NOBLEZA

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Un análisis mínimamente perspicaz indica que los hijos adoptivos de la señora Ernestina Herrera de Noble conocen desde hace mucho tiempo su verdadera filiación. Ella es una mujer educada, con acceso a la psicología de primer nivel, que seguramente -aun antes del estallido del escándalo con el cual se pretende meterla presa y expropiarla, directa o indirectamente- ha hablado con sus hijos las circunstancias en las cuales estos fueron adoptados. O sea que Felipe y Marcela han tenido la oportunidad de juzgar a su propia madre y los eventuales artilugios que ha utilizado para evadir la acción de la justicia. Hace mucho tiempo que la deben de haber absuelto de culpa y cargo y no están dispuestos a que la venganza disfrazada de justicia los condene a ser los verdugos de la mujer que se ocupó de ellos durante largos años. Los hijos de Ernestina son adultos, mayores con una buena educación, que cuentan con el caudal de pensamiento especulativo imprescindible para analizar libremente las circunstancias en las cuales su madre decidió adoptarlos y han resuelto sobreseerla de su actitud. Es decir: es una falacia absoluta pretender que ellos han sufrido una suerte de lavado de cerebro que les impide comprender su condición, como si se tratara de autómatas a los cuales se les implantó un chip con una memoria cibernética. Jamás cuestionaron el entorno familiar ni la educación que recibieron, y es de suponer que los primeros que renegarían de su madre adoptiva y se transformarían en los acusadores, si ésta no hubiera cumplido con eficacia su rol o supieran que la animó un pensamiento perverso, serían ellos mismos. Sin embargo, las Abuelas -que luchan legítimamente por el derecho a recuperar sus nietos apropiados por la dictadura militar, al amparo de un régimen neomontonero de utilería, cuyo único basamento es la usura ideológica-, se han transformado en una suerte de erinias dolientes que no vacilan en someter a las supuestas víctimas de apropiación a una suerte de picana política-judicial a través de la cual se trata de lograr acríticamente que entreguen el material genético que hace falta para poder por fin meter a su madre entre rejas y terminar con “el monopolio” que rehúsa acompañar a los Kirchner en sus propósitos paradójicamente hegemónicos. En una palabra, aspiran a que sean los hijos quienes enciendan los leños a los pies de su propia madre para que ésta sea sacrificada en la hoguera vindicativa del Santo Oficio kirchnerista. Se los trata como encubridores de un delito y no como a víctimas, cuando toda la doctrina penal es conteste en que ni los padres ni los hijos pueden ser obligados a acusarse entre sí en pos de lograr el esclarecimiento de un delito. El argumento de que no son testigos porque habla el cuerpo pero no ellos es imaginativo y poético, pero tiene un único inconveniente: es falso. La señora Ernestina Herrera de Noble, aun cuando hubiera adoptado a niños secuestrados por el ominoso proceso militar que ha enlutado para siempre la historia de la patria, y ha echado una sombra siniestra difícil de aventar sobre nuestras fuerzas armadas, no ha participado, que se sepa, de ningún grupo de tareas . Sólo habría recogido a víctimas de la historia que le tocó en suerte vivir en un tiempo biológico en el que su alma aspiraba a satisfacer una maternidad frustrada, y que eventualmente hubieran terminado en manos de algún sargento primero casado con una mujer estéril. Sus preferencias ideológicas, cualquiera fueran éstas, no bastan para condenarla por apropiadora. O no deberían bastar en un Estado de Derecho. Sería bueno que se aprovecharan las características de esta democracia vesánica en la cual vivimos para que, por medio de un ukase de la zarina a cuyo capricho estamos sometidos los argentinos, se le garantizara inmunidad a la señora de Noble. De este modo se destrabaría el dilema y se le concedería a Felipe y Marcela Noble Herrera la libertad que necesitan para poder someterse a todos los exámenes y expresar su propia concepción de la verdad, en el caso de que la verdad sea lo que importa. Recojo así la vieja propuesta de aquel arquerito de Almagro que terminó secuestrado en la Mansión Sere y que hoy vive en un país nórdico: Claudio Tamburrini. La ciudadanía sería quien después decidiría la sanción social o la absolución de esa señora rica, controladora de “un monopolio”, que se ha transformado en la peor enemiga del sistema. Me acuerdo de Salomón y la famosa anécdota en la cual dos madres se disputaban la filiación de un hijo y el sabio Rey decidió partirlo por la mitad y entregar una parte a cada una de las mujeres. Una de ellas aceptó el trato; la otra, no. Ninguna madre de verdad aceptaría la mutilación de sus propios hijos con tal de preservar sus derechos. Estoy seguro de que la señora Ernestina Herrera de Noble pertenece a esta última estirpe.

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