ENTREVISTA A PAQUITO D´RIVERA

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El encuentro con Paquito se produjo en New Jersey, una noche extrañamente calurosa de octubre, en la casa de un amigo común, Frank, otro cubano que generosamente nos recibió con un estupendo asado. La curiosidad: el asador era un argentino cuya mujer fue en otros tiempos una de las gatitas de Porcel y hoy canta tangos y boleros por los bares de Nueva York. Paquito llegó con una botella de vino para el asado y dos regalos para mi: su último disco y su último libro. Es verborrágico, por momentos estentóreo, y de entrada habla de autos antiguos, a propósito de que él tiene un Chevrolet 57, y pasa rápidamente a recordar que en la Argentina vivió un cubano insigne a quien apodaban el rey de la televisión: Goar Mestre. “…es que los cubanos somos más arrogantes que los argentinos, lo que ya es mucho decir…”, apunta.

– Contamos un poco cuál es tu relación con la Argentina. 

– Me fascina ese país. Uno de mis músicos favoritos es un argentino que se llama Carlos Franzetti, un gran compositor. Por supuesto admiro mucho a Piazzola. Y fundamentalmente me crié en una cultura de películas argentinas, una de mis grandes frustraciones es no haberme podido casar con Libertad Lamarque.

– Una gran antiperonista.

– Claro, ¡como yo que también soy un gran antiperonista! Ella se exilió, se marchó para México, esa es una similitud conmigo. Pero se me adelantó el desgraciado ese, el pianista Alfredo Malerba. Y años después, viviendo en Suecia, miraba una novela argentina que se llamaba Rosa de lejos, y me enamoré de la protagonista, otra argentina: Leonor Benedetto.

– Es curioso porque Rosa de lejos es un teleteatro atípico: la protagonista no consigue su éxito por un buen matrimonio ni por una filiación ignorada, sino porque trabaja duramente como modista. Es un poco el sueño americano, es la cultura de El Ciudadano de Orson Welles. Tal vez eso fue lo que te fascinaba secretamente de ese teleteatro.

–No lo había pensado. Pero no, yo estaba enamorado de Leonor Benedetto, eso era más claro (risas)… Y también he tenido varios músicos argentinos que me acompañaron en mi carrera: Diego Urcola ha estado conmigo por más de 20 años.

– ¿Fue tu padre el que te introdujo en la música?

– No tuvo ni que incitarme. Eso vino solo. Mi padre era retirado de la banda del ejército, él practicaba 26 horas diarias el saxofón, y yo trataba de emularlo. También importaba instrumentos musicales y me regaló un saxofoncito Selmer, una empresa francesa, que todavía tengo Mi padre tocaba bien, alrededor del 43 importó la escuela francesa del saxofón a Cuba.

– ¿Cómo llega tu relación con el jazz?

– Viene después. Mi padre adoraba a Stan Getz. Le gustaba también Lester Young y, sobre todo, la orquesta de Benny Goodman y, cuando él vio mi interés por ese estilo musical, como él no tenía habilidad para el jazz, me llevó con un amigo. Mi padre compraba discos de Charlie Parker y yo los transcribía.

– ¿En qué año muere tu padre?

– En el 84 u 85, en Nueva York. Mi papá se fue antes que yo de Cuba, y mi mamá ya se había ido también. Yo me quedé solo con mi hermano en Cuba.

– Mencionaste tu exilio, ¿cómo fueron los hechos cuando decidiste escaparte de Cuba?

– Yo me asilé en España durante un viaje, tenía 32 años, en abril del 80. Era una gira con un grupo. Tuve que dejar atrás a mi esposa y a mi hijo, a los que no volví a ver por casi 10 años. Fue tremendo. Pero en la vida todo tiene un precio. En aquella época era una pesadilla comunicarse.

– Cuándo saliste de Cuba, ¿ya tenías la idea de no volver? ¿Lo habías comentado a alguien?

– Se lo había comentado al guitarrista que tocaba con nosotros, que ahora está muerto y por eso puedo decirlo, Carlos Emilio Morales. Y Carlos Emilio, que no perdía el sentido del humor, en el aeropuerto de Madrid me dijo algo muy gracioso. Le digo: “Carlos Emilio, me tengo que ir ahora, no quiero regresar a Cuba”. Estábamos de tránsito para Suecia y yo no sabía bien cómo era la cosa. Él se puso muy nervioso, porque saber era tan peligroso como hacer en Cuba. Y entonces él me dijo: “Qué quieres que te diga, yo no tengo mucha experiencia en esto de estarse exilando en Madrid…” Esperé seis horas porque yo no podía irme con toda esa gente ahí en el aeropuerto, tenía mucho miedo. Y cuando se subieron todos al avión para Suecia yo, que tenía un pasaporte con tres días de visa en Madrid, me fui a migraciones y apliqué para un asilo. Y mi hermano, que estaba en Cuba, se fue al día siguiente con el Mariel.

– ¿Por qué razones te fuiste?

– Las persecuciones. Mi casa la tienen ellos en su poder. La absoluta falta de libertad, yo me fui de ahí por eso. Hay países que te exigen visa, hay países que a las mujeres le exigen usar velo. Y yo no voy a Cuba porque ahí la exigencia, la condición es que te tienes que quedar callado. Nunca volví a Cuba. Las razones por las que me fui de Cuba están todas ahí, y ahora exacerbadas por el Papa y por el gobierno americano.

– ¿El Papa Francisco no está favoreciendo la salida democrática de Cuba?

– El Papa está completamente desorientado. Por supuesto, es religioso y ellos siempre están desorientados.

– ¿Sos agnóstico?

– Yo soy agnóstico, apostólico y romano… (risas). Es increíble: un hombre que habla de misericordia va a Cuba y se niega a reunirse con sus feligreses, las Damas de blanco, pero… en su primer discurso lo primero que hace es mandar por Raúl unos saludos a Fidel, un tipo que hizo tantos horrores a católicos…, a gente de su gremio. No tengo simpatía por el Papa. A mi me molesta la forma en que hablan los políticos: “Que Cuba se abra al mundo, que el mundo se abra a Cuba”, dicen. ¿Y eso qué carajo quiere decir? ¿Por qué no hablan claro? Si se hubiera tratado de Pinochet habrían dicho: “Que este hombre salga del poder inmediatamente”. Pero en el caso nuestro “Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba…”

– ¿Cómo vislumbrás la salida democrática de Cuba después de varias generaciones de fractura?

– No, soy muy pesimista. Ese sistema le quita a la gente el sentido de la dignidad: a la gente le basta que le den de comer y se quedan calladitos, hagan lo que ustedes quieran… Es como querer llevar la democracia a los países árabes, no saben qué es eso.

– ¿Qué pasa con los intelectuales cubanos, hay algunos que se fueron desde un principio, otros mucho después y otros como Padura aún siguen ahí adentro?

– A mi me fascina El hombre que amaba los perros. Cuando lo leí me pregunté: “¿Cómo es que este hombre está vivo todavía?”. Porque ese libro es una crítica a todo el sistema. ¿Pero qué ocurre? Padura juega con la cadena pero no toca al mono. No menciona a los monos que han causado tanto dolor, él quiere seguir viviendo ahí y cuando uno quiere vivir en un país tiene que aceptar las reglas del juego. En Cuba no se puede hablar del mono. La cadena está bien pero el mono, no.

– ¿Soñás con tocar en Cuba?

– Claro. En cualquiera de los sitios que ellos se han robado… O en casa de amigos.

– ¿El comunismo sigue siendo un riesgo?

– Hoy el peligro es el populismo, que es la explotación de la envidia, decirle a los pobres lo que quieren escuchar: este tiene demasiado, tú no tienes nada. La materia prima del socialismo son los pobres, entonces hay que mantenerlos bien pobres. Y la gente pobre cree en eso.

– ¿Y el bloqueo?

– Si alguien llega a tu casa y te dice esto ahora es todo mío, tú le dices: bueno, págame, por lo menos. No, no te pago nada. Bueno, entonces yo le digo: O me pagas o no te dejo hacer negocios con la gente de enfrente. Es un embargo sobre algo que era mío. La izquierda siempre es generosa: había un chiste que corría en Cuba según el cual a Fidel Castro Ruz le cambiaron el nombre y le pusieron Generoso Acosta de la Masa.

– ¿Te han llamado gusano?

– Sí, y me encanta. Los degrada a quienes lo dicen, porque gusano es cualquier cosa que no esté de acuerdo con ellos.

– En la Argentina se habla de la grieta para aludir a la división de la sociedad que producen estos movimientos populistas. Y en el mundo de los artistas sin duda hay muchos personajes que han adherido al comunismo. La pregunta sería si ha habido también una grieta entre los músicos, si has perdido amistades. 

– En el jazz, no. Cada vez que me tropezaba con músicos comunistas o socialistas he tenido una relación cordial. El jazz es un mundo aparte: es libre, aunque tiene reglas precisas. Por eso tanto la derecha como la izquierda le tienen miedo a los músicos del jazz. Siempre ha habido un código secreto entre nosotros.

– ¿Y tenés alguna opinión acerca de esos grandes artistas internacionales que viven como reyes, pero que declaran que adhieren al comunismo?

– Son comunistas de cafetín. Recuerdo que una vez me entrevistó un compatriota tuyo que se llamaba Bernardo Neustadt y él decía que esos son la izquierda caviar, una buena definición, así cualquiera es comunista.

– ¿Por qué elegiste los Estados Unidos para vivir?

– Mi papá, cuando yo era muy chico, vino con un disco de Benny Goodman grabado en vivo en el Carnegie Hall, el concierto era del año 38 pero salió recién en el 56. Cuando mi padre dijo “Carnegie Hall” yo entendí “carne y frijol”. Y le pregunté: “¿Qué tiene que ver lo que cocina mi madre con la música?” Desde entonces siempre viví con la obsesión de ser un músico en la ciudad de Nueva York. Por eso vivo aquí.

– ¿Nueva York tiene jazz?

– Tiene todo. Un amigo finlandés me dijo una vez: lo que pasa aquí en una noche pasa en otros lados en cinco años.

– ¿Quiénes fueron tus grandes maestros?

– Benny Goodman fue el primero. Dizzy Gillespie también. Y Chucho Valdez. Yo saqué a su padre, a Bebo, del ostracismo. Hacía 25 años que no grababa.

– ¿Y Charlie Parker?

– Sí, era genial, creó su propio lenguaje, igual que Piazzola, y eso no es fácil. Yo he hablado con músicos viejos que lo conocieron y lo recordaban como alguien fascinante.

– Cortázar dice en el cuento “El perseguidor” que Charlie Parker tuvo sus momentos cumbres cuando estaba peor y hasta desafinaba un poco. ¿Es posible o es una licencia de Cortázar?

– No, Charlie Parker nunca desafinó, tocaba perfecto. Es verdad que hubo un momento que no tenía permitido entrar al sitio que se creó para él, Birland, y, según cuenta Miles Davis, después Charlie se puso tan mal que ya casi no podía tocar.

– A propósito de Miles Davis, ¿qué opinión tenés?

–Nunca lo conocí personalmente, y me alegro, porque dicen que era muy despótico. Tocaba de forma contraria a como él era: era tan bonito lo que tocaba y él en cambio parece que era un gran tirano…

– ¿Miles o Duke?

– Prefiero a Miles. Está más cerca de mi generación.

– Me regalaste un libro tuyo. ¿Cómo es tu relación con la literatura?

– A mí me gusta mucho escribir, voy por el cuarto libro. El que me dio la luz verde fue Guillermo Cabrera Infante. Hizo un comentario en un periódico inglés diciendo que yo debía escribir. Cabrera era un gran cabrón, tenía problemas nerviosos, le hicieron la vida imposible, cuando regresó al entierro de su madre casi no pudo salir, pero era un gran tipo.

– ¿Conociste también a Reinaldo Arenas?

–A Arenas lo conocí acá en Nueva York. Confundía la realidad con la ficción. Se lo persiguió por gay pero además porque tenía un carácter fuerte y era capaz de hacer cosas raras…, se crió en el campo con una madre soltera, el corralito de él era un hueco en el suelo… Decía cosas irónicas, a veces hirientes, y lo maltrataron mucho.

© LA GACETA

 

PERFIL

Paquito D’Rivera nació en La Habana en 1948. A los 10 años tocó en el Teatro Nacional de La Habana y a los 17 integraba la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba. Fundó Irakere, grupo que fusionó varios estilos musicales, con el que ganó un Grammy en 1979. En 1980 pidió asilo político en España. En los 80 funda con Dizzy Gillespie la United Nations Orchestra. Tiene más de 30 albums como solista. Obtuvo un doctorado honoris causa del Berklee College of Music y la medalla nacional de las artes de Estados Unidos. Es autor del libro de memorias Mi vida saxual y de la novela Oh! La Habana.

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