LA VEJEZ

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“En política se vuelve de cualquier lugar menos del ridículo” Juan Domingo Perón.

 

La vejez no da fatalmente sabiduría. En la antigüedad, cuando un viejo que había librado  batallas contra sí mismo y contra los demás, había adquirido una verba prudente por el sosiego que dan los años, se lo distinguía con el glorioso calificativo de “venerable anciano”. Era porque, acallados los fuegos, tenía comprensión de su espacio cósmico después del  estoicismo  que conlleva el solo hecho de existir, y se había elevado a planos  vedados para quienes eligen persistir,  merced a artilugios desesperados.

 

De todos modos, siempre existieron los viejos boludos, que creían que habían nacido póstumos, tocados por una sabiduría primordial. Generalmente eran los locos de las tribus, a los cuales no hay que lastimar pero tampoco tomarlos en cuenta.

Eva Perón, esplendorosa y joven, jamás hubiera recurrido a bailar un “mambo” en el escenario de un homenaje a la bandera, pese a que seguramente a sus treinta años fuera la música que la seducía, con el  objeto de obtener el brevet de “tipa con onda” que exige la decadencia de los que creen que el mundo es una fiesta. Estaba ocupada en cambiar las condiciones ominosas  de la desigualdad y ajena a toda simulación.

 

Es que Evita, díscola, polémica, autoritaria y resentida con un país que por esos tiempos discriminaba a los bastardos y a los pobres, era auténtica. Ella era la  impulsora de una revolución a la que ofrendó su vida, abrazándose a bebés cagados que tomaba en sus brazos en una Fundación, que la Revolución Libertadora consideró enemiga, a tal grado, que mandó incendiar en hogueras purificadoras las frazadas destinadas a hospitales y orfanatos, porque llevaban su nombre impreso, aunque el invierno de 1956 devastara a los  enfermos y a los huérfanos.

 

Da vergüenza ver hoy a quien se considera su sucesora ideológica contonearse en un escenario de 20 de junio, al son de una batucada, después de desgranar una filípica insustancial contra la Corte Suprema  que falló contra los propósitos hegemónicos de una revolución de mercachifles del setentismo de mercado que lidera en nombre de Perón.

 

Evita, de haber sobrevivido, hubiera estado del lado del General, aquel día en que con el corazón hecho pedazos, echó a los imberbes que pretendían usar su circunstancia biológica para transformar a la Argentina en una nueva Cuba, después de haberle jurado fidelidad, en aquel lejano Primero de Mayo de 1974. La vejez es un espacio que transita el autor de esta nota. Y, salvo para aquellos privilegiados  que no tienen cuentas que rendir, es un espacio de desasosiego en el cual uno trata de entender por qué procedió como procedió, aun en aquellos espacios en que se sabe heroico o idiota, y por qué no hizo lo que tenía que hacer cuando todo indicaba que estaba incurriendo en un error. Es un sano ejercicio que conforma el haber de un militante serio.

 

Por lo pronto, al revés que Cristina, yo no me hallo con ánimo para contonear mi cuerpo al son de una batucada, en un vano intento de hacerle burlas a la realidad. No me conformo con la gesta del Eternauta., que no es un Néstor de ojos oblicuos detrás de esa mítica escafandra. Creo en la historia y no en la historieta.  Por las dudas, para que no me acusen de amargo, tengo la misma edad que Cristina y me encanta bailar batucada  para divertir a mis nietos, no para adormecer a un pueblo.

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