LA COLECCIÓN (EL MUSEO) FORTABAT

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Después de varios años de espera, e innumerables tropiezos económicos, se acaba de inaugurar un nuevo museo, aunque su dueña no desee que se le atribuya ese nombre. Se trata de un espacio, en Puerto Madero, más precisamente en el Dique 4, que alberga parte de la colección particular que esta empresaria fue articulando durante sus años de coleccionista.

Convertir una colección particular en un museo no es un empeño nuevo: Jean Paul Getty en Los Ángeles o Constantini en Buenos Aires, entre muchos otros, ya lo habían hecho. Por definición, el problema de una colección de arte es que queda confinada dentro del domicilio de su dueño. Al adquirir una obra para una colección el comprador la sustrae de la necesaria circulación que debería tener en tanto decodificadora de una dinámica social. Es que el arte no es meramente decorativo, como algunos ingenuos creen, sino esencialmente conceptual y revulsivo, es una herramienta que ayuda a meditar. Muchas veces se esperan las subastas no tanto para comprar una obra, sino también para poder verla, aunque sea momentáneamente, mientras sale de unas manos y pasa a otras. Originalmente los artistas solían pintar en espacios públicos y en forma anónima, tal el caso de las pinturas rupestres de las Cuevas de Altamira, en Santillana del Mar. Esta práctica fue resignificada por los muralistas, en especial en México, donde un lote de grandes espíritus, encabezados por Diego Rivera, David Siqueiros y José Orozco, llevaron el arte a las calles, a los muros, a los halls de los edificios. En nuestro país también se han ejecutado, sin bien con más moderación, este tipo de obras, desde la cúpula del Colón, las paredes de la Galería Pacífico, los andenes de algunos subterráneos y la iglesia de Glew, hasta llegar al mural de Guillermo Roux en la entrada del edificio del BankBoston, en Catalinas. En el límite, hasta los graffiti sobre los muros, o los tatuajes sobre los cuerpos, podrían ser vistos como formas desesperadas y perentorias de activar ciertos resortes artísticos y de buscar canales de expresión donde todos las vías normales están obturadas.

Entre el espacio privado e íntimo del domicilio, donde el coleccionista se recluye y reserva las obras que compró a un grupo de cofrades, a sus amistades, y el espacio plenamente público de la calle, al que acude el muralismo para tratar de democratizar el arte, la modernidad abre una opción: los museos. Se trata de un espacio al cual puede asistir cualquier ciudadano para apreciar obras de arte que, de no mediar ese sitio, permanecerían ocultas de modo egoísta, elitista y torpe. Hasta aquí, este nuevo emprendimiento, este espacio que ha abierto la señora de Fortabat es maravilloso y merece el aplauso. El edificio es espléndido, con una gran vista de Buenos Aires, con salas muy grandes y un criterio museístico interesante.

Dicho esto, es menester aclarar que los museos son las catedrales modernas y, en tal sentido, reclaman algo más que la mera acumulación acrítica de obras sobre las paredes. Un museo es básicamente un lugar de reflexión, allí deben predominar antes que nada las ideas. No basta la belleza.

La colección Fortabat está muy mal colgada, no hay el más mínimo criterio curatorial. Da la sensación de que no importó el relato, la historia del arte, el criterio, sino el mero amontonamiento de cuadros. Sorprende observar una obra pop de Andy Warhol al lado de una serie de cuadros impresionistas, o un Turner y un Brueghel junto a dos arlequines de Petorutti, o unos magníficos Berni (uno sobre arpillera, de carácter social, y una instalación, La Difunta Correa, típica obra de los 70) codeándose promiscuamente con un Juan Lascano (pintor simplemente esteticista que sigue obstinado en las naturalezas muertas, o trabajando con modelo, como si viviéramos en el siglo XIX), todo en la misma sala, todo en la misma bolsa. Mucho más llamativo es ver a Roberto Aizenberg (cercano a la abstracción geométrica), o una pintura informalista de Del Prete, no encuadrados en las “Abstracciones”, en el primer piso, sino descontextualizados en un subsuelo lleno de figurativos.

Todavía más impactante es apreciar una naturaleza muerta claramente expresionista de Ernesto Sábato junto a las “abstracciones y nuevas figuraciones”, sin que nos expliquen qué hace allí ese pequeño cuadrito del escritor maldito de Santos Lugares. Tan llamativo como observar que el único cuadro de Jorge de la Vega, claramente pop, del año 68, está entre otros de corte neofigurativo de Deira. Para colmo, muchos artistas están representados por obras que no son de su mejor época, tales los casos de Raúl Lozza, que en su extensa vida siempre hizo concretismo, razón por la cual sus obras más emblemáticas son las más viejas, las de los años 40, mientras que allí hay una bastante reciente aunque con la temática trillada, o de Carlos Gorriarena, cuya obra más valiosa es la que ejecutó entre 1976 y 1983, quien está representado con una pintura de los años 90.

A ello se suma la extraña simetría con la cual están colgadas las obras, una al lado de la otra, sin respiro, sin dar al espectador un marco referencial. Sabido es que menos es más. ¡Cuánto más interesante sería ese Andy Warhol solo en una pared! Se necesitan bloques, se necesitan tabiques separadores, se necesitan leyendas que nos cuenten “de qué se trata”, se necesita básicamente que la muestra no constituya un amontonamiento, sino que tenga una articulación, un discurso, una tentativa de diálogo. En mi opinión, la señora de Fortabat debe contratar un curador de nota, como siempre ha tenido el MALBA, y transformar ese espacio en lo que debe ser”: un lugar para meditar sobre nuestros grandes y graves problemas: la vida, la muerte, la esperanza, el destino del hombre.

Se acaba de abrir la 28º Bienal de San Pablo y su curador, Ivo Mezquita, decidió sorpresivamente que no hubiera obras, que fuera simplemente un lugar simbólico de reflexión. Entre este conjunto vacío y casi absurdo que propone Mezquita y el embotellamiento de Fortabat, que sume en la perplejidad, entre la nada y el zapping, hay algo. No basta que su dueña se niegue a llamarlo “museo”; lo es. Y como tal, en su misión de intermediario entre lo público y lo privado, clama por cierta lucidez, por una limpieza conceptual, por un cosmos desde el cual abordarlo y que permita, a la vez, los indispensables efectos catárticos en el observador.

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