REDUNDANCIAS DE LA AMEBA PERONISTA

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El 13 de marzo de 1974, Perón dijo: “Los hombres son el producto de la evolución, no la causa. El mundo evoluciona por factores de determinismo y fatalismo histórico. Hay muchos factores que no los controla el hombre; lo único que éste hace, cuando lo puede hacer, es que cuando se presenta esa evolución fabrica una montura para poder cabalgar en ella y seguirla”.

De ahí que el peronismo ha intentado siempre, con suerte variada, adecuarse a los avatares de los tiempos. Así, cuando en los noventa la onda verde de neocapitalismo se expandía por el mundo, el peronismo engendró a Carlos Saúl Menem, quien -fiel a la doctrina y el pensamiento del General- fabricó su propia montura para cabalgar la evolución y torció hacia la derecha la voluntad de las mayorías, dando lugar al peronismo de mercado. Es que el pulso de la sociedad argentina, la cual fue siempre peronista y ajena a todo otro interés que no sea el de prosperar, sin aditamento ideológico alguno, indicaba en ese momento histórico que ése era el camino que quería recorrer. Menem interpretó a tal grado esa ola evolutiva que consiguió su reelección e intentó un tercer mandato, después de la caída de De la Rua. Por supuesto que sus más fanáticos aliados fueron los liberales variopintos que pulularon siempre en el escenario argentino y que sólo habían obtenido cierta trascendencia injertados en los distintos gobiernos militares que sacudieron al país durante el Siglo XX.

Es decir que ese muchacho de barrio fortachón y popular que siempre fue el peronismo se dejó las patillas, aprendió danza árabe, se puso el poncho de caudillo y ofició de guardaespaldas de Cavallo, de la familia Alsogaray, de Alderete y de toda la cohorte de economistas ortodoxos. Por supuesto que, ingiriendo altas dosis de Reliverán para soportar el Perón Perón del armatoste peronista, que cantaba la marcha vociferante y desdentado, azotando su bombo con fervor religioso, esos acompañantes atildados apenas movían los labios en los actos donde predominaba la liturgia plebeyista. Por ese entonces Néstor Carlos Kirchner, Gobernador de Santa Cruz, acompañó con entusiasmo el proceso menemista y hasta consiguió que Alberto Fernández, hombre de su mayor confianza, ingresara en la lista de diputados que proponía a Cavallo como Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Más tarde, cuando las leyes del fatalismo histórico impusieron otro rumbo y el neoliberalismo cayó en absoluto descrédito, el muchacho fortachón y popular entendió que la corriente imponía un cambio de montura para poder cabalgar el potro de la evolución, se puso un traje de pingüino y elevó la bandera de los derechos humanos ante un animal colectivo que en principio lo olfateó con desconfianza, porque siguió siendo peronista y manteniendo un único interés: su prosperidad, y después se sumó cuando sintió que su faltriquera se abultaba al son de las consignas setentistas que nunca terminó de comprender. Así nació el peronismo progresista. Por supuesto que quienes abrazaron con más fervor el nuevo rumbo que se imponía fueron los grupos que constituyen el polícromo conglomerado de la izquierda en la Argentina. Condenados al ostracismo empático al igual que su adversario natural, el liberalismo, sabedores de que nunca podrían lograr una propuesta sería y unificadora que les garantizara el favor de las mayorías, no desaprovecharon la oportunidad y, adoptando idéntica conducta que la de los liberales de los noventa, se maquillaron rápidamente de neoperonistas. Es así que muchos que penaban con sus andrajos ideológicos a cuestas, al igual que el Gaspar el Revolú de Página/12, despedidos de un modo humillante por el General en la Plaza de Mayo del 1º de Mayo de 1974, unidos a un nutrido grupo de gramscianos y artistas de reconocida militancia comunista, se transformaron en la guarde du corps de Néstor y Cristina, puesto que pese a la atávica alergia que les provoca la fotografía del General vestido de militar y montando su caballo pinto saben que es la única oportunidad que les ha sido dada de mojar el pan en la olla del poder. Ellos también balbucean la marchita con cierta repulsión.

Kirchner al igual que Menem palpó las venas de la sociedad en el momento histórico que le tocó en suerte gobernar y así como Menem se fingió liberal Néstor se fingió progresista para fabricar una montura nueva y cabalgar la historia. Metió presos a los militares asesinos y se abrazó a Hebe de Bonafini, cuidándose de brindar inmunidad a los asesinos del otro bando, y la emprendió con distintas medidas contra el sector agrícola ganadero y contra los grandes medios, en verdad oligopólicos, porque no le alcanzaba el poder para expropiar, como sí lo hizo Perón. Su gemelo, separado al nacer, Menem, no había vacilado en abrazarse años antes al personaje más aborrecible para cualquier peronista varietal: el Almirante Isaac Rojas, y obtuvo así el favor de todos los medios, que festejaban estas transgresiones junto con alguna pretensión de Casanova del Torito de Anillaco y disimulaban los serios baches intelectuales de su discurso. Estas contradicciones se entienden si se avizora que el peronismo es una doctrina de construcción del poder asentada en la volubilidad del espíritu de las mayorías y no una abstracción ideológica.

Pero “el modelo” que continúa Cristina tras la muerte de su marido, pese a los candombes en honor del muerto y diferentes mitificaciones que se fabrican para transformarlo en algo así como un cíclope heroico que entregó su vida en su lucha contra la maldita oligarquía, comienza a desvanecerse porque el caprichoso fatalismo histórico está torciendo nuevamente su rumbo y la mayoría peronista, sólo interesada por la prosperidad, comienza a sentir que pese al proclamado igualitarismo su panza emite ruidos extraños porque comienza a faltarle la savia que le calma el ansia y que nada es como parece. La Cámpora y su parodia combativa es al kirchnerismo lo que los yuppies con sus penachos con gel que estudiaban marketing y comercio exterior fueron al menemismo en los noventa. Ambos constituyen elementos decorativos de poca importancia.

El muchachón grandote y popular comienza ahora a buscar un trillizo conjetural que permita dar respuesta a una mejor distribución de la riqueza y al reclamo de seguridad de una sociedad que siente que “fierita” golpea a la puerta de sus casas y sin decir ni mu le dispara a la cara. ¿Qué máscara y que montura elegirá esta vez para cabalgar la evolución? ¿A quien le permitirá esta vez subirse sobre sus hombros para ver la realidad desde la atalaya del poder real solamente asequible para los enormes ojos que componen su esencia?

Al enfático riojano de las erres arrastradas le sucedió un santacruceño de eses silbantes. Ambos son intercambiables entre sí. Pese a que está vedado hacer historia contrafáctica, presumiendo la naturaleza de ambos, Kirchner puesto en 1989 hubiera hecho lo mismo que Menem y Menem puesto en 2003 hubiera hecho lo mismo que Kirchner. Es por eso que los categorizan como políticos de raza. Ambos se han reconocido y se han respetado. Menem y Kirchner fueron dos atletas de la traición que percibieron el universo efímero como sustancia única de las sociedades en la postmodernidad y respondieron instintiva y democráticamente a sus designios.

Ahora el fatalismo histórico impone un trillizo que cabalgue la mesura y el equilibrio y no tenemos ningún filósofo a la vista en el peronismo para que cumpla con tal cometido. Cristina no es Evita. No aparece como una persona dispuesta a dejarse inmolar por ninguna pasión, salvo aquella que le garantice la eterna juventud. Sus hijos no están dispuestos a vivir dos veces el mismo drama. Son herederos ricos que están soñando con una clandestinidad que les permita jugar al carnaval con dulce de leche sin que los interrumpa una nueva tragedia. El poder no ejerce sobre ella la misma seducción que tenía sobre el Pingüino malogrado. ¿A quien elegirá esta vez el muchachón fortachón que manda en el barrio para que traicione y salve su continuidad en el poder? A no ser que Cristina ceda ante el impulso de los que sin ella son muertos políticos y pacte encabezar una lista testimonial en la cual abdicará a favor de un vicepresidente joven que asegure la continuidad de su política, como por ejemplo el recientemente ascendido Juan Manuel Abal Medina, el panorama se presenta por demás neblinoso. Si decide sin más el regreso con gloria al Calafate tal vez haya que dirigir la mirada hacia Scioli. Cabría preguntarnos si el peronismo aprendió que la mojigatez de Ítalo Luder, quien no se atrevió a traicionar a Isabel Perón, aceleró el Proceso Militar de 1976 y nos hundió en la catástrofe más profunda de la historia del país.

Quizás ahora entendamos lo que quiso decir Perón cuando expresó con su sonrisa socarrona: “Ah, no, m’hijo, peronistas son todos”, y convulsionado por la risa le dio una larga pitada a su cigarrillo negro.

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