LA COHERENCIA DE KOREMBLIT

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Nos conocimos hace unos pocos años cuando, por iniciativa del diputado Mario Morando (de quien yo era asesor en materia cultural), Don Bernardo fue nombrado ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Al entregársele la distinción, el gran salón de la legislatura estaba repleto de escritores y Koremblit comenzó su discurso empleando un verbo que le encantaba para esas circunstancias: dijo que nos infligiría unas pocas palabras. Desde entonces, nos hablábamos por teléfono o él venía a mi escritorio. Siempre llegaba impecable, lo recuerdo con sus sacos un poco grandes para su figura esmirriada, menguada, con sus camisas de cuello redondeado en las puntas, con sus corbatas y pañuelos al tono. En mi agenda de 2009 aún está asentada la fecha de su última visita: el jueves 16 de abril a las siete de la tarde. Se acaba de cumplir un año de esa visita. Esa tarde me contó lo que le había ocurrido. Había salido de su casa con tiempo suficiente, como siempre hacía. Llegó incluso a barajar la posibilidad de caminar, ya que no era tanta la distancia, pero la desechó. Se acercó a la acera para parar un taxi. Estaba esperando cuando una mujer, de unos treinta y pico de años, llena de bolsas, como un equeco, le preguntó si sabía qué colectivo la llevaba hasta Santa Fe al 1300. A Don Bernardo le pareció raro que quisiera tomar el colectivo tan llena de paquetes y entabló conversación con la muchacha. Le dijo que lo mejor era tomarse un taxi, pero ella dijo que no tenía dinero para esos lujos. Entonces le ofreció pagárselo, pero ella rehusó. Le puso diez pesos en una de las bolsas y la mujer se los devolvió. Le sugirió llevarla con él en el taxi, ya que iban más o menos en la misma dirección. Ella le dijo que sólo si aceptaba compartir la cuenta. Koremblit le dijo que no, que él la invitaba. Se subieron y viajaron esas cuadras, en el anochecer de una Buenos Aires otoñal. Me contó que no sabía de qué hablar cuando estaban en el interior del taxi y que ella le preguntó a qué se dedicaba. “Me dio vergüenza”, me dijo, “decirle que era escritor”. Le respondió que era rentista, con lo cual -en algún sentido- no le mintió. Antes de bajarse, la mujer quiso darle dinero pero él se lo rechazó. La vio internarse en una galería y siguió viaje con el taxi. La historia me la contó con alegría y, con una sonrisa cómplice, se lamentó de no haberle pedido el teléfono. Ese mismo día debatimos sobre la posible publicación de sus obras completas, libro para el cual tenía un formidable título tentativo, digno de su ironía inagotable: Sobras completas. Hablamos de una operación que le estaban por hacer y sobre un libro que yo había publicado, El Surmenage de las ideas, que Don Bernardo había leído con su gran generosidad. No le ofrecí agua, porque consideraba que era un líquido ferruginoso que arruina la salud, lo invité en cambio a tomar algo con alcohol, pero me dijo que prefería reservase para su vasito de vino tinto en la cena. Al enterarme de su muerte, fui hasta mi biblioteca y tomé su libro La coherencia de la paradoja, que él me regaló con una dedicatoria estampada en letra cursiva, con birome verde. Dice: “Para Marcelo Gioffré, a quien admiro con toda coherencia, a quien aprecio sin paradoja”. Haberse ido al mismo tiempo que otro gran escritor, Tomás Eloy Martínez, fue parte de su coherencia, una forma de deslizarse sigilosamente, solapado detrás de la otra muerte, una especie de cortesía póstuma. Hacía años, había sufrido la muerte de un hijo, de una enfermedad cruel: su dolor era inmenso por aquel suceso infausto, pero nunca perdió el humor. Sus pequeños ojitos, detrás de unos anteojos enormes, rectangulares, con marco negro, brillaban cuando lanzaba una de sus bromas. Tal vez le brillaron al cometer esta última picardía.

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