Gabriela y Máximo serían educados bajo estándares de excelencia y las polémicas propias del sistema partidista se irían disipando, tornándose ociosas.

Hace años, en el fondo de la brasserie Lipp, de Saint-Germain-des-Prés, encontré a un mozo español que estaba a favor de la monarquía. Por entonces, me pareció un excéntrico, un invencible ejemplar del más rancio reaccionarismo ibérico. Ni bien pueda, iré a pedirle disculpas, nuestro triste destino de latinoamericanos me ha permitido reflexionar y resignificar a aquel servidor que alguna vez habrá sabido atender al gran Jean Paul Sartre; a ese gastronómico que habrá mirado con horror a los estudiantes revoltosos de la facultades de la rive gauche, en ese Mayo inexplicable; a ese epígono transatántico de Luisito Barrionuevo que observará con reverencia, día tras día, la iglesia más vieja de París, a la que la Revolución de 1789 transformó en prisión; a ese contumaz conservador que saludará con amabilidad al eterno mimo de la esquina, que asusta a los niños que van a comprar panqueques al puestito callejero.

La praxis –como quería Marx- da sustento, así, al sueño utopista de San Martín y Bolívar: una gran patria.

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