La tiranía de las víctimas

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A fines del siglo XIX, en Rusia, cinco millones de judíos quedaron confinados en una pequeña zona que no superaba el 4 % del territorio del Imperio. Por las “leyes de mayo”, establecidas en 1882, se les prohibía afincarse fuera de ese lugar y tenían vedado poseer tierras. La subocupación, las hambrunas y la miseria eran moneda corriente. Ni hablar lo que ocurrió unos años más tarde: 6 millones de judíos fueron asesinados en campos de exterminio nazis. Durante años las personas negras fueron sojuzgadas y esclavizadas. Estaba completamente naturalizado que tener esclavos negros era algo correcto: San Martín y Mariano Moreno los tenían. Y aun después de la abolición de la esclavitud los negros continuaron siendo discriminados y segregados. Los judíos, que durante la primera mitad del siglo XX tuvieron referentes muy revolucionarios, como Trotsky, Freud o Benjamin, con el tiempo y sobre la memoria de su pasado paria– fueron adquiriendo poder. Como señala Enzo Traverso en El fin de la modernidad judía, la culpa por el antisemitismo modeló nuestro mundo y el Holocausto se convirtió en la vara con la cual el Occidente democrático empezó a calibrar su sentido moral. El mundo judío ocupa hoy, paradójicamente, el centro de los dispositivos de dominación. En 1948 consiguieron erigir el Estado de Israel a pesar de la oposición inglesa y árabe, y la figura clave en la política internacional, en la segunda mitad del siglo XX, fue justamente un judío muy emblemático: Henry Kissinger. Los negros fueron ganando espacios simbólicos muy importantes, no solo como boxeadores sino desde cineastas, como Spike Lee, hasta juristas, como Clarence Thomas. El punto más alto de esta espiral de poder del mundo negro se dio, qué duda cabe, en 2009, con la llegada a la presidencia de  Estados Unidos de Barak Obama.   El caso de Clarence Thomas es muy sintomático. Propuesto en 1991 para juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos por Bush padre, fue acusado de acoso sexual por Anita Hill, una antigua colaboradora, a pesar de lo cual Thomas consiguió el nombramiento. Su argumento fue tan sencillo como eficaz: me acusa porque soy negro. Aún en 1991, negro mata mujer. De modo inversamente proporcional, Woody Allen no ha podido decir que lo acusan por ser judío. ¿Cómo va a reivindicar ese dato como coraza si el mundo judío constituye el canon? En este caso, mujer mata judío. El caso de Allen es absolutamente insólito, absuelto por la Justicia de la acusación de Dylan Farrow es empero condenado por la opinión pública, a punto tal que a pesar de su fama hace dos años que su última película no ha podido ser estrenada. Está virtualmente censurado y esa censura no causa el más mínimo escándalo y es vivida naturalmente. Da la impresión de que el imaginario colectivo va renovando el ajuar de víctimas y que las más novedosas no solo reemplazan a las anteriores sino que, además de sojuzgar a todo el resto de la sociedad, sojuzgan también a las sucesivas víctimas anteriores que perdieron su rol. Y así hasta que estas nuevas también pierdan su carácter de víctimas a manos de nuevos privilegiados. La multiplicación de denuncias de abuso de mujeres, en estos días, se inscribe en esta dinámica. Celebro que la mujer deje atrás las ataduras vergonzosas que la limitaban y termine con el modelo político patriarcal; el feminismo, de Mary Shelley a Simone de Beauvoir, ha hecho un gran aporte. Pero no puedo menos que alzar mi voz frente a la caída del principio penal de inocencia. Entre Thelma Fardin y el ingeniero Santos hay pocas diferencias: dos víctimas que hacen justicia por mano propia. Linchamientos privatizados. Ya no importa qué diga el juez, los dos presuntos delincuentes están muertos, uno literalmente y el otro simbólicamente. Perder el principio de inocencia, volver a dispositivos presociales es empobrecer la humanidad. Y sobre todo porque las siguientes perjudicadas, a manos de la próxima camada de víctimas privilegiadas, serán las propias mujeres.

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