EMPRESARIOS

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El martes 24 de agosto los empresarios dejaron sus sillas vacías en el acto de Cristina Kirchner que, según todas las previsiones, se había articulado para expropiar o intervenir la empresa Papel Prensa y, llegado el caso, encarcelar a Héctor Magneto y Bartolomé Mitre. Dijeron: hasta aquí llegamos. Llamar a empresarios para que aplaudan la expropiación abusiva de una empresa es demasiado. En países donde hay inseguridad jurídica la única forma de invertir sin riesgo es hacerse amigo del poder. Esa amistad paga. Pero llega un punto en que puede ser el beso de la mujer araña. El millonario cubano Julio Lobo tenía ingenios azucareros y tanto dinero que, para festejar a la actriz Esther Williams, en una de sus visitas a Cuba, llenó la piscina de su mansión con agua perfumada para que ella pudiera practicar allí sus rutinas natatorias. Lobo odiaba al dictador Fulgencio Batista y, como lo prueba un recibo hallado entre sus papeles, financió a Fidel Castro otorgándole una donación de 25 mil dólares. Años después el Che Guevara lo convocó a su despacho del Banco Central para anunciarle que iban a nacionalizar todos sus ingenios, pero le ofreció que se quedara y fuera un esbirro más del régimen comunista. Lobo huyó entonces a los Estados Unidos, con sus pertenencias más esenciales. Quizás le hubiera convenido aceptar la propuesta del Che y convertirse en un engranaje de la aristocracia castrista, pero entendió que si lo hacía perdía su dignidad y, con ella, el don de la vida. Era mucho. Hay un límite que, si se transgrede, no permite establecer dónde se termina. El martes 24, de haber asistido al show de Cristina, los empresarios argentinos que se cansaron de aplaudir medidas populistas, dirigistas e irracionales, en la primera fila de las reuniones que convocaban desde la Casa Rosada, dijeron basta. Lo bien que hicieron. Lo importante, empero, es que se hayan dado cuenta de que el costo de no asistir es mínimo al lado del que tendría el éxito de la expropiación de una empresa como Papel Prensa. Suerte que prevaleció el temor al ridículo de la expropiación compulsiva. Hubiera sido la última vuelta de tuerca de una espiral disparatada: los Graiver la adquirieron sobre la base de muertes y secuestros perpetrados por la organización Montoneros. Ésta es la verdadera mancha inaugural, empresarios que apostaron al dinero sucio y delincuentes que apostaron a empresarios sucios. ¿Qué diferencia hay entre ese préstamo que aceptó David Graiver y el Rolex usado que se compra con manchitas de sangre? Que yo sepa, esos individuos se llaman reducidores y, si me apuran, cómplices. ¿Qué credibilidad tiene el testimonio de un reducidor? ¿Qué autoridad pueden tener esos personajes para venir a sentarse en el Salón de la Casa Rosada y testificar para dirimir una querella espuria entre el gobierno y Clarín? ¿Qué autoridad puede tener quien, como Osvaldo Papaleo, estuvo vinculado a Montoneros pero también a López Rega? ¿Qué autoridad puede tener el actual Canciller, que manejaba un diario durante la dictadura mientras otros sufrían en los yacimientos de las mazmorras procesistas? El propio kirchnerismo creció bajo la protección del “Grupo Clarín”, que durante cinco años no escatimó ocultamientos para beneficiarlos. ¿No fue su CEO a Olivos infinidad de veces? ¿No me confesó a mí un editor del diario que, como la gente no quería escuchar “pálidas” entre 2003 y 2007, ellos evitaban las críticas? Y es el propio kirchnerismo, que maduró calefaccionado por la placenta clarinista, el que ahora (cuando el diario -respondiendo a la torsión de la clientela- varíó su línea editorial), emprende el parricidio y quiere eliminar el poder del grupo. Cuando dinero y política se imbrican cae el último muro de la verdad. Así como existen tantos ismos emblemáticos, eso podría tener ya un nuevo nombre en el derecho político y, otra vez, como en el caso de la birome y el dulce de leche, los argentinos seremos los inventores: kirchnerismo químicamente puro.

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