LOS PININOS DE PINO

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Con su perfil afilado y su melena blanca a lo Vinicius, Pino Solanas acapara poco a poco el interés de los medios. Hasta Grondona titubea cuando el cineasta denuncia el saqueo de los recursos naturales, clavándole su mirada de halcón, y sólo atina a calificarlo con el epíteto presuntamente agraviante de “político romántico”, para disimular su turbación ante un tipo situado en las antípodas de su pensamiento pero que se expresa con un apasionamiento lúcido.

Es que Pino es parte de la izquierda nacional “con la que se puede hablar”. Como Binner. Sostiene que Proyecto Sur es un punto de encuentro ajeno a todo sectarismo y parafrasea a Perón cuando afirma: “A esto lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie”.

Se formó intelectualmente junto a Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche y pese a cualquier esfuerzo ficcional que se haga es imposible imaginarlo abrazado a Luis D’Elía o a Edgardo Depetri, portando un chaleco amarillo y encabezando un piquete. Tiene más bien el aspecto de un tipo de tertulias sesudas, tomando el té bajo las magnolias en el atardecer de San Isidro. No es vano entonces que el modosito de Felipe Solá haya expresado que hay que recuperar el espacio del peronismo no kirchnerista y que en estos términos rescataba el “progresismo” de Pino. Raro, porque el pensamiento de Pino resulta más regresivo que progresivo. No obstante, a veces el progreso es reaccionario y a veces la reacción es progresista, dijo el maestro Ernesto Sábato.

Es que en este reino de la impostura que es la política argentina, ni Solá es tan macrista ni Pino Solanas tan izquierdista. Y no está mal que ocurra esto. No está mal por ejemplo que Cobos luche por regresar a un radicalismo al que abandonó para sumarse a la aventura kirchnerista, dispuesto a transformarse en una opción electoral seria para el 2011. No está mal que Duhalde amenace con calzarse el chambergo y subirse al palco sacramental del Partido Peronista para excomulgar a aquel al que alguna vez prohijó (después de todo, el arte del ajedrez le enseñó que a veces el buen manejo de un error vale más que ciertos éxitos). No está mal que Lilita denuncie focos de corrupción hasta en un jardín de infantes y se erija en una suerte de San Gabriel en lucha contra el dragón para evitar que la patria caiga definitivamente en el averno. Detrás de estos vaivenes sólo se oculta el inmovilismo, la pretensión de infalibilidad, la rigidez jactanciosa de los necios. Y no está mal que así se manifiesten a los ojos de todos para que nadie alegue después que no tuvo oportunidad de ver. Ninguno de los personajes mencionados entiende que en este universo ultramoderno, que impone lo efímero, la sobreexposición y la persistencia en las obsesiones sólo lleva al hartazgo popular. Y por esas grietas se cuelan fenómenos que mezclan la tradición profunda con la deconstrucción, como Pino Solanas.

Pino podría ser el Lagos que tuvo Chile y que la Argentina no supo engendrar. Poco importa que se trate de un intelectual que sólo ha tenido experiencia parlamentaria y se ha dedicado exclusivamente a cuestiones que tienen que ver con la cultura. Tiene una voz ronca, habla con un lenguaje sencillo y cuenta con el favor de los medios, que desconcertados ante su propia implosión recurren a él para preguntarle hasta el pronóstico del tiempo. Los pueblos suelen establecer vínculos con personalidades simbólicas, olfatean los vientos y se dejan llevar por ellos. A veces hasta apuestan por la derrota menor.

Pero cuidado, en caso de que la historia lo convoque e ingrese al reducido grupo de políticos con oportunidad de gobernar la Argentina, deberá matar algo en sí mismo, deberá mutilarse, amputar esa vocación que tiene por el pobrismo. Por insistir con la letanía del obrero explotado, el coya, la quena y el lamento en el cerro. Sólo así podrá convertirse en un estadista y se liberará del peligro de confundir las partes con el todo. Ésta es la estrategia, poco moral si se quiere, pero ganadora. Una cosa es ocuparse realmente de los pobres, dándoles oportunidad de trabajar, alimentarse y educarse, y otra cosa es valerse de ellos merced a planes miserables y droga barata para perdurar en el poder y terminar justificando el asesinato de burgueses inocentes y el ominoso corte de calles y avenidas por hordas encapuchadas.

Me jacto de tener casi una visión adivinatoria del poder y creo que si su espacio vital le da oportunidad de permanecer en este mundo, Pino Solanas tendrá cosas para legarle a la comunidad. Soy un convencido que no puede haber reforma económica sin reforma del sistema político. Y el manejo de los recursos naturales conforma el núcleo duro del instinto de sobrevivencia geopolítica de nuestro país. Desde este ángulo, y con mis naturales reservas de protoperonista antropológico, le apuesto un par de fichas al hombre de la melena blanca y los cachetes colorados.

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