MADRID ERA UNA FIESTA

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Como acertadamente señaló la curadora argentina Andrea Giunta, el público del arte se ha diversificado, no es sólo el que va a los museos: hoy una feria de arte recibe a coleccionistas pero también a jóvenes y curiosos poco familiarizados con las artes visuales. No ha disminuido el público del arte, sino que se han complejizado las estrategias de exhibición y comunicación. A ello se añade la crisis europea en general y la española en particular (con una drástica rebaja en las compras de arte por parte de las instituciones públicas), contexto en el que se inscribe la 31ª edición de ARCO, inaugurada bajo la mirada admonitoria de los Príncipes de Asturias. Hubo dos focos en la feria: uno fue la participación de galerías holandesas, invitadas especialmente; el otro, los llamados Solo Projects: Focus Latinoamérica. Este último (consistente en la exhibición de una única obra previamente seleccionada por un comité) tuvo una considerable intervención de la Argentina, aunque a mi modo de ver sólo dos galerías de las cinco que participaron, tanto por la calidad de las obras como por la permanente presencia de sus titulares en el predio ferial, cumplieron acabadamente la misión: Ignacio Liprandi llevó la obra Recursos Naturales, de Adriana Bustos, que es una reflexión sobre distintas mujeres que fueron adoptadas como “mulas” por el narcotráfico y cuyas vidas cambiaron abruptamente a raíz de ello, mientras que Vasari, con Marina Pellegrini siempre atenta en su stand, llevó Máquina de hacer color, de Karina Peisajovich, una suerte de videoinstalación caleidoscópica. Los expositores generales iban desde la pretenciosa Marlborough, con su Francis Bacon de 11,5 millones de euros, hasta la malagueña galería Alfredo Viñas, con las humildes pero interesantes instalaciones de Javier Callejas, tasadas en 1.000 euros; pasando por las esculturas desgarradoras de Bernardi Roig que ofrecía la galería madrileña Max Estrella a un promedio de 16.000 euros; o las fotografías fabulosas en blanco y negro de Alberto García Alix (el Robert Mapplethorpe español, aun cuando es menos estilizado), ofrecidas por la pintoresca Juana de Aizpuru, con su emblemático casquete pelirrojo ahuecado coronando su cabeza, a 12.000 euros; o las impresiones sobre metal de Germán Gómez y César Delgado, exhibidas por Fernando Pradilla y por las cuales se interesó personalmente la directora del Centro Pompidou. Franco congelado. La polémica estalló con la obra de Eugenio Merino exhibida en el stand de ADN, consistente en un Franco metido en una heladera de kiosco: un Franco menguado, blando, con las rodillas encogidas, con anteojos ahumados, presentado justamente en momentos en que Baltasar Garzón fue condenado a raíz de las denuncias de una organización neofranquista. En ese sentido, el nombre de la obra, Always Franco, intenta sugerir que la presencia de Franco sigue congelada en el imaginario colectivo como un atavismo terco, lo que cobra especial interés por el doble hecho de que Merino, el provocador artista, nació el mismo año que murió el dictador, 1975, y porque miembros de la Fundación Francisco Franco entablaron una querella judicial por considerar que la obra genera enfrentamientos y es ofensiva. El stand de Ivorypress, donde se detuvo y agachó especialmente el Príncipe Felipe de Borbón para tocar una obra que consistía en instrumentos musicales derretidos, se destacaba aún más por la presencia del famoso arquitecto Norman Foster, dado que la dueña es su mujer española. Pero las obras que más me impresionaron fueron las de Karmelo Bermejo expuestas en la galería Maisterravalbuena. Lo primero que observé fue una pepita de oro macizo de 9,5 gramos pintada de oro falso. Hasta ahí la interpretación podía permanecer en un terreno más o menos lúdico. Pero la siguiente obra era una pieza arqueológica precolombina, que el artista había adquirido con dineros públicos (que le habían otorgado como un subsidio) en una subasta europea, a la que posteriormente le había dado una pátina de falsa antigüedad. Aquí a lo lúdico ya se le añadían otros elementos: la expoliación arqueológica y la falsificación de piezas. La tercera obra despejaba toda duda. Se trataba de una serie de documentos oficiales y bancarios que hacían el seguimiento del pedido y devolución de una subvención dada por el Ministerio de Cultura para realizar obras de arte que el artista no había hecho en el plazo otorgado. Ya este trabajo daba total centralidad al tema del dinero público: ¿Cómo usarlo? ¿A quién subvencionar? ¿Con qué criterio? ¿Cómo administrar los impuestos que los ciudadanos pagan? Para una Europa enredada en la paradoja de que, cuando aún existe hambre, ha caído en una crisis por exceso de consumo artificial y despilfarro populista, para una España en la que la corrupción roza a la familia real, para una Argentina contaminada de subsidios que esconden favoritismos y venalidad, el arte más contemporáneo viene a encender alarmas y a interpelarnos con preguntas culminantes. © LA GACETA

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