PARRICIDIOS IMPOSIBLES

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El parricidio siempre es un atentado contra el orden institucional: se mata al padre porque es el que impide nuestra gloria autónoma y completa. Los padres ilustres pueden ser como inmensas secuoyas cuya fronda está tan lejana que sólo podemos optar por talarlas o colgarnos de una rama del gigante enorme y lejano que nos impide ser tan alto como él.

Hay un Borges en la literatura que nos enorgullece y nos anatemiza para que no garabateemos fútiles signos que jamás conseguirán alcanzar siquiera los suburbios de su esplendor. Lo amamos, lo odiamos y, con su imagen in mente, planeamos alguna treta de ingenio que nos permita derrocarlo, construir un lenguaje nuevo que nos libere del suplicio de deambular como sombras entre las palabras, en busca de un chispazo que transforme en cenizas “Las Ruinas circulares” o “El Jardín de senderos que se bifurcan”.

En el campo de la política, su antagonista por antonomasia, el General Perón, está condenado a un destino paritario. Derrocado en 1955, y derrocado su mejor derrocador, el General Lonardi, uno de los más lúcidos generales-políticos que el siglo XX proveyó a la Argentina, se desató la catástrofe. A la saña de los pigmeos que se dedicaron a matar, perseguir y destruir la obra de los cincuenta con la insensata idea de que el terror contribuiría a crear una saludable amnesia colectiva, le siguieron las sucesivas tentativas por cooptar el prestigio de Perón para medrar con las migajas del amor que persistía adherido como un cáncer en la memoria de las masas. El talento de Frondizi se diluyó así en su inútil intento de que la pura inteligencia opacara al mito; terminó mal. Vandor creyó que podía crearse un peronismo sin Perón, pero el plomo le derritió los sueños. Onganía fantaseó con la idea de que su predicado nacionalismo lo transformara en heredero de la envidiada devoción por el líder depuesto. Fue en su gobierno que un grupo de jóvenes de la Acción Católica creó el movimiento Montoneros con la consigna de provocar el retorno del fantasma ilustre. Quizás se especulaba con que el tiempo haría su trabajo y ese fenómeno nunca se produciría. El mismo Lanusse soñó con confrontar con el minotauro de Puerta de Hierro para transformarse en una opción que lo superara para siempre.

Un Cámpora balbuceante elegido por la única virtud de su obsecuencia se tentó, insuflado por las loas que le dedicaban los díscolos jóvenes setentistas, con una negación que lo transformara en algo más que un tío bonachón y permisivo; salió expelido del trono prestado. Muerto Perón, su castiza y atosigada viuda permitió el crecimiento del Hermano Daniel, el inefable López Rega, quien convocó al más allá en oscuras ceremonias, para que le trasmigraran el poder de Perón sobre las masas. Devenida la dictadura, después de torturar y asesinar en la ESMA a miles de militantes, el Almirante Massera fantaseó con aprovechar a militantes conversos para instalar su candidatura, asaltar el consenso popular y transformarse en un nuevo Perón. El delirium tremens le hizo concebir a Galtieri, después de una plaza pletórica y fugaz, la quimera de que la gesta de Malvinas sepultaría para siempre el recuerdo del General del Pueblo.

Transcurrido el interregno alfonsinista, quien aprovechó a algunos erpianos camuflados de la Coordinadora para intentar una salida social-demócrata, y superada la borrachera del Tercer Movimiento Histórico, llegó Menem (quien además de oficiar de médium de Facundo Quiroga pretendió erigirse en el heredero de Perón, a quien citaba en circunstancias tales como el sepelio del Almirante Rojas) y facilitó el entrismo de derecha, cuyo mejor icono lo constituyó María Julia Alsogaray. El psicoanalizado Chacho Álvarez, inmerso en sus elucubraciones sobre la metafísica del fenómeno peronista, pretendió transformarse en la pata justicialista de la fracasada Alianza. A un Adolfo ebrio de egolatría le sucedió un Duhalde mucho más modesto, quizás el político más prudente de los últimos años, quien en ningún momento intentó suplantar ni utilizar el recuerdo “todo terreno” de Perón para obtener poder. Le bastaba con su humilde cohorte de intendentes y manzaneras para desarrollar un poder corleónico que le permitió capear un duro temporal.

Por último, amaneció un inesperado fenómeno: el de los echados de la plaza del 74, que encontraron en Kirchner al perfecto apropiador del entrismo de izquierda de los setenta. Un líder que aglutinaría a la “patria combatiente” y, si fuera menester, apuñalaría la memoria del César quitándolo del escenario histórico, para reivindicar las consignas de “La gloriosa J.P.” y “La Patria Socialista”. Pero su intento de transversalidad naufragó rápidamente. Hoy entablilla quebrados, practica cirugías de urgencia y reparte desesperadamente bálsamos sobre los maltrechos para centrarse en el ojo del huracán peronista que siempre se agiganta en silencio, resiste toda trinchera preventiva y se entretiene devorando como Saturno a los hijos que pretenden destronar a su creador. En su desesperado intento por consumar su parricidio y quedarse con el oro y el bronce, Néstor nos legó una morocha presuntuosa que cree que basta con la buena sastrería, la voz ronca, un puño crispado y un circunloquio despiadado para desplazar a la momia más visitada por propios y extraños en el cementerio de La Recoleta, dueña absoluta de un aura inimitable.

Extraños destinos los de los grandes hombres. Así como nuestros escritores contemporáneos sentirán siempre la tentación cuchillera de liquidar a Borges y con ello conseguirán su propia anulación literaria, ningún político argentino podrá obtener los altares que el inconsciente colectivo ya adjudicó a Perón. La voz cascada del viejo general siempre le quitará sonido a los discursos de los advenedizos. Porque Perón y Borges ya son un clásico. Y un clásico se caracteriza porque no sólo responde por el tiempo vital que le tocó en suerte vivir sino que da respuestas sobre la actualidad. Se los puede traicionar, pero ya no se los puede matar. Y si se los traiciona hay que atenerse a las consecuencias de esa insensatez.

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