LOS ARTIFICIOS DE JUDAS

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Quienes me conocen saben de mi repudio al Proceso Militar, al cual combatí desde mi humilde condición de trabajador, plegándome a cada paro o manifestación que ordenó la CGT del inolvidable Saúl Ubaldini contra la dictadura, por ejemplo en San Cayetano, el 7 de noviembre de 1981, o en la manifestación del 30 de marzo de 1982, duramente reprimidas, en tiempos en que tener esa actitud constituía un peligro físico real, puesto que regían leyes en virtud de las cuales bastaba la denuncia del patrón para que la patota pasara a buscar a quien se había plegado a la medida y lo sometiera a todo tipo de infortunios. No era mucho, pero era más que el silencio y la cobardía de quienes quemaban sus libros o los enterraban en su jardín, aterrorizados por la posibilidad de que las garras de la represión terminara alcanzándolos y tecleaban desaforadamente las máquinas de escribir en sus oficinas, con sus anteojitos hundidos en el papel para que el jefe no detectara “sus ideas extrañas al ser nacional”, ocultas bajo la máscara hipócrita del numerario aséptico, ajeno a cualquier preocupación política que lo transformara en blanco fijo. Digo esto con la esperanza de no ser categorizado como gorila, miembro de la Corpo y de la Opo, por los 6,7,8, que se han transformado en bioquímicos oficiosos para analizar la materia fecal ajena, sin atender al hedor que se desprende de las cobardías históricas de la propia. A partir de este alegato comienzo a reflexionar sobre cómo funcionaban los servicios de inteligencia de la guerrilla y de los milicos en tiempos en los cuales en la Argentina se libró una guerra de baja intensidad financiada por los imperios que se repartían al mundo por entonces: la URSS y los E.E.U.U. Datos históricos incontrastables que resisten hasta los caprichosos circunloquios de Felipe Pigna señalan que, mientras los guerrilleros recibían instrucción militar a través de la sucursal cubana del Imperio del Este, nuestros militares aprendían prácticas de contrainsurgencia (es decir de tortura y exterminio) en el Imperio del Norte, con la colaboración táctica de los mercenarios franceses, veteranos de la guerra de Argel. En esa operación siniestra que practicaron los imperios convocando a espíritus violentos y utilizando a países niños que aportaron sus gladiadores estúpidos y enfervorizados para dirimir sus diferencias, por entonces irreconciliables, cada uno de los bandos locales desarrolló sus servicios de inteligencia y formó su equipo de élite de “ traidores” para infiltrar la tropa del enemigo. Después de todo, sabemos que la inteligencia, pensada en función militar, no es otra cosa que la más sucia astucia, la que enseñó la cultura griega cuando introdujo el famoso caballo de madera tras las murallas de la invencible Troya, que resultó definitiva en el curso de esa guerra mítica. Por ejemplo, a inicios de 1976, una estudiante de 17 años, llamada Ana María González, se cambió de colegio. Vaya uno a saber porqué albures con su corta edad ya era Teniente de Montoneros. Su cambio de colegio no obedecía al propósito de mejorar su educación, sino a tomar contacto con María Graciela, hija del Jefe de la Policía Federal Argentina. El plan que le había impuesto el Señor 5 de Montoneros era seducir a María Graciela (lo cual consiguió) y tener acceso a la casa en la cual convivía con el General Cesario Cardozo, su padre. Tan eficaz fue su tarea que, en ocasión en que fue investigada por los servicios de la represión, intervino el propio General para liberarla del asedio, dando plena fe de su condición de mujer de bien. A tal grado llegaba la candidez del General que de acuerdo a las propias declaraciones de la Teniente González le regalaba entradas para ir al teatro. La noche del 18 de junio de 1976, mientras estudiaba con María Graciela, Ana María pidió permiso para pasar al baño y colocó una bomba de 700 gramos de trotyl bajo el colchón de la cama del General y su esposa, a la altura de la almohada, que reacomodó luego, para asegurarse de que no fallara. El general murió y su esposa y una hija menor de 3 años quedaron con secuelas graves. Poco después, en un canal de televisión foráneo, Ana María dio detalles de su hazaña vestida con el uniforme azul de Montoneros. Vuelta al país, un soldado conscripto, en un retén de rutina, antes de morir bajo la bala que le disparó, le perforó el hígado con su FAL y la mató. No obstante, la inteligencia montonera decidió incinerarla y figura en la nómina de desaparecidos. En 1976, se incorpora como coreano (agente colimba) a la Policía Federal Argentina Juan Carlos Salgado, por determinación de los señores 5 de Montoneros: Walsh y Verbitsky. Su misión era pasar información sobre el funcionamiento del comedor de Superintendencia de Seguridad Federal, en la calle Moreno, robar documentación, planillas en las que figuraran domicilios y números de teléfonos de jefes de la Policía Federal y mapas del comedor para encontrar el mejor lugar donde colocar la bomba vietnamita que pensaban introducir en el. Salgado comunicó que al comedor no concurrían jefes policiales, que quienes lo hacían eran personal civil y policías de baja graduación. No obstante ello, se decidió concretar la operación. La inteligencia montonera se inclinó porque la bomba fuera colocada a distancia media entre los zócalos y el techo para que la onda expansiva del artefacto, que contiene gran cantidad de bolas de acero, produjera el mayor daño posible, de tal modo que si no conseguía eliminar al enemigo le produjera el mayor daño posible. La bomba produjo 24 muertos y 66 mutilados. En 1977, el Señor 5 del Servicio de Inteligencia del Proceso Militar, consigue infiltrar entre las Madres de Plaza de Mayo al teniente de Fragata Alfredo Ignacio Astiz, miembro del Grupo de Tareas 3-3-2 de la ESMA, bajo el nombre de guerra de Gustavo Niño. Luego de varias incursiones en las misas de la iglesia Santa Cruz en Buenos Aires, alegando que tenía un hermano desaparecido, el “Ángel Rubio”, Alfredo Astiz, consiguió con sus ojos azules y su pelo clarísimo seducir a Azucena Villaflor. Tenía buenos modales, una capacidad de simulación sustentada en una belleza física irresistible y cumplía las órdenes encomendadas en secreto con una irreductible eficacia. La información que trasladó a sus superiores logró que la fundadora de Madres y las monjas francesas Alice Dumont y Leonie Douquet fueran eliminadas. Su eficiencia en la misión le valió condecoraciones sangrientas. Aztiz fue indubitablemente un Judas. Un Judas de similar eficacia técnica que la que tuvieron Ana María González y Juan Carlos Salgado al tiempo de realizar las tareas que les fueron encomendadas por sus supremos pontífices. Todos ellos respondían a la verticalidad de la violencia vesánica que se impuso en tiempos de dictadores y guerrilleros y que resulta intelectualmente incomprensible para los fachos y los zurdos light de hoy, que incurren en el anacronismo psicológico al tiempo de realizar sus superfluos análisis. Los tres creían que respondían a los designios imperativos de un cosmos que los privilegiaba erigiéndolos en mártires de una causa noble que los alejaba de cualquier admonición. Sería bueno que Astiz resultara definitivamente condenado a prisión perpetua, no solo por sus crímenes, sino por su calidad irredimible de idiota útil. Qué lástima que Ana María González y Juan Carlos Salgado ya no estén entre nosotros para poder aplicarles la misma condena. Y qué pena que unos pocos que sobrevivieron merced a la delación o al oportuno exilio y los reivindican como héroes, ocultos tras su ominoso silencio, estén encaramados en un gobierno oportunista, dispuesto a crear un relato histórico apócrifo para instalarse en la perpetuidad merced al sacrificio de sangre ajena, como los vampiros.

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