LOS GRANDES PROPÓSITOS

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Así como nunca se supo bien el destino de los sesenta millones de dólares del rescate de los hermanos Born, secuestrados por Montoneros, es un misterio el destino de los seiscientos millones de dólares de las regalías petroleras mal liquidadas de Santa Cruz, en manos de los Kirchner, gracias a las privatizaciones de Menem que ellos apoyaron fervorosamente en los “malditos 90”. Es que las revoluciones también necesitan financiación de fondos clandestinos. El mismo Fidel recibió el apoyo financiero de organizaciones estadounidenses y de empresarios cubanos cuando combatía a Batista, sin denunciar aún que era marxista leninista. Más tarde la Unión Soviética lo dotaría de los recursos que hacían falta para imponer la revolución cuando denunció su verdadera identidad ideológica. Es que al dinero no sólo lo necesitan los golpes de derecha para llevar a cabo sus propósitos sino también la insurrección de izquierda para difundir ideología y cambiar el orden imperante. Es verdad que la derecha goza de una acumulación natural de capital, porque quienes lo poseen comulgan siempre con un régimen que les permita aumentar ganancia, porque saben que su inversión tendrá un rédito seguro. Es mucho más riesgosa y aventurada la inversión en una revolución de izquierda, aunque a veces produce más dividendos que el capital apostado a manos de la derecha. Es así que Los Kirchner, nuestros abanderados de los derechos humanos, nuestros sensibles profundizadores de un modelo inclusivo en franca oposición al neoliberalismo a la turca que primó en los 90 bajo el sultanato de Menem, en medio del aplauso y la genuflexión de la mayoría de los políticos argentinos, algunos de los cuales integraron o integran hoy el gabinete revolucionario de Cristina, escamotearon seiscientos millones de dólares de Santa Cruz con el interés no confeso de salvar su fortuna mal habida elevando y financiando la bandera de los grandes propósitos. Nadie sabe decir a ciencia cierta cuál fue el destino de esos cientos de millones de dólares de las regalías que permanecen en una nebulosa financiera indescifrable: los periodistas especializados no encuentran el hilo de Ariadna que los ilumine para ilustrarnos sobre su destino. Ningún ser humano puede dejar de sensibilizarse ante madres cuyos hijos fueron torturados y muertos ni ante abuelas cuyos nietos fueron secuestrados y dados en adopción a militares eunucos con esposas estériles. Nadie puede oponerse a ninguna medida que implique que quienes fueron más castigados por los malos gobiernos reciban al menos lo que necesitan para subsistir. Nadie puede estar en desacuerdo con que quienes concibieron y ejecutaron la masacre de los setenta terminen tras las rejas expiando sus culpas. Aun aquellos que fueron funcionales a la catástrofe, por ejemplo Mario Firmenich. Sólo molesta que lo bueno de este gobierno provenga de una impostura original. Bajo las balas murieron combatientes, las mazmorras se llenaron de estudiantes que pensaban feo y de delegados combativos que terminaron hundidos en el Río de la Plata con cemento de fraguado rápido bajo sus pies. Existieron quienes no soportaron la tortura y salieron a marcar al azar a sus propios compañeros a los cuales condenaron a muerte y se muestran hoy con el pecho inflado como progresistas puros. No es cuestión de culpar a los que se salvaron de la muerte, pero da bronca que la historia la cuente el desertor cuando la batalla produjo héroes. Y la deserción de los Kirchner está graficada en su triste papel de “perejiles” detenidos por averiguación de antecedentes, pese a la insistencia de La Cámpora en que esto los transforma en víctimas de la represión y pese a las fotografías ominosas de Néstor junto al militar que gobernaba Río Gallegos. ¿Quizás los militares hayan llegado tan lejos en sus torturas como para privar a Cristina de su maletín de maquillaje? Su huida desde La Plata a Santa Cruz no fue para rearmarse y volver a combatir, sino para medrar en medio del infortunio del país y acumular fortuna hasta que soplaran mejores vientos. ¿Es éste un gobierno de Montoneros, como sostiene el filósofo peronista Silvio Maresca, o es más bien un gobierno de delatores y de “perejiles” que sugirieron nombres ante el primer cachetazo? Una posible aproximación a la respuesta es pensar que los Montoneros que no entraron en “el negocio” de la guerra contra la subversión están muertos. Los compañeros que combatieron y los que simpatizaban con ellos ya no existen. Y da vergüenza ver a este estamento de delatores y perejiles junto a muchachos con la piel pálida por el aire acondicionado de la oficina, que la juegan de intelectuales, trasegar detrás de una utopía muerta, creando un 6,7,8 con periodistas seseosos y cantores de bosanova fracasados para convencernos a todos que, si no pensamos como Cristina, somos unos terribles gorilas que no merecemos siquiera consumir el aire que respiramos. Nadie sabe dónde están los seiscientos millones de los cuales sólo Cristina y algunos más conocen su destino. Me viene a la memoria que la historia cuenta que después del desastre de Cancha Rayada, única derrota de San Martín, cuando el General Las Heras se presentó ante él, con su uniforme destrozado y el cuerpo herido por la metralla, nuestro máximo héroe ordenó a su asistente que le entregara su mejor uniforme. Pero el mejor uniforme del General San Martín tenía un ominoso remiendo en los fundillos del pantalón. Eso: ¿es más o menos que ser dueña de un portentoso hotel en El Calafate?

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