LA REDISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA

0
22

La presidenta Cristina Fernández, en su discurso pretendidamente “conciliador” del jueves último, en Parque Norte, estaba rodeada de algunas caras que remedaban a la Alianza Libertadora que, con Guillermo Patricio Kelly a la cabeza, luego de un discurso incendiario de Perón, emprendió diversos incendios no ya discursivos sino concretos en puntos clave de la oposición (Jockey Club, Partido Socialista), desintegrando la estatua de la Diana Cazadora, tres cuadros del gran Goya y una bibilioteca irrecuperable, en una sola noche de terror pirómano y neroniano; estaba rodeada de caras que remiten inevitablemente a la violencia del primer lustro de los ’70; y estaba rodeada, por fin, de otras caras que no pueden no asociarse a la abundancia del Calafate, donde el inmueble en el que funciona un hotel con vista al Glaciar Perito Moreno se alquila en varias decenas de miles de dólares mensuales, canon locativo que ciertamente no sufre quita ni retención alguna.

Y estar rodeada de esas caras no era el mejor escenario para hablar “con humildad”, ni para pedir “por favor”, ya que los métodos a los que remiten esas caras son métodos que no piden permiso, que no buscan consensos, ni se permiten vacilaciones. Pero todas esas caras estaban porque según la presidenta garantizan la redistribución de la riqueza. Estamos ya hablando de Robin Hood: sacarle a los ricos para darle a los pobres, porque no otra cosa es la redistribución de la riqueza. Si el campo gana más, se le quita y se acabó.

Suponiendo que esta quita fuera realmente para “redistribuir”, lo que es bastante dudoso, el problema es qué se quiere decir con este concepto cuyas resonancias parecen tan inofensivas que nadie salió a cuestionarlas, objetarlas o interceptarlas. ¿Qué hay que darle a los pobres? ¿Es el mecanismo racional darles una limosna, una dádiva, o hay que darles trabajo?

Ser de izquierda, conviene aclararlo, es asegurar un piso de dignidad a los más desprotegidos de una sociedad. Estamos hablando de salud y educación. Estamos hablando de un cementerio donde tirar los huesos de nuestros muertos. ¿Estamos hablando también de darle una casa, de darle comida, transporte y nafta baratos, de darle diversión? Cuando el impuesto que pagan los que más tienen no es ya para ese piso de dignidad, sino para otros ítems que en realidad buscan fidelizar los votos de esos subsidiados, deberíamos dejar de hablar de “izquierda” y reformular la definición: ya no es izquierda, es populismo. Y los efectos empiezan a ser perversos de los dos lados: del lado del subsidiado, se desalienta que se esfuerce en buscar trabajo: ¿para qué lo va a hacer si tiene asegurada la comida, la casa, la diversión? Del lado del que paga el impuesto, también hay una desincentivación: ¿para qué va a trabajar y ganar más si en lugar de poder disfrutarlo el Estado se lo quita?

Si encima el confiscado no puede protestar ante los otros poderes porque la idea de república está puesta en entredicho y la división de poderes seriamente averiada, sólo queda la calle para alzar la queja. Pero si para vaciar la calle están los D’elía y los Moyano, ¿qué queda de este país? Te confisco y además cuando protestas te pego.

John Rawls, quizás uno de los filósofos más originales del siglo XX, sostuvo en su gran libro “Teoría de la Justicia” una impecable definición para la idea de la redistribución de la riqueza: ganar más no es pecado, a condición de que esa demasía no empeore la situación de los que menos tienen. También lo dijo, a su modo, la cantante Chavela Várgas, quien no puede ser sospechada de derechista: que nadie deba escupir sangre para que otro viva mejor. Cristina sostiene lo contrario: si alguien gana más, es pecado, hay que sacárselo y darle a los pobres un poco más, es decir re-distribuirlo.

Con lo que el kirchnerismo cobraba en impuestos antes de aplicar el aumento feroz al campo alcanzaba para pagar la educación, la salud y el cementerio, es decir el piso de dignidad para los pobres. Si no lo hacía, si prefería destinar esos fondos a otros fines, ¿por qué sí va a hacerlo ahora? Y si lo hacía, ¿para qué necesita más? El campo levantó este país a fines del siglo XIX y principios del XX, y cuando estaba exánime, en 2002, providencialmente volvió a levantarlo. Dejen las ganancias a quien se las gana, así los que ganan estarán estimulados para dar más trabajo y los más pobres, exentos de subsidios, estarán obligados a ganarse el pan con el sudor de su frente, como manda un famoso libro. Y si el país se sojiza, bienvenido sea, afluirán las divisas con las cuales podremos comprar lo que necesitemos. ¿Para qué un gran médico va a distraer su tiempo plantando tomates en el fondo de su casa o poniéndose a pintar las paredes del dormitorio si con lo que gana puede comprar lo que desee al frutero y contratar a un buen pintor? Seamos sensatos: con la realidad se puede hacer cualquier cosa menos negarla. La ley de la gravedad, ¡ay!, existe. Las leyes del mercado, mal que les pese a los nostálgicos, y pese a los intentos infructuosos de todos los populismos fracasados, tampoco han sido derogadas.

Deja un comentario

Por favor dejanos tu comentario!
Please enter your name here