LOS HIJOS PUTATIVOS DE ALFONSÍN

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Esta mañana pasé por el Salón Azul del Congreso y rendí homenaje al hombre que en 1983 nos devolvió la doble alegría de experimentar que volvíamos a la democracia y que había un sistema bipartidista. Recuerdo que al ir a votar sentí que estaba incidiendo en el destino de mi patria, algo que nunca más volví a sentir en un país gradualmente diezmado por clientelismos canallescos. La dictadura quedaba atrás. El peronismo, aparentemente invencible, caía vencido. Hay toda una generación que votó por primera vez en 1983. Esos ciudadanos hoy tienen menos de cincuenta y tres años y nunca han estado en el poder. El turno que viene es, quizás, el de esa generación que respiró aliviada con la emergencia de ese hombre puro que llegó recitando la Constitución Nacional.

Los que hoy gobiernan son los que votaron por primera vez en 1973: vivieron la violencia de los ’70 desde adentro, como protagonistas, y, tal vez por eso, piensan la política como confrontación constante, lucha, aniquilación del adversario y, en definitiva, unipartidismo autocrático. Los que votamos por primera vez en 1983 contemplamos la doble violencia de la guerrilla en el primer lustro de los ’70, y de los militares en el segundo, pero no desde adentro, no como adultos politizados, activos, sino como espectadores azorados y avergonzados. Es una generación distinta: apela mucho más al consenso, cree más en la democracia y en el diálogo.

Así como Marcel Duchamp inauguró el arte conceptual mucho antes de que existiera como corriente, Raúl Alfonsín fue la cabecera de playa de lo que será el próximo turno de gobierno, si le toca asumirlo a esa generación que votó por primera vez en 1983. Su legado es la institucionalidad, el esfuerzo por construir las ideas de República y Democracia con mayúsculas. En una palabra: el rechazo del decisionismo caudillista y autoritario. A la mezcla de ética principista (que exhibió en el juicio a las Juntas) y ética consecuencialista (que mostró en Semana Santa) la generación que votó por primera vez en 1983, los hijos putativos de Alfonsín, deberá añadir la eficiencia y racionalidad económicas. Más allá del juicio crítico que pueda merecer su gestión, el legado de este hombre atraviesa los partidos políticos y les insufla un fuego de amabilidad del que carecían (al fin de cuentas era un problema generacional). Tanto en el neoradicalismo de Cobos y Carrió como en el neoperonismo de Reutamann y Macri podrán coaugalarse ambos rasgos. El autoritarismo es lo viejo, seguirá pataleando un poco más, como esos insectos que no terminan de morir, pero esta generación del ’83 ya llega con sus ideales irreversibles. Alfonsín, con su muerte consagratoria, dota a la Argentina de una segunda piel.

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