PARA ENTENDER A GUALEGUAYCHÚ

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Cuando un tipo te dice “Soy de Gualeguaychú” pronuncia el nombre de su tierra con tal orgullo que pareciera que no habla de un lugar de este mundo. Todavía recuerdo la voz altiva de mi padre, oriundo de esa ciudad, cuando definía su esencia. Y no es para menos. Según la creencia, esta ciudad es obra de un milagro: Don Juan José de Soiza Reilly, en Caras y Caretas del 21 de octubre de 1933, ilustraba que, a fines del siglo XVII, Don Gonzalo Pérez de la Viña, un vecino de aquel paraje inhóspito, fue atacado por un toro salvaje. Ante la embestida, Don Gonzalo tropieza, cae al suelo y ve con espanto que entre la gramilla se desliza hacia él un ñacaniná, serpiente asesina de color celeste y de veneno inapelable. El hombre cierra los ojos y se dispone a morir repitiendo una letanía: “Sálvame San José y te juro que erigiré una capilla que consagraré a tu gloria”. El ñacaniná se desliza sobre su cuerpo inmóvil y se prende a los belfos del toro, que cae fulminado.

Don Gonzalo cumple su promesa: en el paraje del suplicio levanta una capilla y le implanta en el altar una estatua del santo tallada en madera por un indio minuán. Cerca de allí pasa un río que los aborígenes llaman guale-guay-chú. Pasan los años y la capilla de San José del Gualeguaychú, hundida en los montes, es habitada por los pájaros, quienes se enseñorean en esta construcción de piedra y barro para abrigar sus nidos. Su constructor, un aventurero errante, ha desaparecido en el tiempo. La capilla se hace tapera y los pájaros picotean la cabeza del santo y construyen nidos con la fibra de su sayal deshilachado. Las enredaderas silvestres trepan y lo enroscan, aprisionándolo.

Un día cualquiera, un hombre con traje de hojalata y manos de agricultor se hinca y le reza. Venía a fundar un pueblo. Don Agustín de León construye alrededor de la capilla una pequeña aldea de soldados labriegos. Poco después, al igual que a Don Gonzalo, a Don Agustín lo puede la sed de aventura y se marcha a las Misiones. Se instala en Yapeyú. Allí se hace amigo de una familia que tiene varios hijos y juega con un párvulo que moldea soldados de barro y practica maniobras militares. Los padres de ese niño lo privilegian otorgándole el honor de que sostenga en sus brazos al niño en la pila bautismal. Ese niño era José de San Martín:. padrino y ahijado se miran a los ojos y se reconocen.

En dialecto minuán Gualeguaychú significa Hombres de Pelea. De esta estirpe provienen los asambleístas que mantienen cortado el paso con la República Oriental del Uruguay.

En el diario la Nación de hoy he leído que el Ministro Fernández, lengua larga oficial, ha acusado a los vecinos de Gualeguaychú que cortan el Puente Libertador General San Martín de “caprichosos”. Ha acusado de caprichosos a hombres y mujeres que han vivido ancestralmente unidos a una naturaleza exuberante que inculcó en sus genes una forma de vida. Esta forma de vida hoy está amenazada por la polución silenciosa de Botnia, que sibilinamente esparce un vaho que terminará contaminando el río, matando a los peces y a los pájaros y destruyendo un ecosistema milenario que nutrió leyendas de duendes y de apariciones fantásticas.

Me gustaría saber qué pasaría si en Montevideo se construyera una empresa productora de tóxicos cuyas nubes fueran tan amplias que inundaran la Ciudad de Buenos Aires y hundieran al obelisco en una neblina mortal. Seguramente los porteños saldrían a defender su ciudad y a tratar por todos los medios de que la Plaza de Mayo no terminara siendo una ruina grisácea por cuyos senderos deambularan sombras vencidas, respirando un oxígeno nauseabundo. Nadie de la provincia de Ente Ríos acusaría a los porteños de caprichosos si decidieran resistir con todas sus fuerzas y defender a cualquier costo la ciudad que aman.

Ocurre que los negocios del poder, entre los que está el nombramiento del inescrupuloso ex presidente al frente de la Unasur, merced al voto del presidente Mujica, debían tener un costo, aunque ese costo fuera la traición. La imagen en 2006 del entonces presidente Kirchner y su esposa agitando banderitas con inscripciones que rezaban: “¡Viva la Patria! ¡Fuera Botnia!”, desde Rosario, todavía pueden verse en las fotos de archivo y constituyen una de las más maléficas felonías del montonerismo de mercado que nos gobierna.

Hoy, después del fallo aséptico y eufemístico de la Corte de La Haya, le reprochamos a la Asamblea de Gualeguaychú su obstinación por dar su loca y última batalla. Los más sentimentales sienten lástima por esos pobres provincianos que se creyeron el respaldo oportunista del poder y se autoinmolan en la defensa de la salud de sus montes y de sus ríos. Algunos dirán: ¡Pobres tipos!

Para ellos, la respuesta la da Gervasio Méndez, un poeta lisiado que es gloria de esa tierra, cuyos versos eran aullidos de angustia. Cuentan que una vez, un porteño que lo visitó se conmovió de la situación de ese montón de huesos flacos que apenas se sostenía en su silla de ruedas, y dijo: ¡Pobre muchacho!
El poeta le respondió a él y a la posteridad:
¡Pobre!- dicen algunos.
Así, con cierto tono de desprecio,
Al mirar la cadena
con que ata la parálisis mi cuerpo;
y yo exclamo al oìrlos,
con el desdén que nos inspira el necio:
¡Más pobres sois vosotros
Que tenéis paralítico el cerebro!
Ojalá no se haya referido a nosotros, a los que en un comienzo tomamos el corte de Gualeguaychú como una causa nacional a instancias del presidente Néstor Kirchner, y hoy, hartos de no poder viajar cómodos a Punta del Este, lo vemos como expresión de un malón posmoderno que, con sus mates calabaza y sus termos bajo el brazo, amenazan a la civilización, porque entonces tendremos paralítico el cerebro.

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