LOS DESAFíOS DEL POSKIRCHNERISMO

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Todas las encuestadoras señalan que los Kirchner están por debajo del 20 % de imagen positiva, de manera tal que su caudal electoral se ha reducido a la insignificancia. Es verdad que en 2002 Kirchner tenía apenas un 6 % de intención de voto y en 2003 llegó a la presidencia, pero el umbral de rechazo ahora es superior al 55 % y en 2002 los Kirchner eran prácticamente desconocidos, con lo cual su posibilidad de potencial crecimiento era muy distinta que ahora. Bajo tal premisa, es esperable (salvo la existencia de fraude electoral o un escenario extravagante) que en 2011 haya un gobierno de signo diverso, ya sea neoradical (Cobos) o bien peronista disidente (Reutemann o Macri). Por ende, sería interesante discutir algunos puntos para no recaer en errores. Molesta tener que criticar a Menem, porque el famoso matrimonio monárquico ha hecho su agosto político a costa de satanizar la década de los 90, molesta criticar a Menem porque la idea privatizadora (aunque no las privatizaciones en sí, tal como fueron hechas) era correcta, lo mismo que todas las medidas de desregulación. Pero, si queremos meditar la Argentina en serio y no quedarnos en la superficie de los ladridos carnavalescos, hay que hablar no ya de una restauración noventista sino de una superación. Todo cambio de escenario descoloca a ciertos actores sociales. España pasó también por ese purgatorio, pero rápidamente encontró una salida para “los parados”. Menem en 1989 se encontró con la hiperinflación, que –después de algunas vacilaciones iniciales- logró domesticar con pericia, con empleos públicos que no eran trabajos genuinos sino becas encubiertas, con empresas como ENTEL que eran fábricas de juicios y con industrias que subsistían exclusivamente por la protección estatal. Para terminar con ese escenario descarriado había que privatizar. Había que disolver las barreras arancelarias. Había que terminar con la sobrevaluación del dólar de los 80. Menen lo hizo, para decirlo en sus propios términos. Pero también había que liberar la cotización de la divisa. Y esto ultimo no lo hizo. Aquí es donde Domingo Cavallo y Roque Fernández sostienen que si liberaban el tipo de cambio el dólar hubiera caído aún más, dado que había mucho ingreso de divisas. Es verdad, pero lo que no aclaran es que, si se hubiera puesto límite al ingreso de capitales “golondrina”, como hizo Chile, y al endeudamiento, la liberalización del mercado cambiario habría sido posible. Y la rigidez del dólar impidió expandir la exportación que, si bien subió, no lo hizo en la medida que el endeudamiento requería. Se sobrevaloró el mercado interno, y especialmente la producción de servicios, porque eso daba votos. Vivimos por arriba de nuestras posibilidades, consumimos una proporción exagerada de lo que produjimos. La consecuencia fue que pueblos enteros como San Nicolás pasaron de vivir de SOMISA (una industria subsidiada) a inventar los improbables milagros de la manosanta Gladys Motta para sobrevivir del turismo religioso. Quedó el tendal de una generación entera sin cultura del trabajo, que hoy luce irrecuperable. Todo esto se agravó con el penoso gobierno de De la Rúa, la urdimbre de piqueterismo prohijado por Duhalde y la escandalosa década de los Kirchner, pero lo importante es pensar para el futuro: el próximo Presidente se enfrentará a los dilemas del nivel del tipo de cambio, del proyecto de país en términos de ecuación de mercados (interno o externo, aliento del consumo doméstico o de la exportación), de cómo dotar de seguridad jurídica al país y de cómo encarar el fenómeno de reprivatizar lo que los Kirchner estatizaron (e incluso de lo que se apropiaron, porque hay empresas que los Kirchner pasaron a manos amigas que quizás deban ser expropiadas para luego reprivatizarse de modo transparente). Será en esas operaciones donde la experiencia de los noventa tendrá que ser fecunda y no meramente anecdótica. La secuela tardía, el fleco del entusiasmo menemista sin red es un plantel de vagos rígidos, que no saben qué es un reloj despertador. Muchachos jóvenes a los que no se les pasa por la cabeza que la vida “hay que ganársela”. No digo que esto sea producto de la exaltación del individualismo. No es un tema filosófico. No, es algo más simple: Menem supuso que el mercado absorbería rápidamente esa mano de obra expulsada, sin advertir que no ponía las condiciones para que ello ocurriera: libertad de cambio, seguridad jurídica y control al ingreso de capitales excesivamente ágiles. Produjo una verdadera revolución, necesaria en algún punto, pero cuyos riesgos, cuyos cimbronazos internos no fueron debidamente evaluados. Obviamente que es una exageración echarle toda la culpa de la crisis del 2001 a Menem. También es un exabrupto echarle la culpa de la delincuencia actual. Pero, del mismo modo que no puede operarse un cuerpo sin darle asistencia artificial mientras dura la intervención, no puede encararse un cambio drástico de las reglas de juego –aunque los que queden afuera sean aprovechadores o malos jugadores- sin una política de coyuntura que evite que los músculos sociales se endurezcan y atrofien. Y, sobre todo, sin poner las condiciones para que la reconversion se produzca rápidamente.

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