OPERACIÓN PATORUZÚ: EL MITO

0
1

Más temprano que tarde, un aluvión de jóvenes de todo el mundo lucirá en sus remeras la fotografía sonriente y barbada de Osama ben Laden. El Che Guevara será relegado en la jerarquía de los mitos modernos por un rival contra el cual tiene poco que hacer. Una cosa es haberse metido en la selva boliviana para ser fusilado por haber espantado las cabras de los lugareños con sus ejercicios de tiro, sin haberle producido bajas al sistema, y otra es haberse “cargado” a cientos de marines norteamericanos en atentados suicidas y haber volado las Torres Gemelas. En la carrera por cercenar los cuernos del Minotauro, Osama corre con la fusta bajo el brazo.

Así que, dentro de unos años, aunque estemos todos sumidos en el ultra consumo de la posmodernidad, con el cerebro incapaz de asimilar otra cosa que no sea alguna mágica droga de diseño que nos matará en pleno orgasmo, la moda impondrá remeras, cervezas y todo tipo de merchandising con el nombre y el rostro del asesino asesinado: Osama.

La vanguardia del futuro: un manojito de progres circulando en sus Minicoopers con el sticker de un turbante pegado en sus lunetas traseras afirmará que Osama quiso cambiar el mundo y que, por eso, terminó sepultado en el mar. Si Pigna llama a Mariano Moreno, arrojado a otro mar, “el primer desaparecido”, ¿Osama sería el último? Será un dato aislado que sus mentes registrarán. El resto de sus cerebros estará ocupado por los instintos primarios y la procura de satisfacciones inmediatas.

No hay fotos del occiso, así que su abstracto final fortalecerá el mito y lo volverá inmortal. La fotografía táctil del Che vencido, con sus ojos abiertos y su barba desgreñada, fusilado en La Higuera, con su obscena mortalidad tendida sobre una mesa (más allá del parecido con el Cristo de Mantegna, que contribuyó a mitificarlo), lo pone en clara situación de desventaja frente a un tipo que obligó al imperio a utilizar un equipo de robocops ultrasofisticados para acabar con él y que al primer disparo se volatilizó sin dejar rastros. A Osama no lo mató un intrascendente sargento boliviano ebrio ni su cadáver fue expuesto entre el zumbido de las moscas, sino un grupo especial de asesinos de élite altamente entrenados, que lo esfumó entre la niebla del océano. Otro nivel.

Nuestros nietos cargarán en sus consolas un videojuego que se llamará “Salvando a Gerónimo” y recalentaran sus joystick tratando de que un muñequito con turbante sortee todos los niveles de riesgo que les impondrá el juego. Mientras tanto, para ese entonces el Imperio ya habrá fabricado otro antihéroe potencial (para no permitir que la abulia oxide los misiles). ¿Por qué no imaginar que ese nuevo enemigo residirá por estas tierras sureñas y se caracterizará por su pertinacia en preservar su territorio, las reservas de agua de la Mesopotamia y del costado de los Andes, del Amazonas o de los esteros del Iberá? Será otro monstruo déspota y egoísta que amenazará la libertad del mundo civilizado. Un fundamentalista dispuesto a matar de sed al resto del planeta atesorando aguas que son patrimonio de la Humanidad (o sea de los E.E.U.U.) con tal de lograr sus cometidos satánicos. Tendrá un nombre menos exótico que Osama ben Laden. Quizás sus adláteres lo llamarán Comandante Ferchu, Facu o Nawe, o le impondrán algún otro patético apelativo sudaca.

Acabar con él será más fácil que terminar con Osama ben Laden, porque ni siquiera estará imbuido de un fanatismo religioso que lo convenza de que su resistencia le asegura el Paraíso, y no contará con la logística ni la inteligencia para planear aunque más no sea la modesta voladura de una estatua del Central Park. Quizás el Pentágono denominará Operación Patoruzú a la devaluada misión para exterminarlo, en memoria de nuestro indio más célebre.

Por ese entonces, los ultramontanos serán un grupo de viejitos enclenques que se manifestarán reclamando un regreso urgente a la utopía, con sus banderas coloradas sobre las que estará impresa la imagen del Che con su boina calada. Algún niño inquieto, tomado de la mano de su padre señalará con su índice las banderas y dirá ¡Oh, es Osama, es Osama! Su padre no lo corregirá; es más: ni siquiera notará el error.

Deja un comentario

Por favor dejanos tu comentario!
Please enter your name here