LA PARANOIA DEL DIARIERO

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Marro es un viejo diariero de la esquina de Culpina y Directorio, un hombre transcurrido al cual el paquete del reparto le ha desviado la columna: camina inclinado como si un viento de costado le pegara demasiado fuerte. A pesar de que ha dejado de fumar, tiene una tos nerviosa, se la ganó bajo las inclemencias de las lluvias y los inviernos duros, que soportó durante cuarenta años para cumplir con la entrega puerta a puerta de su mercadería.

-La cosa viene mal doctor- me dice.- Empezaron con los periodistas, ahora van a seguir con los jueces y después seguro que vienen por los diarieros.

Me río ante su ocurrencia y pienso en el famoso poema de Bertol Brecht. Es que a Marro se le ha puesto en la cabeza que esto no para aquí. Que la “Brigada Bonafini” se le va a meter en su casa y le va a terminar preguntando qué hacía él en el tiempo del Proceso, repartiendo los diarios cómplices de la dictadura. Y que apenas lo condenen va a terminar perdiendo su puesto. Y su puesto, claro, es su vida.

Obviamente, le pregunto qué hizo él en el tiempo del Proceso para sentir tanto miedo.

-Mire- me dice y se acaricia los bigotes blancos–. La verdad que yo me puse contento cuando la voltearon a Isabel Perón porque era un quilombo, los diarios aumentaban cada dos o tres días y los clientes se me borraban. Así que cuando llegaron los milicos la mayoría de la gente que me compraba el diario estaba contenta y yo también, porque vendía más. ¿Quien sabía lo que se vendría? Me empecé a preocupar cuando vi que aquí en el edificio de enfrente, donde había un portero, un tipo macanudo, en una madrugada le tocaron el timbre y cuando abrió entró un pelotón de milicos que le partieron la cara de un culatazo para que les dijera quién vivía en el 4º “A”. Después rompieron la puerta del departamento a hachazos y se llevaron a dos pibes. Él tenía barba y siempre usaba una campera verde. Ella vendía rosas por los restaurantes de San Telmo. Nunca más los vimos.
Le digo que a pesar del dramatismo de su relato no termino de entender por qué tiene miedo. De qué cosa teme que lo acusen.

– Bueno, mire. Le tengo que cantar la posta. Yo tenía un escaparate bastante grande y un día se bajó de un Falcon un tipo de bigotes que siempre me compraba La Prensa, que me dijo si podía pintar en la chapa “Los argentinos somos derechos y humanos”, y le dije que sí. Le aclaro que en el auto había un par de monos que mejor perderlos que encontrarlos, con anteojos negros, escopetas y todo eso tan común en esa época. Y hasta el 83 la frase quedó allí con letras blancas. Cuando subió Alfonsín, esperé unos meses para ver cómo venía la mano y al final le dije a mi hijo que consiguiera un soplete y pinté todo el escaparate de color azul.

Lo miro a los ojos a Marro y noto que una preocupación sincera le arruga la frente.

Le digo que de todos modos en ese tiempo la mano estaba dura y que era muy difícil oponerse. Que nadie podría culparlo de colaboracionista.

-Después de todo, usted no tenía ninguna responsabilidad política y era un tipo que tenía que adaptarse a las circunstancias para darle de comer a su familia y sobrevivir- le digo, poniéndole una mano en el hombro para transmitirle calma.

-Pero doctor, usted no entiende. A mí me fue bien en esa época. Si hasta me hice el quincho- me dice agitando sus manos con desesperación.
Le pregunto si él sabía que a partir del 76 el proceso había organizado un genocidio y había matado a mucha gente.

-Y, se escuchaban cosas. Pero la verdad es que estaba todo tan mal que uno orinaba en el hueco de la mano para no hacer ruido. Yo no me metí en ninguna y me dediqué a hacer la mía- me contesta
Intento una respuesta pero me interrumpe.

– Mire, ahora cualquier gil se hace el machito porque estamos en democracia. Pero en ese tiempo si uno jodía se lo llevaban. Yo heredé el kiosco de mi padre y lo único que siempre hice fue laburar porque a nosotros los políticos nunca nos dieron nada y todo lo conseguimos a puro pulmón.

Traté de tranquilizarlo, de explicarle que a pesar de los juicios simbólicos a los periodistas y de la amenaza de escrachar a los jueces que cumplían funciones en la época de Videla, era bastante improbable -a pesar de que con los Kirchner nunca se sabe- de que eligieran como blanco a los diarieros.

-¿Y si alguno me denuncia porque tenía la pintada en el escaparate en el kiosco?- me pregunta angustiado- ¿Y si me acusan de haber tenido miedo? Hay uno en el barrio que por esa época cambiaba dólares y se peinaba con gomina y ahora está enganchado en el tema de los derechos humanos- me comenta con sigilo, mirando hacia un lado y otro.

Guardé silencio. No me animé a decirle: “Quédese tranquilo que a usted no le va a pasar nada”, porque ni a mi me convence esa idea. Me limité a sacar una tarjeta del bolsillo de mi saco y le dije, adoptando mi mejor postura profesional: “Si eso pasa, me llama. Algo voy a poder hacer”.

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