GALERÍA DE MONSTRUOS

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La Patria es mujer. Y cuando una mujer fracasa en su matrimonio, acusa a su suegra de Bruja y al hermano de su marido, de Vampiro. Jamás ataca directamente a su esposo, por el cual mantiene sentimientos contradictorios, sino que supone que los amigotes lo han llevado por mal camino y maldice la hora en que dejóque contratara a esa secretaria con aspecto de Esfinge, en complicidad con su socio, ese Frankenstein de origen poco claro con el cual comparte malamente las ganancias. Ni hablar del contador, ese Hombre Lobo que se babea mientras traza números ininteligibles en los libros y se queda con los vueltos.

Pues bien, la Patria atraviesa una crisis de pareja con Néstor Kirchner y ya inició una indisimulable campaña para que se desprenda de los monstruos que él mismo creó. Porque, si hay que reconocerle una patología a Néstor, es su vocación por fabricar sus propias contradicciones y ponerlas bajo la custodia de engendros. Todos somos testigos de cómo se atormenta y se descompensa después de defender a los gritos en la Plaza a las criaturas deformes con la cuales sustenta su pensamiento político. (En este texto Cristina está deliberadamente excluida, no por contumacia opositora sino simplemente porque la realidad no arroja datos sobre su verdadera existencia.)

Nadie duda en este país de que es necesario “redistribuir los ingresos” para garantizar nuestra sobrevivencia como comunidad. El tema de la erradicación de la pobreza forma parte de la plataforma de todos los partidos políticos y la discusión es solo por el método. No hubo antes en la historia de la Argentina mejor territorio ideológico para sembrar la semilla de la concordia y el verdadero progresismo, que solo puede ser producto de una sólida discusión entre todos los sectores que componen nuestra identidad, y no de nuestra ubicación ideológica más afín con Adam Smith o con Marx. La realpolitik se ha transformado en el tercer milenio en la única ética sustentable.

Ya no hay unitarios y federales, radicales y conservadores, explotados y oligarquía, peronistas y gorilas, zurdos y represores. Se los fagocitó el desconcertante rumbo de la historia que se sacude el aburrimiento destruyendo la vana obstinación de los hombres por someterla. Los ancianos asesinos de la dictadura dan con sus huesos en la cárcel y los Bombita Rodríguez gozan de una transitoria impunidad pero remojan sus barbas. Es factible que el tribunal del tiempo los condene a una pena más degradante que el calabozo: el patetismo.

Ya no hay Patria sí colonia no. Hay agua sí o agua no. Hay alimentos sí o alimentos no. Hay energía si o energía no. Hay sociedad del conocimiento o sociedad de la ignorancia.

La Sociedad Rural seca su ropa regalándole “un poco de vacas a Castells”. Buzzi, desde la Federación Agraria, con lucidez de ajedrecista, reivindica a la izquierda seria, y De Angelis representa a los chacareros autoconvocados que poco saben de la diletancia ideologizada y solo aspiran a sembrar los retazos de geografía que les ha tocado en suerte: pagar impuestos justos y vender su producto al mejor precio. Es que tienen el raro berretín de ser ricos.

Kirchner y los monstruos se retuercen tratando de entender este nuevo campo de batalla en el cual no todos los aliados naturales están de un lado, ni los del otro adoptan las tácticas previsibles manifestándose como claros enemigos. Eso facilitaría las cosas. Pero de pronto, el portero de un edificio de barrio norte golpea cacerolas y produce la catástrofe. Un vicepresidente elegido para punto se vuelve banca y un sector de la propia tropa se acuartela y comienza a velar las armas. Pareciera que los dogmas se licuan y que tendremos que acostumbrarnos al gusto extraño de la fugacidad.

En La Matanza, Delía, un cíclope ciego que en su tiempo activo se dedica a destruir comisarías y en sus tiempos de ocio a respaldar los propósitos vindicativos de Irán, sigue siendo la garantía oficialista de que las calles nunca podrán ser ocupadas por otra fuerza que no sea la de los írritos y voraces desamparados que se entibian al rescoldo de la limosna oficial. Pero todos se niegan a sacarse una foto con él.
Moreno, el minotauro fabuloso y fabulador que nos exige que digamos gracias cuando nos acerca el plato de arroz con la orden de ver una pechuga de pavo, bajo la advertencia de mandarnos a sus karatekas si no declaramos que sentimos gusto a pavo, goza de la protección de los dioses.

Si bien este Moreno no tiene nada que ver con el que murió en extrañas circunstancias en un barco, en 1811, es previsible que apenas los idus se hagan insoportablemente infaustos, alguien, desde la sombra del poder, instruirá a algún émulo de Yiya Murano para que le prepare algún bocadillo con sabor a almendras amargas. Solo que en su caso, a este Moreno, la gloria le permanecerá negada para siempre.

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