KIRCHNER QUEMA LAS NAVES

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Con el proyecto de estatizar el comercio exterior de granos, el ex presidente Néstor Kirchner se lanza al abismo sin red. ¿Cuál es el razonamiento que abriga este hombre para intentar semejante temeridad? Un contexto internacional en el cual las estatizaciones han recobrado cierta centralidad, la relativa consolidación de tres líderes sudamericanos con propensiones fascistas de izquierda (Chávez, Morales y Correa) y el antecedente peronista del IAPI constituyen los ejes ideológicos sobre los que se asienta este disparate. Sin embargo, no se tienen en cuenta, en cuanto concierne a estos tres pilares, algunas cuestiones. Que las intervenciones de Obama y la CEE son excepcionales, dirigidas a sectores que claman por ayuda y cuyas consecuencias (beneficiosas o no) aún no están claras. En cuanto a este último punto, las consecuencias (mucho se habla de lo positivo que fue el intervencionismo de Roosevelt en los años treinta, sin aclarar que ese modelo terminó con una fenomenal crisis en los años cuarenta) son impredecibles. En cuanto a los líderes latinoamericanos, irradian una fragancia a irracionalidad que prepara el camino para cualquier audacia, es verdad, aunque conviene recordar que Venezuela desperdició un lustro con el precio del petróleo en niveles siderales, sin conseguir cambiar las estructuras arcaicas, y que Morales ha puesto a Bolivia al borde del desastre secesionista. Por fin, aludiendo al tristemente célebre IAPI, cabe recordar que su articulación en el primer peronismo tuvo resultados desastrosos, sumiendo al comercio exterior argentino en una hecatombe, con gran reducción de los saldos exportables.

Desde el punto de vista del análisis económico, la medida es obviamente absurda. Si hoy el productor acumula su producto en silos es porque no está de acuerdo con el precio final que el Estado desea pagar (precio internacional que logra el productor menos retenciones), ¿cómo va a hacer el Estado monopólico para fijar el precio justo al que comprará los granos a los productores, en el nuevo esquema? El vocero en las sombras del kirchnerismo, Horacio Verbitsky, afirma hoy en Página/12 que el Estado, a través de la futura Agencia de Comercialización, les comprará las cosechas a “buen precio”. Y, ¿cuál es ese “buen precio”? Lo que ocurrirá es que ése será un “buen precio” para Kirchner y un “mal precio” para los productores, con lo cual dejarán de producir para la cosecha siguiente –como ocurrió en el caso del IAPI- y toda la producción argentina se desmoronará, sin perjuicio de que quizás lleguen hasta quemar la que tienen acumulada antes que vendérsela a precio vil al matrimonio presidencial. Todo esto sin contar la estructura burocrática necesaria, que generará gasto público, y la corrupción que se desatará en torno a terminales, puertos, despachantes de aduana, eventuales compradores externos, etc.

Si dejamos de lado la esfera económica y vamos a la política, es claro que la medida podría salir por un decreto de necesidad y urgencia, pero muy difícilmente pase por el Congreso, al que Kirchner debería enviar el Decreto para su homologación.

Si la medida disparatada es la táctica, ¿cuál es la estrategia de Néstor Kirchner? La primera posibilidad es que logre imponerla y, por un tiempo, reconstruya su poder simbólico, con lo cual tendría un gran triunfo. A esta perspectiva, empero, le asigno bajas chances. Según todas los indicios, la fragorosa madrugada en que Cobos desempató en el Senado, Néstor Kirchner barajó seriamente la perspectiva de la renuncia de su esposa (Alberto Fernández, testigo privilegiado, jamás negó la versión). Tanto desde el punto de vista económico –con precios internacionales en picada y grandes vencimientos de deuda externa-; como político –con diápora de transversales como Bonasso o Ibarra- y de peronistas como Solá, De la Sota, Reutemann u Obeid; como incluso personal –ahora es su mujer y no él quien formalmente gobierna-, Kirchner sabe que todo lo bueno ya pasó y que ahora sólo quedarán dos años y medio de calvario, un lento declive hacia la confirmación del fracaso definitivo.

¿Quiere irse como un fracasado? La respuesta es no. Entonces ha pergeñado este desaguisado, con fuertes tintes ideológicos –ya que la medida tiene el rancio perfume del primer peronismo y los alambiques y condimentos propios de la izquierda internacional-, para quemar las naves. Si algo notable logró Perón en 1955 fue ocultar que no estaba en condiciones de ganar una elección en forma limpia. Hoy Kirchner tampoco podría logarlo. A lo más podría conseguir una primera minoría en una legislativa pero nunca pasaría un ballotage. Por eso busca su 55. Esta medida es el anzuelo para que el campo y la clase media –ya harta de los malos modales, el tono falsamente profesoral de Cristina, el exceso o el defecto en el estilo, y la irracionalidad- le den el empujón final. En su exilio, Perón deambuló por varios países latinoamericanos antes de recalar en Madrid. Años dorados en los que no pasó estrecheces. Ése podría ser también el circuito imaginario que esté trazando el actual estratega de Olivos.

Ya Chávez consiguió la reelección indefinida y el valijagate se ha apagado en cuanto a su intensidad mediática, de modo que Venezuela luce como una escala políticamente factible. No es un lugar feo, por lo demás. Después, cuando los ecos y las furias se vayan apaciguando y el Rey Juan Carlos de Borbón se olvide de ciertas descortesías y asperezas, Madrid sería el sitio ideal desde el cual manejar los negocios y disfrutar las mieses de una victimización heroica. ¿No lo habrían echado “los gorilas”, las fuerzas retrógradas de siempre, por haber querido “tocarle” los intereses? Sería la retórica ideal para el exilio kirchnerista, una estética que les resulta ciertamente seductora. Y así podrían pasar los años en que los Kirchner no tendrían ninguna posibilidad de ganar elecciones: “guardados”, escondidos, exiliados, hasta que, más temprano que tarde, contingentes de políticos y periodistas comiencen a visitarlo en su “Puerta de Hierro”, cineastas de culto vayan a filmar sus declaraciones y, finalmente, con la ayuda mitificadora y mistificadora de muchos hijos de los actuales adoradores de Página/12, un Néstor Kirchner ya viejo podría volver como un sabio, como una catedral de rebeldía juvenil, como un ícono –rodeado de perritos y guiñando el ojo-. Quizás, hasta tenga su Gaspar Campos y algún sindicalista –seguramente más corrupto que Rucci- le sostenga el paraguas, en un día de terca lluvia. Es que como dijo Borges los astros giran cíclicamente. Y en la Argentina política, ¡ay!, esto es patéticamente más cierto.

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