LOS CUATRO AJUSTES PERONISTAS*

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Por cuarta vez el peronismo enfrenta las consecuencias de sus políticas populistas. La primera fue después de la crisis económica desatada en 1949. Acabada la fiesta de la venta de trigo argentino a la Europa devastada de posguerra, en 1950 la misión Cereijo negociaba en los Estados Unidos un préstamo del Export Import Bank; en 1952, habiéndose tornado evidente la ineficacia de los precios rígidos del IAPI, el gobierno anunciaba nuevas cotizaciones para los productos exportables; en 1953, se impulsó una ley de inversiones extranjeras y ese mismo año, Perón subió de su bracete al balcón de la Casa Rosada al hermano del presidente norteamericano, Milton Eisenhower. Pero simultáneamente, Perón seguía apelando a la retórica antiimperialista. Y aún más: fue en esa época en que se radicalizó el autoritarismo como urdimbre compensatoria. Baste recordar la quema del Jockey Club –incluyendo los cuadros de Goya que albergaba– y de la sede del Partido Socialista, el adoctrinamiento a través de vergonzosos textos escolares, las afiliaciones compulsivas, los artistas perseguidos –como Libertad Lamarque o Atahualpa Yupanqui–, los libros prohibidos, el caso del asesinato de Juan Duarte, la prisión de intelectuales como Victoria Ocampo o el uso de la picana eléctrica en las comisarías. La segunda ocasión fue en 1975. Después del fracaso de las políticas de corto plazo implementadas en 1973 –congelamiento del tipo de cambio, precios máximos, campañas contra los comerciantes acusados de agio y especulación–, desperdiciando la suba epocal del precio internacional de los cereales, en junio de 1975 se designó como ministro de Economía a Celestino Rodrigo, quien produjo una devaluación de 15 a 30 pesos por dólar, aumentó la nafta un 200% y presionó a los dirigentes sindicales para suspender los aumentos salariales. Al mismo tiempo, se implantó el terror estatal con el funcionamiento de la Triple A, que operaba desde los sótanos del Ministerio de Bienestar Social y prenunciaba las mazorcas procesistas. El tercer ajuste fue en 2002. Después de la fiesta menemista, financiada con la venta de activos públicos, el endeudamiento externo y un paulatino atraso del tipo de cambio, lo que generó una cosmética de bonanza y crecimiento, se produjo una devaluación brutal, la moratoria de deudas privadas, la pesificación, el default, una brusca caída de los salarios y un drástico desmoronamiento del mercado. El delay de la crisis, que atravesó incluso el gobierno neomenemista de De la Rúa, no puede ocultar las fuentes peronistas del desquicio. Al mismo tiempo, el gobierno implantaba la violencia y perseguía y mataba a dirigentes sociales como Kosteky y Santillán. 2011 marcó el fin de otro jolgorio peronista: espesa red de subsidios, aumento artificial del consumo y gasto irresponsable (del fútbol para todos a la corrupción de los “sueños compartidos”), todo financiado con impuestos abusivos sobre el campo que impidieron que la bonanza internacional se tradujera en un boom argentino. Pero esta vez el sinceramiento parece que no llega si se mira el nombramiento del inexperto Axel Kicilof o el ascenso del perito en brujerías, Guillermo Moreno. La quita selectiva de subsidios, la resistencia policial a la devaluación que impone el mercado, la presión a los sindicalistas díscolos y la alianza con la UIA parecen, más que el suero indispensable que aguarda un enfermo grave, un burdo placebo de curandero barrial. Además, ¿cuál será ahora la compensación simbólica para este ajuste bonsai? Como en los 50, continúa la estética antiimperialista, surge un abundante culto a la personalidad –calles, monumentos y torneos se llaman Néstor Kirchner–, hay purgas internas implacables ante la menor sospecha de objeciones, los propios ministros son espiados clandestinamente, nace La Dorrego: un instituto revisionista destinado a urdir una historia sin compulsa de falsación e integrado por comisarios políticos, aparecen “aprietes” a opositores en el Conicet, los dineros públicos se usan con fines partidarios, hay censura a artistas, periodistas y medios que no se amoldan al “modelo” y hasta circulan versiones inquietantes de confiscaciones y persecuciones. Si el futuro homologa estas dos temibles insinuaciones, como en un Leibniz al revés, en la nueva crisis anidaría el peor de los mundos posibles.

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