LA VOZ RONCA DE CRISTINA

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Todos los peronistas sueñan con el regreso del coronel bueno, siguen atesorando en sus almas la ilusión de que reaparezca un émulo luminoso del líder popular más grande del siglo XX, montado en un caballo pinto que caracolee sobre la Avenida de Mayo y que sacuda a las multitudes con su voz estentórea desde el balcón de la casa de gobierno. Si pudieran, montarían su profanado cadáver, vestido con uniforme de gala, en algún jamelgo desvencijado y lo pondrían a librar su última batalla, tal cual cuentan que se hizo con el Cid Campeador. Muchos militares, entre ellos el coronel Mohamed Alí Seineldín, soñaron con una clonación que los transformara en herederos del eterno favor popular. Todos ellos fracasaron porque el genio político es intransferible y porque el carisma forma parte del misterio, sólo aparece en medio de circunstancias históricas favorables y se alimenta de la sustancia inconsciente que compone el espíritu colectivo. “No es que nosotros hayamos sido tan buenos, sino que todos los que vinieron después fueron peores”, ironizaba el Maradona de la política argentina mientras acariciaba a sus perritas en Puerta de Hierro, en su obligado papel de exiliado célebre.

El segundo sueño que aparece nítido en el corazón del verdadero peronista es la reencarnación de la gesta mítica de Eva Perón, crucificada por su propia pasión y por su amor sectario por los grasitas, los únicos que de acuerdo a su discurso merecían todo, en la etapa histórica en la cual desarrolló su destino de hada. Recientemente, en un programa televisivo desprolijo y caprichoso que conduce Mario Pergolini, un periodista de rock devenido en recuperador de la historia de los argentinos a través de su asociación con Felipe Pigna, apareció una sobrina nieta de Evita, quien con el pelo teñido de rubio desarrolló una ardorosa defensa del personaje que de acuerdo al número de mails y llamadas recibidas en el programa, perdió en la consideración popular frente a la boina con estrella del Che Guevara. Una estadística tan trucha como la que nos propone cada mes el Indek. Mi madre jubilada, más peronista que entrerriana, jamás hubiera marcado el número para votar por Eva por una simple cuestión financiera y porque permanece ajena, por una cuestión casi biológica, al fenómeno de Internet. En todo el país miles de personas se hallarían al tiempo en su misma situación. Seguramente esta descendiente rubia de la Jefa Espiritual de la Nación, metida en política, eleva sus plegarias ante una mesa con una vela encendida para ser poseída por el espíritu de su gloriosa tía abuela. Lo mismo pretendió Isabel Perón con una suerte que la condenó al ridículo. Indudablemente, quienes votaron por el Che, no lo hicieron desde la hostilidad de la selva boliviana, sino desde sus cómodos departamentos de Belgrano o de Palermo frente al exitoso artificio pergeñado por Bill Gates o desde sus teléfonos celulares de última generación. Ser progre implica un estilo. Hay que saber poco, fumarse algún porrito, recusar a toda autoridad, desarrollar una rebeldía maquillada y, sobre todo, vivir bien.

Como si fuera poco, y mientras la historia castiga al Che estampándolo en las remeras de miles de adolescentes de países ricos a los cuales con ganas el comandante hubiera fusilado sin hesitar por tratarse de cerdos burgueses, ahora se nos viene la voz extrañamente ronca de Cristina, autoproclamada heredera del puño crispado de Eva Perón, ensayada en sus largas tertulias frente al espejo, apuntando a las entrañas del peronista desprevenido para que su oído rememore los sonidos de la voz quebrantada de quien aseguró: “ yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria” ¿Hasta dónde habremos de llegar? ¿Los argentinos estamos condenados a reeditar las versiones de vida de los muertos para conseguir el esquivo favor popular y afrontar el futuro?

Menos mal que los artificios de la foniatría no alcanzan para disimular que nos hallamos ante una nueva estafa. Menos mal que el botox no tersará la memoria de mi madre ni la de todos aquellos a los cuales la desaparición de Evita les dejó una cicatriz imborrable en el alma y que han podido desarrollar inmunidad en contra de los sonidos apócrifos que les proponen los farsantes.

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