LAS MANOS ATADAS

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Félix Luna me contó una vez una historia según la cual él, entrevistando a Perón en Madrid, le preguntó sobre las torturas en el primer gobierno peronista, ante lo cual el General primero negó y después comenzó a hacerse el desentendido, preguntándole a su vez a quiénes se refería, diciendo que eran puras patrañas, y ante la insistencia de Luna en que no eran inventos Perón lo conminó a dar los nombres de quiénes habían sido los torturados a los que aludía. Entonces Luna se franqueó: “A mi me torturaron, General”. Algunos dicen que la anécdota es falsa y que Luna nunca le dijo semejante cosa a Perón. En todo caso, Luna me la contó a mí de ese modo. Imaginemos por un momento que Scioli hubiera actuado de un modo similar el otro día, en el acto de La Boca. La escena habría adoptado las siguientes características. Cuando Néstor Kirchner lanzó el dardo envenenado contra Scioli, exigiéndole que diera los nombres de quiénes le ataban las manos, el gobernador, aceptando el desafío, se podría haber parado, hecho un grave silencio, como esos espacios que rodean y exaltan los monumentos, y dicho: “Está bien, lo voy a decir”. En ese momento el salón se habría paralizado, todos hubieran comenzado a mirarse asombrados y una enorme expectativa habría atravesado a los circunstantes. Entonces Scioli, suponiendo que Néstor hubiera sobrevivido a esa sorpresa y no se le hubiera adelantado el episodio cardíaco que sufriría dos días después, como Luna, podría haber dicho: “Es usted, Néstor, quien me las ata”. Y si el silencio y el estupor persistían podría haber agregado: “Sí, es usted, con su maldita costumbre de no querer aplicar la ley, de despreciar el orden público, de atizar a los abolicionistas, de ningunear a las fuerzas policiales, de jugar a la política con el tema de los derechos humanos y de armar un discurso victimizatorio de los delincuentes según el cual los ricos son los culpables de que los ladrones roben”. Es probable que Scioli haya querido aludir a todo esto cuando habló con los familiares de una víctima del delito y pronunció su ya célebre frase. Es probable también que el otro día Scioli haya sentido el íntimo deseo de largar un discurso así, incendiariamente genuino. Y si hubiera actuado tal como lo describimos en esta conjetura contrafáctica, de ese modo abrupto y desafiante, rupturista y sincero, automáticamente se habría convertido a la vez en un enemigo capital de Kirchner y en el gran candidato del peronismo opositor. En lugar de esa salida heroica, miró fijamente a Kirchner y calló. Quizás Scioli debería saber que, si uno es socio de un ser desquiciado y alucinado por el poder, nunca es demasiado temprano para empezar a decir adiós. Y debería saber también que una docilidad táctica como aquella de 2003 (cuando Kirchner lo humilló sacándole la Secretaría de Turismo) puede ser útil, pero tiene un inconveniente: fija un antecedente vergonzoso. Quizás Kirchner se animó a abochornarlo en público porque suponía que Scioli no se animaría a desafiarlo. A Kirchner, por su parte, sólo cabría recordarle que sus bravatas y sermones no son gratuitos: aun cuando los Sciolis callen, aun cuando nadie se anime a desatarse las manos en público y espetarle de una vez lo que verdaderamente piensa, el cuerpo inevitablemente se venga de los obsesivos.

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