LOS HIJOS DE CLARÍN

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La película Vincere muestra que Ida Dalser se casó y tuvo un hijo con Mussolini antes de que éste accediera al poder en Italia, en 1922. Tanto el matrimonio como la filiación del niño, Benito Albino, quedaron asentados en el respectivo Registro Civil, a tal punto que el niño llevaba el apellido del dictador y ella se quedó con copia auténtica de las partidas.

Sin embargo, Mussolini tenía ya otra relación con Rachele, a la que podríamos llamar “su mujer legal”, de modo que abandonó a Dalser e hizo desaparecer de todos los registros públicos las constancias de la nupcia y del reconocimiento del niño.

Como Dalser no se resignaba a quedar como una amante secreta y se presentaba abiertamente como su mujer, y mandaba cartas proclamando a todo el mundo cómo eran las cosas en realidad, Mussolini –ya en el poder- la hizo pasar por loca, la hizo internar en un manicomio y le infligió incesantes maldades.

La mujer tenía los documentos que probaban que lo que ella decía era cierto, pero no se animaba a exhibirlos porque temía que la “justicia mussoliniana” los destruyera, y se perdiera así la única evidencia que quedaba de su situación, de modo que los escondió. Prefería una justicia tardía y eventual a la chance casi nula de que los esbirros de Mussolini atendieran su queja.

Con esta historia pretendo señalar que, a veces, contar con la documentación probatoria no sirve de nada. Específicamente, en medio de una dictadura las pruebas pierden espesor, pierden capacidad de garantizar el éxito judicial.

Hace unos días, en una reunión privada, un hombre que mandaba en Clarín por aquellos años 70 me confirmó lo que Morales Solá insinuó en su nota de La Nación: los dos hijos de Herrara de Noble no tienen nada que ver con personas desaparecidas ni con niños apropiados. Él mismo había intervenido en los hechos y podía dar testimonio de primera mano.

Puede ser que haya habido una adopción irregular, puede ser que se hayan soslayado pasos legales, pero los dos muchachos no son hijos de desaparecidos.

La pregunta que formulé entonces es por qué, si esto es así, los hijos de Ernestina entorpecen la causa, por qué no tratan de despejar la incógnita, por qué no se someten voluntariamente a las pruebas de ADN. Y la respuesta fue la moraleja de Vincere: en un régimen como el que va trazando el kirchnerismo no hay garantías de que no se cambien las pruebas, de que no se alteren los resultados genéticos.

En un régimen donde la legalidad pasa a ser un prurito burgués el justiciable no puede someterse ingenuamente, bajando la guardia, a las solicitudes de los funcionarios y jueces, que presuntamente podrían ser lacayos de una secreta conspiración.

Todo esto está en el terreno de las conjeturas, más allá de la homologación que recibí de una fuente privilegiada y que me merece el mayor respeto. El ensañamiento con Fibertel no hace sino validar la hipótesis de que en la Argentina ya no hay reglas.

En todo caso, el solo hecho de que los hijos no se animen a prestarse a los análisis, aunque fuera una fantasía la idea de la conspiración, prueba que en la Argentina de hoy reina un clima tóxico, casi diríamos irrespirable.

Hay un lento deslizamiento de un sistema a otro.

Bajo estas condiciones, las elecciones del 2011 no son una opción entre tres candidatos más o menos malos, sino entre dos sistemas: la democracia republicana, de un lado, o bien internarnos en los vidriosos senderos del totalitarismo, por más disfrazado de nacional y popular que esté, del otro.

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