JORGITO: UNA DE MIGRÉ

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Los padres de Jorgito, pobre, rubio, de ojos claros, se dedicaban a fabricar clandestinamente pañuelos hindues, pareos y chalinas palestinas en un galpón al fondo de la casa de Lomas de Zamora en la cual aún viven. Ofrecían su mercancía en las estaciones de trenes y, en verano, deambulaban por las playas de la costa arrastrando un carrito para seducir a las adolescentes bronceadas, propensas a darse un toque oriental para aparecer fashion, en ese instante de ensoñación que en la Argentina ocupa el exacto tiempo del estío. Siempre fueron expertos en gambetear a una AFIP que los atormentaba, pero eso no les impedía meter de camulina alguna prenda en La Salada. La tragedia empezó cuando Jorgito consiguió trabajo como repositor en Supermercados Coto, sucursal Belgrano. Allí conoció a Bárbara, una rubia wandanárica que parpadeó despiadadamente y lo dejó sin respiración. Ella se acercó para preguntarle dónde estaba ubicada la góndola de los lácteos y terminaron pasándose los celulares. La relación funcionó porque Jorgito se gastaba el sueldo en comprarse ropa de marca y acompañaba a Bárbara a pubs de moda, vaciando su anoréxica billetera para sostener la relación. Su madre apeló al mito de la incompatibilidad del agua y el aceite, sin resultados, porque él (sólo él) sabía de las devastadoras noches en las cuales esa adolescente díscola que era Bárbara se dormía satisfecha sobre su vientre desnudo, jurándole amor eterno. Según me contaron, fue invitado a comer a la casa de Bárbara y resulta verosímil la versión de que, mientras sorbía un potage, su madre interpretaba música clásica en el piano y lo miraba a los ojos buscando sorprenderlo. Cuando el padre de la novia preguntó por la familia, Jorgito dijo que explotaban un micro emprendimiento. Después se extendió en el relato de su propósito de estudiar marketing e impresionó lo suficiente como para que le otorgaran plácet para visitar a Bárbara en su casa. A partir de aquí, Shakespeare. Parece que el día en que lo despidió, Alfredo Coto se había levantado con acidez de estómago y ordenó el cese de los legajos 1538 a 1645. Era una medida ejemplificadora porque había notado la pérdida de productividad de la sucursal Belgrano. Él era el legajo 1575, por lo cual cayó matemáticamente en la volteada. Allí comenzó su drama. La indemnización no llegaba, a él se le volvía dificultoso trasladarse hasta Belgrano y encima, por un recodo de su ausencia se coló Sebastián, a quien Bárbara conoció en un gimnasio donde hacía pilates. El padre de Seba tenía un barco anclado en el puerto de Olivos. Bárbara le confesó, sacudiendo su cabellera dorada, que estaba confundida y que necesitaba tiempo. Jorgito sintió que perdía su oportunidad de participar del mundo. Tenía las zapatillas gastadas, las faltriqueras vacías y lo abrazó la desesperación. Necesitaba plata y recordó que en una caja de zapatos guardada en el ropero de su padre había un 38 largo con el percutor roto, herencia de un abuelo policía, y le pareció la única solución. El viernes se lo calzó en la cintura y salió a hacer la diferencia. Esperó a que dos señoras de aspecto próspero salieran de una confitería de Hipólito Irigoyen y Portela, en Lomas de Zamora, y las encaró de una, con el arma en la mano. No advirtió al policía de civil que venía caminando desde Los Dos Chinos, desde donde salió antes de penetrar en la tragedia, ni oyó la voz de alto que le impartió. Jorgito cayó sobre la vereda con un feo agujero en el pecho. Antes de perder los ojos en un árbol de hojas amarillas, Jorgito se soñó en otro mundo, corriendo con zapatillas nuevas sobre Avenida Cabildo para alcanzar el paraíso en los brazos de Bárbara, que corría hacia él como Soledad Silveyra hacia Sandro en una película que había visto una tarde de domingo. Desde el más allá, la sonrisa de Migré le abrió el cielo y nadie hasta hoy pudo decirme más de él.

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