SABATO, UNA HUELGA DE ADMIRADORES

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En la última Feria del Libro, José Pablo Feinmann (autor del libro Timote) comparó la muerte de Aramburu con la de Dorrego y añadió, con malicia, que esperaba no ser el Sábato de Aramburu, porque si lo fuera se pegaría un tiro, ante lo cual las cuatrocientas personas que ocupaban la sala lanzaron una carcajada homérica, que llevó a su vez a Guillermo Saccomanno a sostener que, según se apreciaba, ya no había lectores de Sábato en la Feria. César Aira, por su parte, en el Diccionario de Autores Latinoamericanos, arguyó que la falla de Sábato es la inadecuación entre su personalidad, de robusto sentido común, y sus intenciones estéticas, de escritor endemoniado, contradicción que intentó disolver urdiendo un personaje público, una caracterización de escritor maldito. En los ambientes intelectuales de vanguardia Sábato es desdeñado: se dice que su obra es patética y arrogante. Se le critica ese gesto teatral de escritor en permanente estado de trance. En la Facultad de Letras es casi una mala palabra. Curioso ocaso para un hombre que, en su momento, recibió el elogio entusiasta de Thomas Mann y Albert Camus, ¡nada menos!, que obtuvo el Premio Cervantes y que concitaba el interés y la admiración de sucesivas napas de lectores que lo seguían con devoción litúrgica. Portador de un nombre, Ernesto, que llevaba la carga sombría de un hermanito fallecido, del que él venía a ser un sustituto vicario, el próximo 24 de junio (aunque la fecha no es fehaciente, la intuye porque la madre aludía siempre al hecho de que en las vísperas de su nacimiento estaban encendidas las fogatas de San Juan) cumplirá noventa y ocho años y, replegado en la casa de Santos Lugares que habita desde hace medio siglo, con su araucaria y su vasta biblioteca, va cayendo en una lenta entropía, como el personaje que hace huelga de hambre en el cuento de Franz Kafka. Desde hace una década permanece en estado de suspensión, catatónico, en ese extravagante hinterland que le impide recibir homenajes póstumos y, a la vez, hablar y defenderse en vida. ¿Cuál es el verdadero valor de Sábato? No perteneció al boom latinoamericano, pero ha escrito una gran novela: Sobre héroes y tumbas. Tan importante como Rayuela, El Siglo de las luces o Pedro Páramo. Obra polifónica, testimonio de algún aspecto del primer peronismo (la quema de las iglesias), ahonda en los vericuetos del alma humana (cuando la leía, de adolescente, me sentía identificado con Martín del Castillo, ese chico tímido, de clase media, que perseguía desesperadamente a Alejandra Vidal Olmos entre las estatuas del Parque Lezama, y hoy, treinta años después, comprendo la mirada melancólica de Bruno Bazán) y atraviesa la historia argentina desde esa casona de Barracas en cuyos pliegues se esconden los fantasmas de tradiciones irredentas y atávicas. Es verdad que “El Informe sobre ciegos” parece un injerto artificioso, pero quizás ese capítulo resulta necesario para metaforizar la decadencia y la locura en la que se precipitó la aristocracia argentina (y con ella el país, ya que no hay país sin una aristocracia sólida). El Túnel y Abaddón el exterminador son novelas desparejas. La primera es una nouvelle, casi un cuento largo, condensada, de estilo muy directo y temática psicologista, escrita a las apuradas, como parte de su fuga del universo científico; Abaddón, en cambio, es una especie de estofado presuntuoso al que arrojó todo lo que fue encontrando: allí entran en combustión el clima de época de los 70, el hartazgo de un escritor consagrado y ciertos tics demasiado personales. En cuanto a sus ensayos, hay dos ejes temáticos: la literatura y el cientificismo. En torno al primero, Sábato opta por una literatura existencialista, apartada de lo lúdico y lo ingenioso: Flaubert, Dostoievsky o Kafka (elección legítima), pero por ese sendero objeta a Borges por sus efusiones o suntuosidades verbales, escamoteándole la condición de grande, con lo cual comete un error muy nítido. En relación al segundo eje, cae en un reaccionarismo desmesurado: su rechazo a la ciencia y la tecnología es crucial en su cosmovisión y se radicaliza hacia una postura bucólica que pretende encontrar el paraíso en el pasado, omitiendo señalar la barbarie que incluye ese pasado, desde que el promedio de vida a principios del siglo XX era menos de la mitad que el actual hasta las matanzas de los aztecas a raíz de absurdos ritos mágicos o religiosos. En cuanto a su tarea como intelectual, es decir su compromiso con la realidad, es pertinente matizar la crítica. Entre 1930 y 1935, Sábato cometió el error de comprometerse con el comunismo internacional, llegando a ser delegado de la juventud comunista en un Congreso en Bruselas, momento en el que, advirtiendo las calamidades perpetradas por el estalinismo, se desmarcó de esa secta asesina y escapó a París, lo que le aparejó enormes persecuciones y acusaciones de herejía. En 1956, terció en un debate decisivo sobre qué hacer con las masas peronistas, expidiéndose a favor de incorporarlas acríticamente al sistema democrático y republicano, otorgándole una suerte de indulto simbólico, postura que fue cuestionada por Borges, que no quería olvidar ni perdonar a los “cabecitas” que habían jugado fuerte para Perón durante la década del 45 al 55. En esta polémica apasionante, que dividió al país, como sostiene María Sáenz Quesada, Sábato tenía razón. Durante la dictadura militar, participó de aquel famoso almuerzo con Videla, y en 1978, de modo inexplicable, apoyó el Mundial de fútbol. Además, en una larga entrevista que le realizó Antonio Carrizo por aquellos años, en Radio Rivadavia, no hizo ni una sola alusión al tema de los desaparecidos. Con la vuelta de la democracia, en 1983, Sábato apoyó a Alfonsín (recuerdo haberlo hablado con él, en su casa de Santos Lugares, a la que solía invitarme los domingos a la tarde) e integró la CONADEP, no sin cierto grado de oportunismo. ¿Cuál es el motivo por el cual la intelectualidad se ha ensañado con Sábato, si al fin y al cabo no es ni mejor ni peor que muchos otros? ¿No participó también Borges del almuerzo con Videla y, además, acudió a Chile a un acto con el dictador Pinochet? ¿No es también despareja la obra de Cortázar, como lo prueban las novelas Libro de Manuel o Divertimento? ¿Será que Sábato nunca fue complaciente con los ámbitos por donde circulan los favores literarios? ¿Será que el expresionismo ha pasado de moda? Al hecho objetivo de que su escritura es correcta, pero no ha renovado el lenguaje (como sí lo hicieron Borges o Cortázar), ni ha revolucionado las temáticas (como hizo Manuel Puig), ni se ha convertido en mito (como ocurrió con Alejandra Pizarnik a raíz de su prematura muerte), se añade cierto atletismo para sembrar cizaña: lo odian los nacionalistas, porque ensalzó a Lavalle, y los liberales, porque no lo sienten (y con razón) uno de los suyos; lo recusan los peronistas, porque combatió a Perón durante la primera presidencia, y los gorilas, porque no le perdonan el indulto simbólico que propició en 1956 en su libro El otro rostro del peronismo; lo impugna la izquierda, que rechaza las temáticas psicologistas y haber abandonado el Partido Comunista, y la derecha, que no le perdona el Nunca más ni su paso juvenil por el comunismo. Quizás el tiempo, con sus mudanzas, vaya apaciguando las argumentaciones y organizando la crítica con más objetividad: Sábato tiene más credenciales que muchos de los que hoy lo descalifican. Más temprano que tarde, sonará la hora en que se lo dote de una segunda fama, más serena y genuina que aquella altisonante, ágrafa, superficial, marketinera, de los años ochenta.

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