MILAGRO

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El último jueves, por la tarde, entró al bar de un hotel céntrico un grupo de tipos fornidos, con anillos cromados y tatuajes. El periodista que estaba sentado a una mesa, leyendo un diario, los observó con asombro. Ostensiblemente eran patovicas, matones, pero entrañaban también el epítome del kitsch.

El circunstante miró la escena con fascinado asombro y se preguntó a quién protegerían esos mastodontes en musculosa. Al rato la situación se aclaró: en ese lobby le estaban haciendo una entrevista a Milagro Sala, que hablaba con fluidez y precisión. La capacidad que tiene para hilvanar vocablos, conceptos y frases es muy superior a la del docente D’Elía, con quien por esos días había hecho una marcha. No es especialmente culta, ni erudita, pero es algo más que una mujer astuta.

Hay personas de clase media, que viven en barrios aventajados de Buenos Aires, que han llegado a decirme que me lave la boca antes de criticar a Milagro Sala. En una conferencia que yo estaba dando el año pasado, en la sede de una institución de beneficencia, junto a María Sáenz Quesada, ni bien menté a esta señorita jujeña la anfitriona tembló en la primera fila. Algunos alientan la posibilidad de que aspire a la gobernación de su Provincia.

Prestemos atención a sus propias palabras: “Inauguramos la Sede Central (de la organización Tupac Amaru), que tiene consultorios de todo tipo y hasta un tomógrafo, porque para nosotros la salud es primordial; la sede, además, tiene un polideportivo, pileta y un museo. Hicimos la Red de Organizaciones Sociales de Jujuy y armamos la Constituyente Social, a la que vinieron dirigentes de todo el país, de Latinoamérica y del mundo. Y también inauguramos la Cooperativa Textil, donde trabajan 400 compañeras. Las fábricas que tenemos son un orgullo”.

Además de la empresa textil, que fabrica guardapolvos, tienen una empresa que fabrica adoquines y otra metalúrgica.

Su postura ideológica no difiere de un marxismo indigenista. Si bien ella reivindica a Eva Perón, es más marxista que evitista, porque Eva regalaba (con dinero ajeno, desde luego) cosas que la gente necesitaba (colchones, pensiones, casas) mientras que Milagro Sala apunta más bien a levantar fábricas para que la gente trabaje en ellas. La diferencia, entonces, con Eva es que en lugar de regalar el pescado Milagro regala la caña de pescar. Hasta aquí podría pensarse que es como cualquier empresario capitalista, pero hay varios problemas.

Primero: esas fábricas las levanta con dinero que le da el Estado que, a su vez, se lo quita a los contribuyentes.

Segundo: lo que fabrica se lo vende al propio Estado o lo usa para promover su accionar o los del gobierno benefactor.

Tercero: a cambio de esos beneficios estatales proporciona al oficialismo una fuerza de choque contra los opositores y llena los actos y marchas con los afiliados de su organización. ¿No empieza a sentirse entonces cierto tufillo a fascismo? Para completar el cuadro, Milagro emprende su crítica a los políticos tradicionales, que ella llama ¨politiquería barata”. Seguramente para oponerla a la “politiquería cara”, que es la que ella hace regalando el dinero que le da el Estado cuando entrega casas a cambio de nada. Aunque ese “nada” claramente esconde la falacia evitista de que el pobre que recibe una casa es un voto cautivo por cincuenta años.

En cuanto a su indigenismo hace aún más claro su mohín discriminador y fascista. Volvamos a sus palabras: “No hace falta levantar un arma para hacer la revolución. Y el Evo hizo eso. Un cambio social muy fuerte está haciendo. Ellos nos ayudan a nosotros a seguir construyendo un nuevo país, un nuevo Jujuy. Lo consideramos nuestro referente territorial”.

Y añade: “La otra vez un antropólogo italiano me decía que nos tenemos que reconciliar. Y yo le decía: Yo no me tengo que reconciliar con vos. Son ustedes los que nos tienen que devolver todas las cosas que se robaron de nosotros. De nuestros abuelos. Nos tienen que devolver toda la arqueología que se han llevado para Europa. El día que nos empiecen a devolver, hablemos de reconciliación. Antes no. Yo no fui a invadir Italia o España, a profanarles una tumba para ponerla acá, en una vidriera. Y tampoco maté gente. No maté hermanos de ellos. Ellos sí hicieron eso con nosotros. Y no mataron a uno: a nombre de la liberación, de la cruz, de la reina y de no sé qué carajo más, mataron a muchos. Nos robaron lo más valioso, nos quisieron robar hasta la identidad. Se llevaron todo. Porque los materiales los podés recuperar, pero la identidad, no”.

Omite Milagro Sala un hecho transcendental: que sus opiniones las emite en un idioma tan tranquilamente europeo como el español y que la actual identidad argentina no es ni indigenista, ni americanista ni aborigen, sino básicamente europea. ¿O son acaso mayoría los coyas por sobre los millones de inmigrantes españoles, italianos, judíos, franceses o armenios que todos los días trabajan y levantan nuestra patria?

El problema es que Milagro Sala es racista, peligrosamente racista. Un racismo al revés, resentido y delirante, que propicia el atraso, porque dio la casualidad de que los aborígenes fueron desplazados por los españoles y su cultura fue de algún modo sepultada por una razón básica: porque no tuvieron capacidad de defensa frente a una cultura que había alcanzado un estadio de avance superior.

¿O no son acaso superiores las armas de metal a las de madera? Los arrasaron del mismo modo que la moneda fuerte arrasa a la espuria, del mismo modo que una belleza despierta más pasión que un esperpento, del mismo modo que una guillotina más pesada corta más que una más liviana. Es el camino de la ciencia.

Milagro Sala puede hoy ganarle Jujuy al senador radical Morales, porque sus dádivas kirchneristas calan en lo hondo de un pueblo hambriento. Hambriento no por las políticas neoliberales, como repiten los estúpidos, sino por décadas de peronismo dirigista y ausencia de liberalismo. Morales es a mi modo de ver un político muy pobre, pero Milagro Sala es peligrosa. No es Mandela, es Evo. Milagro Sala apunta a una Argentina donde haya una igualación hacia abajo. Urge denunciar a estos impostores que quieren que la Argentina se parezca a la Bolivia indígena y suspersticiosa más que a la Europa de Platón, Descartes y Hume, a estos patanes que prefieren a la Venezuela de Chávez antes que a los Estados Unidos de Faulkner, Hemingway y Obama.

Urge desacreditar a quienes prefieren la dádiva en forma de salario subsidiado al gran progreso material y moral. Urge erradicar el amor por lo arcaico.

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