PUNGAS, ENTRE EL INFIERNO Y LA INTEMPERIE

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Es sabido que los pungas operan mediante un señuelo: mientras uno distrae a la víctima elegida, otro mete la mano subrepticiamente en el bolsillo y le saca la billetera, o mientras uno marca el traje del que cobra en el banco una suma suculenta otro espera afuera para asaltarlo. La presidenta hizo su discurso inaugural en la Asamblea Legislativa y dejó para el final la comunicación de que había derogado el decreto del Fondo del Bicentenario (ya objetado por el Poder Judicial) y que lo había cambiado por otro. Lo que no aclaro es que, como los pungas, mientras ella entretenía a todos con su discurso, por atrás ya estaba sacando una segunda edición del Boletín Oficial y había transferido (con la complicidad de Marcó del Pont y el directorio del Banco Central) los fondos al Poder Ejecutivo. Cambiar un decreto frenado por el Poder Judicial por otro casi idéntico, con número distinto, con el solo fin de poder “manotear” a las apuradas los fondos, entraña un escarnio, una ignominia y un absurdo. Pero burlarse en la cara de todos los congresales alcanza ribetes de escándalo institucional. En 1994 escribí un libro donde inventariaba los atropellos a la seguridad jurídica que se habían perpetrado en la Argentina; nunca pensé que serían superados tan pronto. Lo ocurrido es de una impudicia rayana en lo demencial. ¿Para qué cambió un decreto por otro, si eran iguales? Porque el primero estaba objetado por la justicia e impedía transferir los fondos, mientras que el segundo aún no había recibido ninguna medida judicial, lo que les permitía ejecutar una rápida maniobra de transferencia mientras todos estaban distraídos escuchando el discurso, no dando tiempo al Congreso de reunirse ni al Poder Judicial de actuar. Lisa y llanamente asaltaron un banco. Jugó el kirchnerismo, como los pungas, con los efectos sorpresa y distracción. Jugó de arrebato. El que pega primero pega dos veces. Estaba claro que el Congreso estaba en contra y que el Poder Judicial había frenado la transferencia. ¿Podía sostener el Ejecutivo que ignoraba que los otros poderes se oponían a la transferencia? No, no podía. Tampoco podría aceptarse que Marcó del Pont desconocía el fallo de la justicia, por lo que haber transferido en semejante contexto es un acto de temeridad que difícilmente pueda ser explicado en una declaración indagatoria. La presidenta alega que no la dejan gobernar. Pues tuvieron seis años en que gobernaron a piaccere, con total prepotencia, desoyendo cualquier propuesta alternativa, desdeñando cualquier aporte ¿Son acaso incapaces de escuchar al otro? ¿No saben que éste es un sistema con tres poderes? ¿No asignan ningún grano de verdad a lo que piensan los otros, que, dicho sea de paso, representan a casi el 70 % de la población, según la última votación? Es más fácil fundir un banco que fundar un banco. Aun suponiendo que tuvieran razón y que fuera correcto usar las reservas para gasto público corriente, ¿pueden hacerlo cuando la ley se lo impide? Y si la ley está mal, ¿pueden hacerlo sin cambiar la ley? Y si no pueden cambiar la ley porque tienen minoría legislativa, ¿no será que el pueblo ha decidido que no la cambien? ¿Pueden hacerlo cuando los jueces le dicen que no lo hagan? A los Kirchner, ya ha quedado claro, les desagrada ser gobernantes de una república, prefieren las monarquías, donde no hay que andar dialogando ni pidiendo permisos. Pero da la casualidad de que en la Argentina, pese a las viejas propuestas de un monarca inca u de importar a Carlota Joaquina, esa modalidad no prosperó. Por ahora, mal que les pese a los Kirchner, los otros dos poderes también gobiernan. No son espectadores, cogobiernan. No importa que sea un sistema presidencialista, por algo se llaman “poderes”: porque tienen poder. Estamos en un sistema de frenos y contrapesos, Mostequieu químicamente puro. Hay una muy mala noticia para los Kirchner: la república funciona. Sin embargo, ¿empezamos realmente a salir del infierno? Todo ha adquirido ya una dinámica propia, incontenible y posiblemente arbitraria. Asistimos a un fenomenal proceso de anomia centrífuga y disolutoria. Al funeral anticipado del kirchnerismo podría sucederlo un delta de desquicios, un gran vacío de poder, en un país cuyos partidos políticos aún no han trazado sus contornos con nitidez y donde el vicepresidente quizás no asuma su responsabilidad institucional ante una prematura declinación del matrimonio. Cuando empezamos a salir del infierno, ¿no asoma, inquietante, la intemperie?

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