LA QUÍMICA ESENCIAL DEL KIRCHNERISMO

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¿Qué extraño cemento liga a Hebe de Bonafini, Hugo Moyano y Luis D’Elía, tres emblemáticos pivotes del kirchnerismo? Hebe Pastor de Bonafini –más allá de su notable actividad durante la dictadura militar, especialmente después de 1977, e incluso en la posdictadura- simboliza hoy un pensamiento a todas luces anacrónico: el marxismo. Recuerdo haber discutido amablemente con ella, en la puerta del Teatro San Martín, allá por el año ’84, cuando el tema de la jurisdicción para juzgar el terrorismo de Estado estaba en entredicho. Yo defendía la idea de Alfonsín de que la jurisdicción militar no podía soslayarse, porque era juez natural al momento de ocurrir los hechos y porque, de cualquier manera, si esos tribunales militares no actuaban, siempre la justicia común podría actuar como alzada; ella, por su parte, recusaba violentamente la intervención de esa jurisdicción que, sin embargo, estaba prevista de antemano. Eran discusiones de época, que hoy tienen cierto tufillo a naftalina. Recuerdo también que en 1978 temerariamente quise investigar, desde la cátedra de Derecho Político cuyo titular era Bidart Campos, los crímenes de la dictadura, ante el espanto de quien entonces era adjunto, un gran profesor llamado Tulio Ortiz, que me dijo: “Mire, no me animaría siquiera a investigar el conflicto de Perón con la iglesia”. Recuerdo las reuniones clandestinas, por esos mismos años, en las que llegaban noticias de Julio Cortázar con aseveraciones alarmantes sobre violaciones a los derechos humanos y en las que empezaba a circular un nombre hasta entonces ignoto: Pérez Esquivel. Recuerdo que en el ’83 se dio un ciclo de cine en la Facultad de Derecho y que “La Strada”, de Fellini, fue un camuflage para que Augusto Conte pudiera hablar de derechos humanos. Porque recuerdo todo aquello me siento con absoluta legitimidad para decir que Bonafini no representa hoy los derechos humanos, sino un pensamiento burdo y poco democrático. Capaz de defender a ETA, de alabar a un iraní desmelenado y de decir que el derrumbe de las Torres Gemelas fue un castigo merecido para los norteamericanos, capaz de reivindicar a los guerrilleros y pedir que se exhiban sus fusiles, Bonafini ha perdido su fuerza simbólica. Su pañuelo, también. Sólo una sociedad distraída puede no advertir su deslizamiento hacia zonas ideológicamente irrespirables. Por su parte Hugo Moyano, un especulador en tiempos de Menem, quien acepta porcentajes estandarizadores y disciplinadores de aumento salarial, quien vampiriza afiliados, quien amenaza con pasarse de vereda cuando los negocios parecen alejarse o peligran, quien está rozado por varios hechos de sangre, ¿qué es sino un corporativista, que cree que la pugna civilizada (es decir fascista) entre obreros y empresarios salva a las naciones? ¿Qué es sino parte de ese país plebeyo en cuya máxima borrachera se soñó con una Eva Perón como Premio Nobel de Literatura? ¿Qué es sino el repliegue de la aristocracia del talento? De D’Elía, hombre que supo asaltar una comisaría sin recibir castigo y que en sus utopías discriminatorias dice odiar a “los rubios”, cabe decir que apoya a Chávez y a Irán, pero que sus movimientos tácticos se asemejan bastante a los de la Alianza Libertadora Nacionalista, fuerza de choque de un Perón que poco tenía de marxista. Se lo podría caracterizar como un taimado, un “busca”, un gordito simpaticón, pero es algo más que eso: tiene retórica de izquierda y ademanes de derecha patotera. Es lo que Aguinis llama el fachopopulismo, un “todoterreno”, un energúmeno (para emplear un vocablo caro a la verba venenosa del autor de “Robo para la corona”). Ahora bien, si tratamos de combinar estos tres “cuadros” del kirchnerismo nos da: marxismo + fascismo corporativista + fachopopulismo. Es decir que adentro del kirchnersimo están José Stalin y Benito Mussolini, un estofado bastante heterogéneo para tener un denominador común. El vector, la síntesis, el punto nodal, es el dinero repartido. A los 48 años, en 1977, Bonafini sólo había estado en la Ciudad de Buenos Aires tres veces; ahora tiene una empresa constructora, cuyo management está a cargo de un muchacho que se tomó a pecho las teorías sobre filicidio del Dr. Rascovsky. Hablamos también del dinero inabarcable de las obras sociales. Hablamos de la administración del dinero de los subsidios a los piqueteros oficialistas. Hablemos de contraprestaciones. Es el dinero que sirvió hasta ahora para encandilar a cierta clase media con culpa, que no termina de aceptar que en el primer lustro de los ’70 también hubo “chicos malos” y que no eran precisamente milicos. Es el dinero que sirvió para anestesiar a los obreros. Es el dinero que, con el padrillo D’Elía, contraemblema absurdo de una negritud claramente disuelta en un país sintetizado, sirve para garantizar la apropiación de las calles, abortando atisbos de protestas sociales y clausurando las plazas contestatarias (sin balcón, al decir de Silvia Sigal). Bonafini, Moyano y D’Elía, de aquí en más, podrán seguir operando y quizás con éxito en sus cometidos específicos. Lo que ya no podrá el kirchnerismo es no pagar costos por apoyar a tan desaforados personajes. En su obcecamiento, el kirchnerismo no entiende que pretender vincular al campo con Martínez de Hoz resuena hoy tan patético como querer sacar un trauma con una pinza de dentista, lo que demuestra que ha perdido el rumbo y la iniciativa, es ya incapaz de percibir las torsiones profundas de la sociedad. La “plaza del clientelismo” no logra ocultar que hoy el kirchnerismo no conseguiría ganar una elección limpia. El desbarajuste económico de los últimos cinco años, apenas solapado por el auge mundial de los productos primarios (viable en tanto en los ’90 el campo se tecnificó), el desvalijamiento de las reservas institucionales (Consejo de la Magistratura, INDEK, affaires de corrupción, superpoderes, etc.) y la falta de una química esencial más allá de la billetera, empiezan a revelarse en las grietas que aparecen aquí y allá. Catalizado por un hecho político como fue la rebelión campesina, el kirchnerismo entra tal vez en su fase terminal. ¿No estamos, acaso, como en aquel angustioso 1987 en que el triunfo de Cafiero en la Provincia de Buenos Aires puso al descubierto todas las fragilidades económicas que el Plan Austral empezaba a insinuar y sepultó las locas ideas del Tercer movimiento histórico y el traslado de la capital a Viedma?

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