¿QUÉ HACER CON LA VIDA?

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La película Historias extraordinarias, de Mariano Llinás, que se proyecta los fines de semana a sala llena en el auditorio del MALBA, es una rareza. Dos características la apartan del prototipo tradicional del cine: dura más de cuatro horas y es anti-cine. Así como Manuel Puig hacía una literatura cinematográfica, con libros articulados casi íntegramente en diálogos, sin narradores, con una enorme influencia del cine americano, especialmente de la década del 40, Llinás hace un cine literario. Ya lo había insinuado en Balnearios, su anterior film, y lo homologa en esta obra desmesurada en la cual hilvana tres historias con una impronta narrativa común: tres hombres llegan a pueblos argentinos para cumplir un trabajo: ocupar un puesto gerencial, peritar una serie de monumentos o relevar unos monolitos fijados a la vera de un río. Y en los tres casos esos cometidos, en principio apacibles, introducen a los personajes en universos desaforados, como si un virus entrara en cada historia y despertara fuerzas diabólicas.

En cuatro horas, el conocimiento que va generándose entre los espectadores es considerable: la respiración, los gestos, los zapatos, la manera de apoyar el brazo, todo va quedando inscripto en un código de camaradería. Hay chicos que se descalzan, hay mujeres que en los dos intervalos hablan por teléfono con quien las espera en la casa. Sucede un poco como en el cuento La Autopista del Sur, de Cortázar, en que una grave detención del tránsito en una ruta genera una espesa red de relacionamientos inesperados.

La obra versa sobre un tema de vastos alcances: el modo de empleo de la vida. Al revés de los medicamentos que vienen con un prospecto que indica cómo tomarlos, la vida no trae manual de instrucciones. Sartre sostenía que la existencia precede a la esencia y que, por ende, el hombre concreto en cada decisión que toma compromete a la humanidad entera, pues al tomarla va moldeando la idea abstracta de hombre. En la película de Llinás los personajes eligen qué hacer con su vida. Cómo invertirla. Y ése es el film. Un personaje es traficante de animales salvajes y obtiene grandes ganancias que no gasta. Vive como un miserable, en una cueva (el personaje justamente se llama Cuevas). Es avaro y cree haber dilapidado la existencia. Otro personaje es desprendido y va por la vida con el solo propósito de tener aventuras: es mostrado como un hombre feliz. Otro, por fin, consuma la paradoja de lograr la justicia mediante un asesinato: no termina tan mal.

Conocí a Julio Llinás, el padre del director, en los años 90. Es el autor del cuento De eso no se habla, que María Luisa Bemberg llevó al cine. Encontré a esa suerte de Quijote doméstico, al que le falta un brazo, replegado en una casona de Constitución cuyas ventanas ya casi no se abrían. En aquel momento, su hijo Mariano tenía 23 años, la misma edad a la que había muerto el hijo mayor, años antes, en El Bolsón, de una sobredosis. En otra entrevista que le realicé años después, en una radio, le pregunté qué había sido lo último que había tocado con la mano que inmediatamente después perdió. Dudó un interminable minuto y dijo: nada honroso, una hetaira. Es que había salido de un cabaret de la calle Carlos Pellegrini con su auto convertible y, empecinado en mostrarle a la muchacha su caballo, enfiló por Figueroa Alcorta hacia el Club Hípico. En la esquina de Tagle lo anonadó el destino. Ese accidente en el que el padre del director perdió el brazo fue un hito tajante: Julio Llinás vivió dos vidas. En la primera, anterior al accidente, fue un empresario exitoso (el publicista de los Di Tella) que ganaba y dilapidaba racimos de dinero en un vértigo feroz; en la segunda, ya manco, un escritor de culto, un gran poeta y un narrador maldito. En su biografía ficcionada El fervoroso idiota cuenta la historia. Ninguno de los dos modelos que eligió Julio Llinás está presente en el repertorio de la película de su hijo. ¿Habrá exorcizado Mariano con Historias el drama familiar, dejándolo atrás? Es un enigma que nos incumbe a todos: cómo emplear la vida.

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